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Un recuerdo del primer obispo de Cruz del Eje
Miercoles 9 Abr 2014 | 11:59 am
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El padre Ricardo Donato, conocido de Mons. Pechuán Marín ver más
Capilla del Monte (Córdoba) (AICA): El 12 de agosto de 1963 el papa Pablo VI dispuso crear cuatro nuevas diócesis en la Argentina: Concepción, en la provincia de Tucumán; Presidencia Roque Sáenz Peña, en la provincia del Chaco; Venado Tuerto, en la provincia de Santa Fe; y Cruz del Eje. Esta última jurisdicción eclesiástica se conformó con territorio desmembrado de la arquidiócesis de Córdoba. Para ello se tomó la parte oeste y norte de la provincia, una región pobre aunque nutrida por el turismo. En Cruz del Eje se celebró, recientemente, el cincuentenario del comienzo del ministerio episcopal de su primer obispo, monseñor Enrique Pechuán Marín, quien fue consagrado obispo de San Juan, donde residía, el 21 de septiembre, y enseguida viajó a Roma para participar del Concilio Vaticano II para lo cual postergó la toma de posesión y el comienzo del ministerio episcopal para marzo de 1964. En ocasión del cincuentenario de este acontecimiento, el presbítero Ricardo Luis Donato, quien en pocos días cumplirá 84 años y es actualmente párroco emérito de San Antonio de Padua, en Capilla del Monte, compartió una reseña biográfica del primer pastor diocesano a quien él conoció bien.
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El 12 de agosto de 1963 el papa Pablo VI dispuso crear cuatro nuevas diócesis en la Argentina: Concepción, en la provincia de Tucumán; Presidencia Roque Sáenz Peña, en la provincia del Chaco; Venado Tuerto, en la provincia de Santa Fe; y Cruz del Eje. Esta última jurisdicción eclesiástica se conformó con territorio desmembrado de la arquidiócesis de Córdoba. Para ello se tomó la parte oeste y norte de la provincia, una región pobre aunque nutrida por el turismo. En Cruz del Eje se celebró, recientemente, el cincuentenario del comienzo del ministerio episcopal de su primer obispo, monseñor Enrique Pechuán Marín, quien fue consagrado obispo en San Juan, donde residía, el 21 de septiembre, y enseguida viajó a Roma para participar del Concilio Vaticano II para lo cual postergó la toma de posesión y el comienzo del ministerio episcopal para marzo de 1964.

En ocasión del cincuentenario de este acontecimiento, el presbítero Ricardo Luis Donato, quien en pocos días cumplirá 84 años y es actualmente párroco emérito de San Antonio de Padua, en Capilla del Monte, compartió una reseña biográfica del primer pastor diocesano a quien él conoció bien.

Texto de la reseña
Roma dispuso hacer una nueva diócesis en la jurisdicción de la arquidiócesis de Córdoba. Para ello, tomó la parte oeste y norte de la provincia de Córdoba, que en parte era la zona más pobre, y en parte era una zona caracterizada por el turismo, pero con malos caminos y con mucha distancia entre las poblaciones.

En algunos casos, las parroquias abarcaban un departamento. La parroquia a mi cargo tenía un territorio 150 kilómetros de este a oeste y unos 50 kilómetros de norte a sur, con una capilla a 110 kilómetros de distancia, con caminos de tierra.

Para este nuevo obispado, nombraron a un sacerdote de la arquidiócesis de San Juan de Cuyo, doctor en Derecho y que por esos años era secretario-canciller de aquel arzobispado, cuyo arzobispo era Mons. Audino Rodríguez y Olmos, careciendo de experiencia pastoral. Era don Enrique Pechuán Marín. Podría decir de él, como semblanza, que era sencillo, sin boato, que dijo haber aceptado el episcopado por obediencia. Vino a servir. Le costaba ejercer su autoridad, no por carecer de carácter, sino por su humildad.

Era sociable, pero le costaba el trato con la gente. Tenía un respeto y un amor muy grande por sus sacerdotes. Mientras trabajó en el arzobispado de San Juan, simpatizó con monseñor Leonardo Gallardo Heredia, obispo auxiliar de esa jurisdicción. De él tomó ese amor por el seminario menor, y lo fundó en su diócesis, cuando en otras partes optaban por cerrarlos. Tenía un afecto muy especial por sus seminaristas. Eran frecuentes sus visitas a Las Tapias, y en las vacaciones compartía, con alegría, algunos días con los seminaristas en el campamento que hacían en las sierras. Era simpático verlo pelando papas o cebándoles mates a los seminaristas.

Monseñor Pechuán Marín era amante de la Virgen María. De Ella habló en el Concilio Vaticano II. Desprendido, pobre, sencillo y humilde eran las cualidades que se manifestaban en él. No fue brillante en su ministerio episcopal, pero sí podemos decir que era un humilde hombre de Dios.

En el comienzo de la diócesis de Cruz del Eje, la mayoría del clero era joven, mediaban entre los 30 y 35 años de edad, y tenían una característica muy especial: todos habían sido formados en el mismo Seminario de Córdoba, lo que los hacía muy conocidos y amigos. Compartían inquietudes, trabajos e ilusiones. Eran trabajadores y alegres. Se mantenían muy unidos, y a pesar del momento que se vivía, casi no hubo bajas.

A monseñor Pechuán lo angustiaba la falta de vocaciones. Eso lo llevó, dijimos antes, a fundar el seminario menor, y gracias a eso, a lo largo de esos años hubo vocaciones que compensaron las pérdidas de sacerdotes y fueron sustituyendo a los que habían dejado el ministerio.

Otra medida que tomó monseñor Pechuán fue pedir a Roma que se hiciera dentro de esta diócesis una prelatura, que fue aceptada por los padres mercedarios de Córdoba. Se les asignó los tres departamentos del norte de nuestra diócesis – Sobremonte, Río Seco y Tulumba-, y así fue como se creó la prelatura de Deán Funes.

La muerte sorprendió a monseñor Pechuán a los 70 años. Después de unos meses, Roma nombró a Omar Félix Colomé, que era en ese momento director espiritual del Seminario Mayor de Córdoba. En este caso, monseñor Colomé comenzó un plan de Pastoral que inquietó con nuevas preocupaciones positivas de la diócesis: hizo visitas pastorales a las parroquias, dispuso un Congreso Eucarístico, admitió varias comunidades nuevas y también algunas ermitañas.

Colomé fue hombre de fe, piadoso. Llegó así con una salud débil a los 75 años, cuando presentó su renuncia a la Santa Sede, quien al poco tiempo aceptó su dimisión, mientras su precaria salud continuaba debilitándose. El obispo emérito optó por retirarse de la diócesis, lo que también fue nueva causa de resentimiento de su salud.

Fue nombrado entonces monseñor Santiago Olivera, proveniente del clero de la diócesis de Morón, en Buenos Aires, donde fue obispo monseñor Justo Laguna, quien estimaba mucho al padre Santiago y a quien presentó en Cruz del Eje con mucha alegría y entusiasmo.

Para monseñor Olivera fue ciertamente un desafío grande venir de una ciudad tan importante a esta zona de campo y sierra. Desde el comienzo su entusiasmo por la causa de Brochero hizo posible la beatificación de este hombre de Dios, y esto fue ciertamente un acontecimiento formidable, y desde ese momento hay un aire nuevo que da esperanza de pujante trabajo pastoral, y más con el impulso del papa Francisco
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