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Mons. Castagna lamentó que haya “muchos católicos y pocos cristianos”
Viernes 17 Oct 2014 | 07:45 am
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Corrientes (AICA): “Los pastores de la Iglesia no deben dormirse sobre frágiles laureles cuando las vidas de los antiguos catequizados han dejado la práctica de los sacramentos y se hallan cómodamente instalados en la vida sin religión, y hasta sin Dios, de la sociedad contemporánea. A veces las estadísticas no ofrecen más que cantidades o insignificantes porcentajes, por ejemplo el 80 % o 90 % de sedicientes ‘católicos’. Cuando se decide pasar de lo cuantitativo a lo cualitativo, la realidad obliga a reducir notablemente esa calificación”, advirtió el arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, en la sugerencia para la homilía del domingo.
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El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, recordó que “el único antídoto contra tal mal es la pureza de la fe en Dios. Cristo, que es Dios entre los hombres, vino a situarse en el centro de sus vidas. Le corresponde esa centralidad, es preciso que la ocupe y, de esa manera, se produzca el saludable equilibrio del universo”.

“Todo hombre necesita establecer relaciones armónicas con su universo y, para ello - en su vida personal y social - tendrá que respetar la centralidad absoluta de Dios, su Creador y Redentor. El mensaje evangélico apunta a ese propósito”, sostuvo en la sugerencia para la homilía del próximo domingo.

Tras considerar que “es doloroso pensar que tanta gente viva sin pensar en Dios y muera en esas lamentables condiciones”, lamentó que haya “muchos católicos y pocos cristianos”.

“Los pastores de la Iglesia no deben dormirse sobre frágiles laureles cuando las vidas de los antiguos catequizados han dejado la práctica de los sacramentos y se hallan cómodamente instalados en la vida sin religión, y hasta sin Dios, de la sociedad contemporánea”, advirtió.

“A veces las estadísticas no ofrecen más que cantidades o insignificantes porcentajes, por ejemplo el 80 % o 90 % de sedicientes ‘católicos’. Cuando se decide pasar de lo cuantitativo a lo cualitativo, la realidad obliga a reducir notablemente esa calificación. No obstante, no nos es permitido caer en el pesimismo que caracteriza a cierto sector, proclive a la depresión. Jesús llama a sus discípulos: ‘pequeña grey’, a quienes el Padre quiere darles el Reino. Es una pequeñez que trasciende la categoría de ‘multitud’ y se transforma en el valor preferido por Dios para cumplir su Obra”, reflexionó.

Texto de la sugerencia
1.- Dios y el Cesar. Jesús no oculta la calificación moral de quienes pretenden desacreditarlo. Lo fariseos intentan confundirlo proponiéndole un tema muy irritante para su pueblo: el sometimiento al Imperio Romano. Ellos, tan cultores de los preceptos, manejan con mucha habilidad la casuística: "Dínos qué te parece ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no?" (Mateo 22, 17). El Señor conoce todas sus astucias y sabe cómo desenredarlas. Está más allá de las trivialidades que distraen de lo fundamental y deshace con pocas palabras las acechanzas dialécticas de aquellos "doctos" fariseos. El Maestro, para aclarar recurre a la distinción. Causa confusión mezclar las diversas realidades. Dios es Dios y es preciso respetar su lugar. El Emperador responde a una concepción de la realidad que, sin poder desvincularse de la suprema centralidad de Dios, se mueve en una dimensión distinta y subordinada. Cuando la cultura de un pueblo deifica al emperador, negando la centralidad de Dios, se produce una nefasta y perjudicial idolatria. Pero el "emperador" exhibe versiones diversas de sí mismo, algunas sacadas del léxico vulgar, pero, igualmente totalitarias y engañosas. Me refiero a esa multitud de ídolos que invade la vida contemporánea y seduce con su "mundanidad", incluso a muchos creyentes.

2.- El antídoto contra el mal. El único antídoto contra tal mal es la pureza de la fe en Dios. Cristo, que es Dios entre los hombres, vino a situarse en el centro de sus vidas. Le corresponde esa centralidad, es preciso que la ocupe y, de esa manera, se produzca el saludable equlibrio del universo. Todo hombre necesita establecer relaciones armónicas con su universo y, para ello - en su vida personal y social - tendrá que respetar la centralidad absoluta de Dios, su Creador y Redentor. El mensaje evangélico apunta a ese propósito. San Pablo siente la urgencia de evangelizar como un indecible tormento. En la mente de los santos misioneros, como San Francisco Javier, se mantiene encendida la alarma de que muchos hombres, sin el anuncio de Cristo, se perderán irremediablemente. Es verdad que la misericordia de Dios abrirá caminos extraordinarios, de tal modo que, ante la imposibilidad de un contacto eficaz con el Evangelio, a nadie falte una alternativa de encuentro con su Creador. Es doloroso pensar que tanta gente viva sin pensar en Dios y muera en esas lamentables condiciones.

3.- Muchos católicos y pocos cristianos. La catequesis de primera Comunión y de Confirmación - en el mejor de los casos - no basta para que Dios ocupe su lugar central en la vida de los catequizados. Para muchos de ellos esos sacramentos constituyen un recuerdo festivo de mayor o menor gravitación. Los pastores de la Iglesia no deben dormirse sobre frágiles laureles cuando las vidas de los antiguos catequizados han dejado la pràctica de los sacramentos y se hallan cómodamente instalados en la vida sin religión, y hasta sin Dios, de la sociedad contemporánea. A veces las estadísticas no ofrecen más que cantidades o insignificantes porcentajes, por ejemplo el 80 % o 90 % de sedicientes "católicos". Cuando se decide pasar de lo cuantitativo a lo cualitativo, la realidad obliga a reducir notablemente esa calificación. No obstante, no nos es permitido caer en el pesimismo que caracteriza a cierto sector, proclive a la depresión. Jesús llama a sus discípulos: "pequeña grey", a quienes el Padre quiere darles el Reino. Es una pequeñez que trasciende la categoria de "multitud" y se transforma en el valor preferido por Dios para cumplir su Obra.

4.- La sabiduria de los pequeños. Al recorrer la historia, desde las épocas más remotas, los hombres parecen no aprender de quienes aprendieron: los sabios y los santos. Algunos parecen haber nacido conociendo la Verdad para la que otros necesitaron muchos años de duro aprendizaje. Se comprueba mejor entre los santos. En la lista extensa de los heroicos cristianos canonizados por la Iglesia aparecen hombres y mujeres, niños y jóvenes, intelectuales y analfabetos, gobernantes y simples trabajadores manuales. Todos ellos se hicieron pequeños discípulos de la Verdad, personalizada en Cristo "Yo soy la Verdad". Es preciso que unos a otros nos comuniquemos esta Nueva Buena, tan necesaria como las señales que orientan al caminante hacia la meta propuesta. En este caso, la Buena Nueva es Cristo: "El Evangelio del Padre". No se limita a orientar sino que se constituye en camino, en avío para andarlo y en término del mismo. Es vital para todos. La vida no tiene sentido sin Él. Es urgente que todos lo sepan y, para ello, que detengan la carrera vertiginosa hacia el vacio, que el orden imperante pretende imponer a todos.
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