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Monseñor Carrara, el obispo villero
Jueves 22 Feb 2018 | 12:29 pm
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Buenos Aires (AICA): El obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Gustavo Carrara, fue el primer “cura villero” en recibir la ordenación episcopal, el pasado 16 de diciembre, de manos del arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, cardenal Mario Aurelio Poli, y ante la ovación de una multitud que lo acompañaba. En diálogo con el medio Tercer Cordón, el prelado relató los orígenes de su vocación, su relación con los sectores vulnerables y la lucha contra las adicciones.
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En una entrevista para el medio Tercer Cordón, el recientemente ordenado obispo auxiliar de Buenos Aires, monseñor Gustavo Carrara, relató los orígenes de su vocación y habló sobre los desafíos de su ministerio, en especial contacto con los sectores vulnerables.

Ordenado el 16 de diciembre por el arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, cardenal Mario Aurelio Poli, el “obispo villero”, monseñor Carrara, comentó que su vocación sacerdotal comenzó durante su adolescencia, cuando participó en grupos parroquiales de la Parroquia del Niño Jesús.

En 1991, a sus 17 años, ingresó al Seminario Metropolitano Inmaculada Concepción de la arquidiócesis de Buenos Aires, en Villa Devoto. Realizó sus estudios en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica Argentina Santa María de los Buenos Aires (UCA). Fue ordenado sacerdote en 1998 por el entonces arzobispo de Buenos Aires, monseñor Jorge Mario Bergoglio.

En 2009, tras la muerte del presbítero Rodolfo Ricciardelli, fue nombrado párroco de Santa María, Madre del Pueblo, en la villa 1-11-14 del Bajo Flores. Hace dos años fue consultado sobre cómo se imaginaba dentro de diez años. Sin sospechar que se convertiría en obispo, contestó: “Visitando el barrio, viendo el progreso de los vecinos. Encontrándome con una comunidad que sigue creciendo”.

Ante la pregunta de si pensaba irse de la 1-11-14, respondió: “Creo que algún día me iré. Los tiempos y el sacerdocio son así. Como San Martín es el padre de la Patria, el padre del Bajo Flores es Ricciardelli. Los demás somos otra cosa”. En su caso, él es el primer obispo villero.

El origen de su vocación
El obispo reconoció a Tercer Cordón que desde pequeño tuvo una valoración por ayudar al prójimo en la cuestión social, “me lo inculcaron los curas en mi infancia y adolescencia”, destacó. “Después, en los distintos destinos que estuve había tareas: la visita a gente que está en situación de calle, llevándole algo de comer, llevándole una frazada, entablando un diálogo. Eso lo hice en varias parroquias”, señaló.

El obispo hizo un recorrido por los destinos pastorales donde ejerció su ministerio sacerdotal: “Primero en Luján de los Patriotas en Mataderos; después pasé a San Cayetano de Liniers, un santuario muy populoso donde la cuestión social a través del tema del pan y el trabajo está muy presente. También estuve como referente del servicio social del santuario y eso me fue acercando mucho al mundo de la cultura popular que se da en estas villas y en estos barrios. Después estuve un año en la Redonda de Belgrano, trabajando con el párroco con los chicos que estaban en la calle. En un momento el cardenal Bergoglio me llamó. Él quería, en Soldati, dividir una parroquia porque la población había aumentado mucho ahí. Hizo una parroquia tomando sobre todo Villa Fátima y Carrillo, y me pidió si yo podía ir ahí como primer párroco. El 13 de julio del 2008 falleció el padre Rodolfo Ricciardelli, párroco de esta parroquia (Santa María, Madre del Pueblo) desde el año 1975, y ahí Bergoglio me pidió si podía hacerme cargo junto con dos sacerdotes”, relató.

Los jóvenes y la fe
Consultado sobre las acciones para acercar a los jóvenes a la fe, monseñor Carrara afirmó que “la fe popular por sí misma dice que Dios tiene que ver con la vida concreta y la vida concreta tiene que ver con Dios. Entonces nosotros acompañamos la vida concreta de niños y adolescentes. En las villas de la ciudad, niños, jóvenes y adolescentes es la población mayoritaria, el 60% son menores de 25 años”, explicó, y advirtió que “es una población muy joven que necesita de primeras oportunidades”.

“Con las acciones que uno realiza les está diciendo de modo implícito que son valiosos, que tienen potencialidades, que tienen nuestra confianza”, reconoció el prelado, y contó que tienen “a través de los movimientos infantiles-juveniles, una escuela sobre ‘liderazgos positivos’, donde a los jóvenes les damos responsabilidades sobre los más chicos, y los más chicos quieren ser como esos jóvenes. Los escuchan, los llevan de campamento, los hacen jugar. Después les dan oportunidades”.

“Los profesores de educación física son estudiantes del barrio. Hay maestras del jardín que son chicas del barrio. Hay tres muchachos que ingresaron en el Seminario para ser sacerdotes. Mucha confianza en sus potencialidades y también abrir oportunidades concretas para que esas potencialidades vayan despegando”, agregó.

El Hogar de Cristo
Monseñor Carrara detalló el acompañamiento que se hace desde “Familia Grande Hogar de Cristo” a quienes sufrieron experiencias de violencia o adicción a las drogas. “Podemos ver tres niveles: un primer nivel es el consumo de una sustancia que es mayoritariamente el paco. En un segundo nivel se ve la exclusión donde viven: los chicos tienen tuberculosis, educación sin terminar, no tienen capacitación laboral, están viviendo en la calle. En un tercer nivel más profundo, está lo que quizás no puede registrar el Indec, pero es el nivel más doloroso, que es la orfandad de vínculos, la orfandad de amor. Ahí seguimos dos principios que nos dio en su momento el cardenal Bergoglio: ‘recibir la vida como la vida viene’ y ‘acompañarla cuerpo a cuerpo’”, explicó.

“Esto significa plantar un centro barrial donde lo que se hace es recibir esa vida sin plantear una estructura demasiado rígida al comienzo, porque si no uno empieza a dejar afuera. Eso nos posibilitó, por ejemplo, saber que de diez chicos que venían, ocho estaban viviendo en la calle. Entonces, primero, abrimos un comedor comunitario, en una segunda instancia abrimos una vieja carpintería, pusimos camas cuchetas y, en un tercer momento, generamos el hogar Santa María”.

El prelado destacó que trabajan “con mucha cercanía con otros centros barriales de otras villas. Vamos escuchando esa realidad que traen esas chicas y esos muchachos. Acompañando la vida entera y acompañando a ellos y a sus familias”.

No sólo es “no robar”
Monseñor Carrara definió el pecado como “romper esa relación con Dios y romper la relación con el prójimo”, y se refirió puntualmente al “pecado social”, es decir “cuando la sociedad mira para otro lado en estas situaciones de dolor y marginalidad que viven tantos hermanos. Sobre todo, tantos niños y adolescentes que no tienen la culpa de nacer en situaciones tan desfavorables”.

“La conciencia de pecado un poco se ha perdido: la conciencia de que uno puede hacer mucho bien, pero también puede hacer mucho mal. No sólo se trata de ir por la vida y decir ‘yo no maté a nadie, yo no robé a nadie’. También hay que interpretarlo positivamente: cómo defendiste, cómo promoviste que otros vivan mejor habiendo tenido vos y yo otras oportunidades que otros no han tenido. Pensar no solo en mí, abrirme a las necesidades de los demás. Es promover una vida más digna para los demás, no es solo ‘no robar’. Sobre todo, no robarle a los más pobres, por ejemplo, con actos de corrupción. Cuando se tienen responsabilidades mayores, se puede decidir por los demás y se tienen que destinar recursos. Entonces, no es sólo no robar, sino es cómo compartís, cómo pasás de la generosidad a entrar en comunión con el otro. Se amplía el concepto de pecado”.

Por otra parte, señaló que “la Iglesia tiene que estar atenta a la cuestión social, haciendo acciones y obras concretas. Por ejemplo, en estos barrios, ayudar a que el Estado haga pie. Lo que nosotros necesitamos en este barrio es una presencia inteligente del Estado para que pueda mover la aguja para que la gente viva bien, con dignidad. Primero acciones concretas: hacer una escuela, hacer un club, hacer hogares. Primero la acción, después la palabra”.

La Iglesia: “Un actor más en la vida del pueblo argentino”
Consultado sobre la Reforma Previsional recientemente aprobada, consideró que “ante una primera mirada, la Reforma Previsional se muestra impopular. Hay una intuición de que es impopular, que afecta a uno de los extremos de la vida, el más frágil, que son los abuelos, que son los depositarios de la sabiduría y de la memoria de nuestro pueblo. Después, no le corresponde a la Iglesia entrar tanto en cuestiones técnicas sobre cómo hay que hacerlo porque para eso están los diputados, senadores, que saben de la materia y deben llevar adelante los programas que más favorezcan a la gente. Lo que es responsabilidad de la Iglesia es ser un actor más en la vida del pueblo argentino, mostrar que hay que cuidar a los abuelos. Después se verá con el andar de los meses”.

Para lograr la comunión en la sociedad, el prelado consideró necesario “entrar en diálogo” con los distintos actores que la conforman: “Con aquellos que más posibilidades tienen, buscando persuadir, porque el camino de la felicidad es que la vida de uno cobre sentido. Cobra sentido cuando uno rompe ese aislamiento en buscar solo su bienestar, cuando se abre a que los otros vivan bien. En eso tenemos una misión como Iglesia. No abandonar esos espacios de diálogo, invitando a compartir. Entrar en comunión".
Respecto al papel del Papa en la construcción de “la Iglesia pobre para los pobres”, aseguró que “el Papa es una figura que trasciende los márgenes de la Iglesia como institución, entra en diálogo con otras instituciones, con el mundo que nos toca vivir”.

“Por ejemplo, para la Jornada Mundial de la Paz, el Papa escribió un texto que habla de los refugiados e inmigrantes como hombres y mujeres que buscan la paz. Muchas veces se ve al refugiado, sobre todo en Europa, y a los inmigrantes, nos pasa en la Argentina, inmigrantes de países hermanos como Bolivia, Paraguay y Perú, como un peligro. El Papa dice que son hombres y mujeres que buscan la paz. Y que si se los recibe como una oportunidad para crecer como nación cambia la perspectiva. Señala que estas corrientes migratorias o refugiados no solo se da por falta de pan y trabajo, sino que se están empezando a dar por el poco cuidado que estamos haciendo de nuestra casa común. Cuesta vivir ahí porque se ha maltratado mucho la naturaleza”, advirtió.

Obispo “villero”
En relación a su ministerio episcopal con dedicación especial en las villas, monseñor Carrara reconoció que tiene que “ir descubriendo el rol, ir haciéndolo con otros curas”, y señaló que “las parroquias de las villas de Buenos Aires tienen una historia de varias décadas. Hay muchos trabajos que ya estamos haciendo en común. Nos potenciamos de un barrio al otro”, afirmó.

“Este nombramiento me desafía a comprometerme más. Siempre uno tiene que volver a ese amor primero, a ese fuego primero que lo impulsó con los vecinos de un barrio. El acostumbramiento puede matar ese fuego. Creo que esta es una oportunidad que Dios me da para un compromiso aún mayor”, concluyó.+


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