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Mons. Buenanueva: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva”
Martes 13 Mar 2018 | 08:42 am
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San Francisco (Córdoba) (AICA): En una nueva entrega de su columna semanal en el periódico La Voz de San Justo, el obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, compartió una reflexión conclusiva sobre el Credo. “Tengo la impresión de que, para el final, quedó lo más difícil de explicar: la vida eterna”, expresó.
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El obispo de San Francisco, monseñor Sergio Osvaldo Buenanueva, compartió una vez más sus reflexiones sobre el Credo. En esta ocasión, se centró en la frase final de la oración, refiriéndose a la vida eterna.

“¿Es realmente difícil hablar de la vida?”, planteó el obispo, refiriéndose especialmente a “quienes creemos en Aquel que dijo: “He venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia…Yo les doy vida eterna… Yo soy la resurrección y la vida”.

“La pasión por la vida está arraigada en el corazón humano. Es su fuerza más secreta. Estamos diseñados para la vida. El incipiente debate sobre el aborto en la Argentina de hoy nos lleva, en última instancia, a ese umbral humano: la dignidad e intangibilidad de la vida humana, especialmente si frágil, inocente e indefensa”, explicó el obispo.

Haciendo hincapié en la Biblia, el obispo advirtió que “mientras que, para el Antiguo Testamento, ver a Dios es morir, para Jesús, esa es la condición para la vida”, y lo argumentó con el pasaje que dice: “Padre… esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo”. El prelado afirmó que “para el hombre, vivir es ver a Dios” y recordó la frase lapidaria de San Ireneo: “La gloria de Dios consiste en que el hombre viva, y la vida del hombre consiste en la visión de Dios”.

“Vivir es ver y contemplar el rostro de Dios, ahora en la fe, en la bienaventuranza, cara a cara. Se trata de una metáfora para indicar la comunión con Dios que involucra al hombre todo entero, cuerpo y alma, sentidos e inteligencia. La vida eterna es la amistad con Dios que plenifica y colma de alegría al hombre”, añadió el obispo, y sostuvo que “con esta metáfora nos adentramos en el misterio”.

“Tal vez la experiencia humana que más nos acerque a este misterio es el encuentro entre dos personas que se aman”, consideró monseñor Buenanueva. “Entonces, parece que el tiempo se detiene. Toda la vida se concentra ahí, en ese fragmento. La nostalgia que sobreviene después es un signo de la intensidad de lo vivido, y del anhelo de que ese instante fugaz no se pierda. Esa es realmente la esencia de la vida humana”, insistió.

En referencia a la eternidad, el prelado señaló que “el rostro bendito de Dios colma la sed del creyente. Y ese rostro se nos ha manifestado en Jesucristo. Todo el Credo que hemos meditado es, de alguna manera, un despliegue de la belleza luminosa del rostro de Jesucristo. Él es la vida. Él da la vida”.

“Jesucristo es la vida eterna que esperamos. El cielo es la comunión con Dios en Jesucristo. El purgatorio es el amor de Cristo que limpia y purifica nuestra mirada para ese encuentro definitivo. El infierno es esa terrible posibilidad que tiene la libertad de elegir la soledad más absoluta: ningunos ojos que se crucen con los nuestros, ninguna mano que estrechar, ningún rostro que acariciar”, añadió.

Finalmente, el obispo indicó que el Credo se cierra con un sonoro: “Amén”, y recordó que “el Dios amigo de la vida se ha involucrado con nuestra vida para rescatarnos de la soledad. Lo ha hecho en Jesucristo, concebido por obra del Espíritu Santo, nacido de María, muerto y resucitado. A ese misterio de amor, cada domingo, los cristianos le decimos: “Amén, creo, Señor, pero aumenta nuestra fe”, concluyó.+

» Texto completo de la reflexión


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