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Mons. Marino pidió por la pronta canonización de la beata Mama Antula
Viernes 10 Ago 2018 | 10:12 am
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Buenos Aires (AICA): El obispo emérito de Mar del Plata, monseñor Antonio Marino, presidió una misa en la basílica Nuestra Señora de la Piedad para pedir por la pronta canonización de la beata María Antonia de San José. En su homilía, el prelado repasó la historia de Mama Antula, destacando especialmente el arduo camino de su santidad, y recordando que fue ella quien introdujo la imagen de San Cayetano en tierra argentina.
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En una misa presidida por el obispo emérito de Mar del Plata, monseñor Antonio Marino, en la basílica Nuestra Señora de la Piedad, como cada 7 del mes, los fieles se congregaron para pedir la pronta canonización de la beata María Antonia de San José.

En su homilía, el prelado repasó la biografía de la beata, nacida en Santiago del Estero y nombrada con afecto por el pueblo como Mama Antula, que fue beatificada el 27 de agosto de 2016, y cuyos restos descansan en el templo de Nuestra Señora de la Piedad.

“Volver a repasar su historia, aunque sea en forma breve y muy parcial, nos ayuda a dar gloria a Dios y a sentir renovarse en nosotros las ansias de ser auténticos testigos del Evangelio de Jesucristo, ya bien adentrados en el siglo XXI, en circunstancias históricas muy distintas de las suyas, pero manteniendo una gran continuidad de inspiración”, señaló monseñor Marino.

“Para su época ella era una mujer que sobresalía por su cultura, pues además de saber leer y escribir, recibió de los padres jesuitas esmerada educación cristiana”, destacó el prelado, y añadió que “en su tarea evangelizadora ellos aportaron la riqueza de la práctica de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio que modelaron su alma”.

“A los quince años María Antonia vistió el hábito de Beata Jesuita o de la Compañía y desde entonces hizo votos privados y se consagró al apostolado, a la oración y a la penitencia”, relató el obispo, para luego asumir “la tarea de continuar con la organización de los Ejercicios ignacianos. Fue por una fuerte llamada interior y luego de ponderado discernimiento”, afirmó.

“Causa profunda admiración la extensa geografía que recorrió a pie descalzo, llevando su obra, seleccionando con acierto sacerdotes capaces para predicar los Ejercicios en distintas provincias argentinas”, consideró monseñor Marino. “De este modo el mensaje de Cristo contenido en los Evangelios iba marcando nuestra cultura”.

“Aunque su tarea fue en verdad extraordinaria, nada resultó fácil para ella, pues en más de una ocasión debió enfrentar burlas, desconfianza y rechazo”, aclaró, y tras repasar su recorrido por las provincias argentinas, subrayó que “al iniciar su obra desde Santiago del Estero, nombró a San Cayetano, el santo de la Providencia, como patrono de su enorme obra evangelizadora”.

“La primera imagen del santo en nuestras tierras fue introducida por ella. Y bien sabemos el desarrollo que con el tiempo adquiriría su culto, ayudando a los fieles a confiar en la divina Providencia y a buscar el Reino de Dios en primer lugar”, reconoció.

“En el cumplimiento de su misión en Buenos Aires abundaron los sinsabores y rechazos y en el antiguo templo de La Piedad pudo encontrar un refugio ante las muchas dificultades e injurias, frente a las cuales nunca se rindió”, destacó. “En la ciudad porteña durante veinte años hasta su muerte se entregó con entusiasmo a esta misión y comenzó logrando el terreno donde levantaría la Santa Casa de Ejercicios que esta ciudad conserva sobre la calle Independencia como monumento histórico y espiritual de gran significado. Por esa Casa pasaron muchas de las figuras más conocidas que tuvieron gran influjo en la vida social, política y religiosa de nuestra patria, antes y después de la declaración de la independencia”, detalló.

“Es considerada como la primera mujer en reconocer y defender lo que hoy llamamos los derechos humanos de los más pobres. El cardenal Amato en su beatificación la llamó: ‘una incansable misionera en la formación de los laicos y de los sacerdotes’, y destacó que ‘lograba entrar en las cárceles para convertir y santificar esas almas extraviadas’”, señaló, y continuó: “En la base de este incansable apostolado –decía el cardenal– había una vida interior, alimentada por una grande fe en Dios. Un testigo la llama «un portento de la divina Providencia»”.

“María Antonia era una enamorada de Jesucristo y amaba profundamente la Eucaristía. Alimentaba una especial devoción al Niño Jesús, el Manuelito, como lo llamaba afectuosamente. A la providencia del Niño Jesús se encomendaba cuando necesitaban leña, alimentos, dinero. Exhortaba a sus colaboradores a no preocuparse porque a todo proveería el querido Manuelito. Y de hecho llamaban a la puerta y llegaba lo necesario”. Aquel a quien Mama Antula llamaba Manuelito, no era otro que un Niño Jesús abrazado a una cruz”, explicó.

Retomando las palabras del papa Francisco, el obispo la llamó “dócil instrumento de la Providencia y celosa misionera al servicio del Evangelio”.

“Desde hace décadas venimos escuchando la llamada a ser Iglesia en salida, y conocemos el énfasis que el Papa actual, en continuidad con sus predecesores, ha puesto en esta consigna”, sostuvo. “Estamos convocados para una nueva evangelización y una conversión pastoral, ante una sociedad donde se fueron desdibujando las huellas profundas dejadas en la cultura por la primera evangelización”, aseguró.

En ese sentido, concluyó con un llamado: “Salgamos a las periferias geográficas, y también a las periferias internas y existenciales. Basta mirar alrededor para encontrarlas. Salgamos primero de nuestro egoísmo y centrémonos en Cristo. Salgamos con nuestra fe y nuestro testimonio de conducta, con nuestra oración y contemplación, y también con nuestra creatividad en las obras de misericordia. Salgamos con nuestro ‘no’ a la legalización del aborto y con nuestro ‘sí’ a la vida. Salgamos proclamando la misericordia de Dios ante los peores pecados e invitando al retorno a la buena senda y a la conversión, al gozo de volver a la casa paterna”.+

Texto completo de la homilía



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