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El Papa: En la cruz, Jesús manifiesta su gloria y su gloria es la del amor
Miercoles 17 Abr 2019 | 08:05 am
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Ciudad del Vaticano (AICA): “La verdadera gloria es la gloria del amor, porque es la única que da vida al mundo”, dijo el Papa esta mañana, durante la audiencia general, celebrada en la Plaza de San Pedro ante 12 mil peregrinos provenientes de todo el mundo. El Santo Padre centró su catequesis en la oración de Jesús a su padre, en el momento del juicio. “Jesús es el que manifiesta definitivamente la presencia y salvación de Dios”, recordó Francisco
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"La verdadera gloria es la gloria del amor, porque es la única que da vida al mundo”, dijo el Papa esta mañana, durante la audiencia general, celebrada en la Plaza de San Pedro ante 12 mil peregrinos provenientes de todo el mundo. El Santo Padre centró su catequesis en la oración de Jesús a su padre, en el momento del juicio. “Jesús es el que manifiesta definitivamente la presencia y salvación de Dios”, recordó Francisco

El Santo Padre comenzó reflexionando sobre la primera de esas palabras que Jesús dirige al Padre durante el momento de su Pasión: «Padre, ha llegado la hora: glorifica a tu Hijo». La gloria –precisó el pontífice– significa la revelación de Dios como signo de su presencia salvadora entre los hombres. En la cruz, Jesús manifiesta su gloria porque es allí donde está realizando de forma definitiva la salvación a los hombres. La verdadera gloria es la del amor. En la Pascua comprobamos cómo el Padre glorifica al Hijo, mientras el Hijo glorifica al Padre. Ninguno se glorifica a sí mismo, sino al otro. Así, el actuar de Dios nos tiene que interpelar, para que no busquemos nuestra propia gloria sino la de Dios y la de los demás”.

“La gloria, indica la revelación de Dios, es el signo distintivo de su presencia salvadora entre los hombres. Jesús es el que definitivamente manifiesta la presencia y la salvación de Dios. Y lo hace en Pascua: clavado en la cruz, es glorificado. Allí Dios revela finalmente su gloria: quita el último velo y nos asombra como nunca antes. Descubrimos que la gloria de Dios es todo amor: amor puro, loco e impensable, más allá de todo límite y medida”

Del mismo modo, el Papa alentó a los fieles a que hagamos nuestra la oración de Jesús: pidámosle al Padre que nos quite el velo de los ojos para que en estos días, mirando al Crucificado, podamos aceptar que Dios es amor.

“¡Cuántas veces lo imaginamos como maestro y no como Padre, cuántas veces pensamos que es un juez severo, en vez de un Salvador misericordioso!. Pero en Pascua, Dios reduce las distancias, mostrándose en la humildad de un amor que exige nuestro amor. Nosotros, pues, le damos gloria cuando vivimos todo lo que hacemos con amor, cuando hacemos todo de corazón, como si fuera para Él”.

En este sentido, el Santo Padre precisó que, la verdadera gloria es la gloria del amor, porque es el único que da vida al mundo. Por supuesto, esta gloria es lo opuesto de la gloria mundana, que viene cuando uno es admirado, alabado, aclamado: cuando estoy en el centro de la atención. La gloria de Dios, en cambio, es paradójica: sin aplausos, sin público. Al centro no está el “yo”, sino el “otro”: en Pascua vemos que el Padre glorifica al Hijo mientras que el Hijo glorifica al Padre. Nadie se glorifica a sí mismo. Y en plena Pasión, Jesús dice: “Padre, en tus manos entrego mi espíritu”. El Espíritu que el Padre le había dado a Jesús, Jesús se lo devuelve al Padre. El mío se convierte en el tuyo. Así hace Dios, así hace el amor, así hace la salvación, que es un regalo de amor.

“¿Cuál es la gloria por la que vivo? ¿La mía o de Dios? ¿Sólo deseo recibir de los demás o incluso dar a los demás?”

“Abba, Padre”
La segunda palabra –continuó explicando el Santo Padre– es: «Abbá», papá. Jesús, cuando experimentó en el huerto de Getsemaní la angustia y la soledad ante su Pasión, se dirigió a Dios llamándolo “papá”. Nos enseña a tratar a Dios como un padre, porque en Él se encuentra la fuerza para seguir adelante en el dolor. En la desolación, Jesús no está solo porque está con el Padre. En cambio, nosotros, cuando nos encontramos en situaciones difíciles preferimos muchas veces la soledad, antes que decir “Padre” y confiar en Él. En este aspecto, el Papa subrayó que, cuando en la prueba permanecemos cerrados en nosotros mismos cavamos un túnel dentro de nosotros mismos, un doloroso camino introvertido que sólo tiene una dirección: más y más profundo en nosotros mismos. “El mayor problema no es el dolor, sino cómo afrontarlo”, precisó Francisco.

“La soledad no ofrece salidas; la oración sí, porque es relación, confianza. Jesús confía todo y todos al Padre, llevándole lo que siente, apoyándose en él en la lucha. Cuando entremos en nuestro Getsemaní, recordemos orar así: Padre”

«Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»
Finalmente, el Papa indicó la última oración de Jesús: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». Él reza por los que lo están crucificando. Era el momento más agudo de dolor; pero es ahí donde se llega al culmen del amor, en el perdón, que rompe el círculo del mal. Jesús reza por nosotros al Padre, para que nos envuelva con su misericordia, que trasforma y sana el corazón. “En estos días rezando el Padre Nuestro, podemos pedir una de estas gracias: vivir nuestros días para la gloria de Dios, es decir, con amor; saber confiarnos al Padre en las pruebas; encontrar en el encuentro con el Padre el perdón y el valor para perdonar. El Padre nos perdona y nos da el valor para perdonar”, concluyó.




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