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Mons. Castagna: No es extraño que la Iglesia auspicie un diálogo auténtico
Viernes 10 May 2019 | 08:03 am
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Corrientes (AICA): El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, consideró que no debe extrañar que la Iglesia, a través de sus pastores, invite al compromiso socio político mediante un diálogo auténtico, sin trampas ni exclusiones”, porque su propósito, explicó, “es la verdad, base firme de la construcción futura, y logro inteligentemente consensuado por confiables intérpretes de la sociedad”.
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El arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, consideró que no debe extrañar que la Iglesia, a través de sus pastores, invite al compromiso socio político mediante un diálogo auténtico, sin trampas ni exclusiones”.

“Su propósito es la verdad, base firme de la construcción futura, y logro inteligentemente consensuado por confiables intérpretes de la sociedad”, explicó y, tras preguntarse si será posible, subrayó: “Sí, lo es, aunque ocasionalmente presente agudas aristas”.

El prelado recordó que “las heridas se curan, la que no tiene remedio es la muerte, causada por el odio y su propósito destructivo”.

“El Evangelio presenta a Cristo como vencedor del pecado y de la muerte. Él lo ha logrado en la naturaleza humana, que, por obra del Espíritu Santo, ha hecho propia en el seno purísimo de la Virgen María”, subrayó.

“En la Carta a los Hebreos se expresa: ‘De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen’. En la voz de ese Cristo, ofrecida por su Iglesia, se proclama la Verdad que el mundo necesita y espera escuchar”, concluyó.



Texto de la sugerencia
1.- La voz del Buen Pastor. El pueblo necesita escuchar la voz de Cristo, el Buen Pastor. Voz inconfundible, que se distancia de las voces provenientes del engaño y de la mentira. Éstas pretenden imponerse con su estilo altisonante y seductor. Es preciso despertar la innata exigencia de identificar la verdad, para optar por ella, como también la mentira, para rechazarla. Para ello es preciso sanar la sensibilidad del pueblo, con frecuencia muy contaminada por elementos nocivos, que la pseudo-cultura pretende presentar como legítimo progreso. El breve texto de Juan, que hoy exponemos, es simple y claro: “Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen”. (Juan 10, 27) Decía Tertuliano que el alma humana es “naturalmente cristiana”. Dios, Pastor de todos los hombres, se revela en el Verbo divino y, por lo mismo, la voz de Cristo no resulta extraña a los oídos humanos por más embotados que se hallen. La misión de Cristo, y de los testigos de su Resurrección, es devolver la capacidad auditiva a quienes la han perdido.

2.- Voces opuestas a la de Cristo. Se logra mediante el testimonio de quienes la han recuperado y abren sus mentes y corazones a la Palabra de la fe, que se expresa en la voz de Cristo: “Yo les doy Vida eterna: ellas (las ovejas) no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mis manos”. (Ibídem 28). Es impresionante la confesión de su divinidad, declarándose igual al Padre: “El Padre y yo somos una sola cosa”. (Ibídem 30) Las ovejas son suyas, como lo son del Padre. Por ellas ofrece su vida en la Cruz y así manifiesta amarlas hasta ese impresionante extremo. Es preciso que lleguemos a cobrar conciencia de ser suyos y de distinguir con claridad su voz. Para ello es preciso el esfuerzo sincero por rechazar otras voces que pretendan atraer nuestra atención. El mundo desborda de esas voces, opuestas a las de Cristo, que intentan legitimar absurdas teorías - de confusa formulación - con el fin de justificar lo injustificable. Es la hora de que la Palabra resuene en la voz de Quien es la Palabra encarnada. La Iglesia, que debe ser su eco, confía en el poder de esa Palabra que, como dice San Pablo: “es poder de Dios para la salvación de todos los que creen” (Romanos 1, 16). Pocas personas desestiman el valor de la fe cuando se trata de resolver los grandes enigmas de la vida humana. Me refiero al sentido de la vida, que aparece, se desarrolla y se extingue. Una activista de la política argentina, al ser consultada sobre la trascendencia de la vida temporal, confesaba no creer en ella. Para esta inteligente mujer (ya fallecida) el nacimiento y la muerte eran “hechos biológicos” que aparecían y desaparecían sin dejar huella alguna. ¡Qué triste perspectiva!

3.- Un mundo carente de humildad. El mundo actual carece de humildad para reconocer la voz del Buen Pastor, entre tantas voces discordantes. El soberbio necesita, para su conversión, una infusión extraordinaria de gracia divina, como la de Saulo de Tarso en las puertas de Damasco. Dios la dispensa, siempre que se produzca el honesto deseo de rendirse a ella. Condición que no se da en quienes han perdido la capacidad de reconocer sus errores y de disponerse a erradicarlos. El empecinamiento por presentar los propios yerros como verdades, y los propios pecados como virtudes, desborda las expresiones mediáticas de algunos protagonistas de la vida pública actual. El camino a la verdad requiere la virtud básica de la humildad. Cuando no se da, los errores se agravan y se tornan violentos. ¡Qué difícil es concertar esfuerzos para el bien de todos cuando, por motivos aparentes o sin ellos, se insiste en la ciega confrontación entre los diversos litigantes políticos! La amistad cívica, iluminada y alentada por la caridad cristiana, aparece como de imposible realización en nuestra convulsionada sociedad. Es entonces cuando debemos escuchar, como divina propuesta, la afirmación del Arcángel Gabriel a María: “porque no hay nada imposible para Dios” (Lucas 1, 37).

4.- La fe en Cristo como compromiso histórico. Que no nos extrañe que la Iglesia, a través de sus Pastores, invite al compromiso socio político mediante un diálogo auténtico, sin trampas ni exclusiones. Su propósito es la verdad, base firme de la construcción futura, y logro inteligentemente consensuado por confiables intérpretes de la sociedad misma. ¿Será posible? Si, lo es, aunque ocasionalmente presente agudas aristas. Las heridas se curan, la que no tiene remedio es la muerte, causada por el odio y su propósito destructivo. El Evangelio presenta a Cristo como vencedor del pecado y de la muerte. Él lo ha logrado en la naturaleza humana, que, por obra del Espíritu Santo, ha hecho propia en el seno purísimo de la Virgen María. En la Carta a los Hebreos se expresa: “De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para todos los que le obedecen” (5, 9). En la voz de ese Cristo, ofrecida por su Iglesia, se proclama la Verdad que el mundo necesita y espera escuchar.+
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