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Mons. Castagna: “El odio entre cristianos, un escándalo incalificable”
Viernes 17 May 2019 | 08:09 am
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Corrientes (AICA): “El odio entre quienes se confiesan cristianos es un escándalo incalificable. Una sociedad como la nuestra, mayoritariamente bautizada por la Iglesia Católica, alberga esa contradicción. Se dicen - unos y otros – ‘cristianos’, y sin embargo se muestran entreverados en altercados políticos e ideológicos situados en las antípodas del Evangelio de Jesús”, lamentó el arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna.
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En su sugerencia para la homilía, el arzobispo emérito de Corrientes, monseñor Domingo Salvador Castagna, consideró que “el odio entre quienes se confiesan cristianos es un escándalo incalificable”.

“Una sociedad como la nuestra, mayoritariamente bautizada por la Iglesia Católica, alberga esa contradicción. Se dicen - unos y otros – ‘cristianos’, y sin embargo se muestran entreverados en altercados políticos e ideológicos situados en las antípodas del Evangelio de Jesús”, lamentó.

El prelado afirmó que “el testimonio cristiano de los bautizados debe contribuir, decisivamente, en la práctica de la amistad cívica que acredite un diálogo racional y fraterno entre los argentinos. Para ello, es preciso desalojar del corazón todo resabio de odio”.

“En un clima como el que estamos respirando, muy contaminado por el odio y la soberbia, aparece como humanamente imposible un cambio tan esencial como el que reclama Jesús. Pero Cristo Redentor dispensa la gracia para que sea posible ese triste ‘imposible’. Lo logra en los santos que la Iglesia nos propone como modelos e intercesores”, recordó.

“Acabamos de participar, con enorme gozo, en la beatificación del obispo Angelelli y compañeros mártires. No obstante algún sector de la Iglesia Católica ha manifestado una inexplicable oposición a la legítima decisión del papa Francisco”, agregó.



Texto de la sugerencia
1.- El mandamiento nuevo. El amor identifica a Dios e individualiza a quienes creen en Él. Por ese motivo Jesús lo estatuye como “mandamiento nuevo”. A Él mismo lo reconocerá el mundo y, por ello, conocerá a Dios, si sus discípulos lo testimonian amándose mutuamente: “En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”. (Juan 13, 35) Es el principal precepto revelado y llevado a plenitud por Cristo. Si falta su testimonio el mensaje resulta incomprensible y, por lo mismo, impracticable. La inmolación del Señor en la Cruz es la perfecta revelación del amor que define a Dios en su relación con los hombres. Es entonces cuando el mundo comprueba cuánto lo ama Dios. Su resultado inmediato es la eliminación del pecado como odio y violencia, como injusticia y corrupción. Es impostergable que los cristianos ofrezcan a la sociedad el espectáculo del amor fraterno, aprendido de su Maestro, y revelador de la autenticidad del mensaje evangélico, con todo su contenido de verdad. La caridad es el respaldo de la enseñanza y la garantía de la fidelidad al mandamiento.

2.- La Vida bautismal marcada por el amor fraterno. Inspirados por el pecado procedemos, en nuestras relaciones mutuas, por confrontaciones mezquinas, profundamente enraizadas en las formas de obrar vigentes. La fe, como respuesta al mensaje evangélico, inspira un comportamiento personal y social absolutamente nuevo. El mismo exige recibir la herencia de la nueva Vida, que Cristo genera desde su Misterio de Muerte y Resurrección. La hacemos propia cuando, por el Bautismo, somos sumergidos en su muerte y participamos de su Vida de resucitado. La vida cristiana es lograr que el Bautismo se haga esa Vida, desde la misma transitoriedad de la historia cotidiana. Es allí cuando el mundo, que es también el nuestro, espera, como decía San Juan Pablo II, “el testimonio de la santidad”. Es decir, la plena vivencia de la caridad, como contraria al pecado, y la plena manifestación del amor que - en Cristo muerto y resucitado - Dios profesa a todos los hombres. El nuevo mandamiento, que Jesús dicta a sus discípulos, es el amor sin fronteras. Comprende a todos, particularmente a los más inamables, por causa del odio y la violencia que practican. La modificación del mandamiento del amor, interpretado en el Antiguo Testamento, es de una claridad impresionante: “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre…” (Mateo 5, 43-45).

3.- Inexplicable odio entre bautizados. El odio, entre quienes se confiesan cristianos, es un escándalo incalificable. Una sociedad, como la nuestra, mayoritariamente bautizada por la Iglesia Católica, alberga esa contradicción. Se dicen - unos y otros - “cristianos”, y sin embargo se muestran entreverados en altercados políticos e ideológicos situados en las antípodas del Evangelio de Jesús. El testimonio cristiano de los bautizados debe contribuir, decisivamente, en la práctica de la amistad cívica que acredite un diálogo racional y fraterno entre los argentinos. Para ello, es preciso desalojar del corazón todo resabio de odio. En un clima, como el que estamos respirando, muy contaminado por el odio y la soberbia, aparece como humanamente imposible un cambio tan esencial como el que reclama Jesús. Pero, Cristo Redentor, dispensa la gracia para que sea posible ese triste “imposible”. Lo logra en los santos que la Iglesia nos propone como modelos e intercesores. Acabamos de participar, con enorme gozo, en la Beatificación del Obispo Angelelli y compañeros mártires. No obstante algún sector de la Iglesia Católica ha manifestado una inexplicable oposición a la legítima decisión del Papa Francisco.

4.- Hacia un impostergable ejercicio de la amistad cívica. Como advertimos, tenemos, por delante, una difícil tarea que realizar como ciudadanos y como cristianos. Crear las condiciones para una verdadera convivencia en paz. Para ello, se necesitará que abordemos un diálogo, entre los diversos, que logre conducirnos a establecer reglas consensuadas para mantener un sereno andar hacia la verdad. El Papa Francisco acaba de avalar, en los Obispos argentinos, el propósito de alentar el constructivo encuentro entre todos los argentinos. Como en otras oportunidades, la Iglesia necesita abandonar una actitud de autoprotección, ante los ataques inclementes que recibe de algunos sectores, para abocarse al servicio de la unidad y del bien común. Es el momento. Para ello, urgirá - entre los fieles - la vivencia interna de la caridad, para presentar a los conciudadanos un modelo auténtico del amor fraterno con el propósito de compartir los valores históricos que los definen desde sus orígenes.+

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