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Francisco en la misa por los migrantes: “Nadie está exento” de la tarea de ayudarlos
Lunes 8 Jul 2019 | 09:33 am
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Ciudad del Vaticano (AICA): A seis años de su visita a la isla de Lampedusa, el papa Francisco presidió este lunes una misa en la basílica de San Pedro, donde recordó que los migrantes son “antes que nada seres humanos”, denunció las torturas, maltratos y violaciones a las que son sometidos y aseguró que “nadie está exento” de la tarea de asistirlos.
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A seis años de su visita a la isla de Lampedusa, el papa Francisco presidió este lunes una misa en la basílica de San Pedro, donde recordó que los migrantes son “antes que nada seres humanos”, denunció las torturas, maltratos y violaciones a las que son sometidos y aseguró que “nadie está exento” de la tarea de asistirlos.

“En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, pienso en los ‘últimos’ que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen. Son los últimos engañados y abandonados para morir en el desierto; son los últimos torturados, maltratados y violados en los campos de detención; son los últimos que desafían las olas de un mar despiadado; son los últimos dejados en campos de una acogida que es demasiado larga para ser llamada temporal”, enfatizó.



Al comentar las lecturas del día, el Santo Padre recordó el viaje de Jacob desde Berseba a Jarán y el sueño que tuvo en el cual vio a los ángeles de Dios subir y bajar del cielo, y como este sueño se cumplió históricamente en la encarnación de Cristo.

“La escalera es una alegoría de la iniciativa divina que precede a todo movimiento humano. Es la antítesis de la torre de Babel, construida por hombres que con sus propias fuerzas querían alcanzar el cielo para convertirse en dioses. En este caso, por el contrario, es Dios quien ‘baja’, es el Señor quien se revela a sí mismo, es Dios quien salva. Y el Emmanuel, el Dios-con-nosotros, cumple la promesa de que el Señor y la humanidad se pertenezcan mutuamente, en el signo de un amor encarnado y misericordioso que da la vida en abundancia”, precisó.

Antes esta revelación, subrayó, Jacob realiza un acto de entrega al Señor, que se traduce en un compromiso de reconocimiento y adoración que marca un momento esencial en la historia de la salvación.

“Como un eco de las palabras del patriarca – evidenció el pontífice – hemos repetido en el Salmo: ‘Dios mío, confío en ti’. Él es nuestro refugio y fortaleza, nuestro escudo y armadura, ancla en los momentos de prueba. El Señor es refugio para los fieles que lo invocan en la tribulación. Por lo demás – señaló el Papa – precisamente en estas situaciones es donde nuestra oración se vuelve más pura, cuando nos damos cuenta de que las seguridades que ofrece el mundo valen poco y no nos queda más que Dios. Sólo Dios abre el Cielo al que vive en la tierra. Sólo Dios salva”.

En este sexto aniversario de mi visita a Lampedusa, el Papa se refirió a los “últimos” que todos los días claman al Señor, pidiendo ser liberados de los males que los afligen.

Desafortunadamente, agregó, las periferias existenciales de nuestras ciudades están densamente pobladas por personas descartadas, marginadas, oprimidas, discriminadas, abusadas, explotadas, abandonadas, pobres y sufrientes.

“En el espíritu de las Bienaventuranzas, estamos llamados a consolarlas en sus aflicciones y a ofrecerles misericordia; a saciar su hambre y sed de justicia; a que sientan la paternidad premurosa de Dios; a mostrarles el camino al Reino de los Cielos. ¡Son personas, no se trata sólo de cuestiones sociales o migratorias!”, subrayó.

“No se trata sólo de migrantes”, en el doble sentido de que los migrantes son antes que nada seres humanos, y que hoy son el símbolo de todos los descartados de la sociedad globalizada, agregó.

Francisco sostuvo que “hay que ayudar a los más débiles y vulnerables. Me gusta pensar, entonces, que podríamos ser nosotros aquellos ángeles que suben y bajan, tomando bajo el brazo a los pequeños, los cojos, los enfermos, los excluidos: los últimos, que de otra manera se quedarían atrás y verían sólo las miserias de la tierra, sin descubrir ya desde este momento algún resplandor del cielo”.

Finalmente, el Santo Padre agradeció a los diferentes inmigrantes que han llegado recientemente y que ya están ayudando a los hermanos y hermanas que han venido recientemente. “Quiero agradecerles por este hermoso signo de humanidad, gratitud y solidaridad”, dijo.+
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