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Mons. Mestre: Invertir para la vida eterna
Miercoles 7 Ago 2019 | 08:12 am
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Mar del Plata (Buenos Aires) (AICA): En su reflexión sobre el Evangelio del domingo 4 de agosto, el obispo de Mar del Plata, monseñor Gabriel Mestre, tomó tres palabras clave: la “vanidad”, la “avaricia”, y la acción de “invertir”. De este modo, exhortó a la comunidad a “invertir para la vida eterna”, con “oración, buenas actitudes y obras de misericordia”.
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En su reflexión sobre el Evangelio del domingo 4 de agosto, el obispo de Mar del Plata, monseñor Gabriel Mestre, tomó tres palabras clave: la “vanidad”, la “avaricia”, y la acción de “invertir”.

¿Todo es vanidad?
En el primer punto, el prelado marplatense recordó la primera lectura, en la que la palabra vanidad se repite siete veces, “el autor del Eclesiastés parece decepcionado del mundo y de la historia y percibe todo esfuerzo humano como vano”. Es decir, vacío, inútil, sin sentido, hueco, infecundo. Esto se da “cuando no hay un proyecto de vida sostenido por Dios. No es así cuando Dios es parte esencial del proyecto de vida que nos permite orientar la vida según sus propios designios y su santa voluntad”.

La avaricia: una forma de idolatría
“Dentro del proyecto de Dios está claro que existe una escala de valores. Y, en esa escala, Dios y el hermano ocupan un lugar esencial que la avaricia desconoce”, comenzó diciendo monseñor Mestre. Luego definió la avaricia como “el afán desordenado de poseer muchas riquezas de todo tipo por el solo placer de atesorarlas sin compartirlas con nadie. Es una forma de idolatría”. Asimismo, San Pablo lo definió en la segunda lectura como una “forma de idolatría”: “poner en el lugar de Dios, lo que no es Dios, es decir las riquezas”. El prelado aclaró que “la clave está en que lo que poseemos no nos ate el corazón y nos impida ver las necesidades de los hermanos”. “Ser avaro es mucho más serio que ser mezquino o amarrete”.



Invertir y ser rico a los ojos de Dios
En el último punto, el obispo describió qué actitud hay que tomar frente a esto: “La clave está en la frase final del Evangelio: ser rico a los ojos de Dios”, indicó. Es decir, “purificar el deseo desordenado de acumular riqueza y transformarlo en el deseo ordenado de invertir, pero no para las cosas de este mundo sino para la vida eterna”. Y ejemplificó con oración, buenas actitudes, obras de misericordia corporales y espirituales. “Eso agrada al Señor. No queremos ser idólatras dejándonos llevar por la sociedad de consumo y elegimos ser ricos a los ojos de nuestro Dios, buscando los bienes del Cielo y haciendo morir todo lo que es mundano y terrenal en nuestra vida”, concluyó.+

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