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Mons. Corral: “Cuando la muerte da perspectiva a la vida”
Miercoles 1 Abr 2020 | 12:39 pm
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Añatuya (Santiago del Estero) (AICA): El obispo de Añatuya, monseñor José Luis Corral SVD, publicó una nota de opinión con el título “Cuando la muerte da perspectiva a la vida” en el diario El Liberal, en la que reflexiona desde la fe sobre las particularidades de este tiempo de pandemia por el coronavirus que llevan a clamar: “¿Dónde está Dios?, ¡Sálvanos, Señor!”
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El obispo de Añatuya, monseñor José Luis Corral SVD, publicó una nota de opinión con el título “Cuando la muerte da perspectiva a la vida” en el diario El Liberal, en la que reflexiona desde la fe sobre las particularidades de este tiempo de pandemia por el coronavirus.

“Estamos en un impasse impuesto por un acontecimiento que vino abruptamente a irrumpir en nuestras vidas, se desploman seguridades y queda al desnudo la fragilidad. Y desde las entrañas, desde lo profundo del abismo o desde las cimas de los montes, clamamos: “¿Dónde está Dios?, ¡Sálvanos, Señor!”, aseguró.

“El mundo ha cambiado en pocas semanas y nosotros también podremos salir transformados si hemos aprendido a conectar con los grandes temas de la existencia, de la vida y de la muerte, de la comunidad y la solidaridad, del amor y la fe y la esperanza, las relaciones y las prioridades”, agregó.

El prelado expresó su deseo de que “no salgamos igual cuando pasen las conmociones, que nos hayamos dejado sacudir y zarandear de tantas costras para vivir más auténticamente, sabiendo a quién defender en la vida y porqué, dónde poner las fuerzas y los esfuerzos, anteponer el bien común y el servicio a las búsquedas egoístas y utilitarias”.

Monseñor Corral consideró que en las especiales circunstancias por la pandemia “viene bien la recomendación de Santa Teresa de Ávila: ‘En tiempos recios, amigos fuertes de Dios”; y podremos agregar: amigos cuidadores de los demás”.



Texto de la opinión
Dios transita nuestros caminos, está en nuestro andar. Él nos recibe y acepta, así como estamos y con nuestras vidas a cuestas. Nos acompaña en esta hora, atravesados por el silencio, la soledad, la muerte, la incomprensión, la perplejidad y el desconcierto. Dios nos sostiene en todo lo que nos hace conmover, arder, luchar; sabe de nuestras caídas e impotencias, de nuestros intentos y de nuestros logros.

Seguimos sacudidos por esta situación inédita, no sabemos bien dónde estamos parados. A veces con ganas de dejarnos ganar por el desánimo y, otras veces, con garras y confianza para no darnos por vencidos y alentados a resistir sin resignarnos. Descolocados frecuentemente por el pesimismo y otras por el optimismo, sin saber si es ingenuidad o realismo, si se trata de fe o fuga.

Estamos en un impasse impuesto por un acontecimiento que vino abruptamente a irrumpir en nuestras vidas, se desploman seguridades y queda al desnudo la fragilidad. Y desde las entrañas, desde lo profundo del abismo o desde las cimas de los montes, clamamos: “¿Dónde está Dios?, ¡Sálvanos, Señor!”

El mundo ha cambiado en pocas semanas y nosotros también podremos salir transformados si hemos aprendido a conectar con los grandes temas de la existencia, de la vida y de la muerte, de la comunidad y la solidaridad, del amor y la fe y la esperanza, las relaciones y las prioridades…

Ojalá no salgamos igual cuando pasen las conmociones, que nos hayamos dejado sacudir y zarandear de tantas costras para vivir más auténticamente, sabiendo a quién defender en la vida y porqué, dónde poner las fuerzas y los esfuerzos, anteponer el bien común y el servicio a las búsquedas egoístas y utilitarias.

Seguimos esperando que pasen las tormentas, estamos en el hueco de la incertidumbre, repletos de preguntas sin respuestas, buscando a toda costa salidas desde la ciencia y desde la fe.

Nos dejamos estrujar el corazón y desahogamos en lágrimas, gestos de cuidado y acciones llenas de fantasía e imaginación. Nos viene bien la recomendación de Santa Teresa de Ávila: “En tiempos recios, amigos fuertes de Dios”; y podremos agregar: amigos cuidadores de los demás.

Lo furibundo de la pandemia con la estridencia de las noticias y con la velocidad del contagio, nos abruman los sentidos y nos embotan la mente, nos sumergen en la angustia y nos aíslan en la impotencia o el miedo.

Pero una voz y una convicción desde el hondón del corazón o de la conciencia nos dicen que si bien estamos poniendo el cuerpo en este presente nuestra mirada se alarga y expande al horizonte de un futuro mejor que no nos pueden arrebatar.

No perdamos la oportunidad de crecer, de aprender y descubrir lo que vale la pena y el gozo, de dar espacio al amor dormido y de avivar la ternura que nos vuelven más humanos y más hermanos.

Cuando todo pase -porque sabemos que pasará- será difícil recuperarnos, en todos los sentidos, en lo económico y social; tendremos que atender muchos frentes que quedarán impactados por esta pausa y muchas serán las víctimas para asistir, pero tendremos el patrimonio atesorado de haber salidos victoriosos como humanidad de una dura batalla y que igualmente podremos enfrentar lo que sigue
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