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Homilía de monseñor Karlic
(79ª Asamblea Plenaria)


Queridos hermanos Obispos:

1. Es la primera Asamblea Plenaria del Año Jubilar de nuestra Conferencia Episcopal. Empezamos dando gracias al Señor que nos está bendiciendo con este encuentro pastoral para que completemos en nosotros y en nuestra acción apostólica lo que falta a su Pascua. Celebramos la Pascua no sólo para recordarla, sino para participarla.

Hemos venido para que la Conferencia Episcopal celebra el Jubileo. Ayer estuvimos en Luján para pedir al Señor, junto a la Virgen nuestra Madre, su misericordia. La necesitamos cada día y fuimos a pedirla como peregrinos del perdón. Hemos de convertirnos todos juntos como Asamblea de Obispos. Hemos de convertirnos y santificarnos de modo que seamos el gozo de Dios por ser buenos pastores como Jesús. Fuimos a implorar el don de la indulgencia. Necesitamos experimentar la misericordia divina para poder ser misericordiosos.

Estamos ya en medio del Año Jubilar, durante el cual hemos sido testigos de los hechos extraordinarios que ha protagonizado el Santo Padre: la apertura de la Puerta Santa, y el paso de una de ellas, la de San Pablo, con los hermanos separados; el pedido de perdón por grandes pecados de la historia; la peregrinación a Tierra Santa con la visita al pueblo judío y a los pueblos árabes; su oración en el monumento a la Shoah y en el Muro de los Lamentos; en Belén y en Nazaret, en el Jordán y en el Calvario y su Eucaristía en el santo Sepulcro.

También hemos vivido la partida del Nuncio que prestó con generosidad incansable su servicio a la Iglesia y al pueblo de la Argentina por muchos años y el arribo de un nuevo representante del Santo Padre, nuestro amigo desde mucho tiempo, que llega con el espíritu apostólico bebido en las fuentes de la catolicidad.


2.
Estamos en una Argentina que, continuando la dura y difícil tarea de la vida democrática, ha renovado las autoridades nacionales y provinciales; en un pueblo que debe empezar el milenio con el sueño de una nación en la cual los hombres se realicen y crezcan en dignidad y fraternidad, elaborando proyectos de esperanza y de paz, pero que debe enfrentar serios problemas de justicia social.


3.
En medio de estos hechos, somos una porción de la Iglesia que se apresta a celebrar el Encuentro Eucarístico Nacional, en la ciudad de Córdoba, el cual constituirá la expresión más solemne y quiera el Señor, más profunda de nuestro Jubileo, como en Emaús, para dar sentido a la historia, alimentar su vida e impulsarlo a construir un mundo renovado por su misterio y purificado por el soplo del Espíritu Santo.


4.
La eucaristía es la fuente y cúlmen de toda la vida de la Iglesia, porque en ella se hace presente en todo tiempo, también en el nuestro, Jesucristo con la gloria de su gracia, de su vida nueva. Esperamos que la celebración de Córdoba sea un íntimo encuentro con Jesucristo vivo, un encuentro que nos convierta y nos congregue en la comunión solidaria para la misión generosa, una misión que nos lleve al corazón de la cultura y a los confines de los pueblos que aún no han conocido y no confiesan a Cristo, el Señor.

El Congreso Eucarístico Internacional de 1934 fue para los argentinos un acontecimiento transformador, comienzo de una vida cristiana más honda y comprometida en toda la nación.

Pedimos al Señor que el Encuentro Eucarístico Nacional 2000 sea también un cambio evangelizador que toque las raíces de la persona y el espíritu de las instituciones; que evangelice la cultura tan seriamente herida por llagas numerosas y profundas; pedimos que el Encuentro nos acerque a los hermanos separados, a todos los demás creyentes, y a los no creyentes para que nos descubramos como hijos de Dios, llamados al maravilloso destino de la gloria, no sólo en la meta final del cielo, sino en la participación real de la vida de gracia en el camino del tiempo. Cristo no está lejos de ellos y quiere que nosotros le hagamos conocer su presencia y los ayudemos a reconocer su amor y su verdad, su ternura misericordiosa.

Jesucristo es el Señor de la historia y necesita de nuestro oficio de amor que es nuestro ministerio episcopal, para hacer efectivo su designio salvífico en este tiempo, denso por sus peligros, pero más denso por sus posibilidades de bien.


5.
Somos los obispos de dos milenios, conducidos por el Papa, que preside la Iglesia con su palabra, su caridad pastoral, su oración y su servicio sacerdotal. Pedimos al Señor responder a esta vocación con sabiduría y con la audacia, el coraje y la libertad de los hijos de Dios.

El tiempo es grande o pequeño, según la calidad espiritual de la vida del hombre. El tiempo de Teresa de Calcuta es maravilloso, no por lo que fue la historia que la circundaba, sino por lo que ella hizo: lo que pensó y creyó, lo que amó, lo que esperó y así, lo que hizo.

De San Francisco de Asís debemos decir lo mismo. De Juan Pablo II, también.

¿Y de nosotros? El Señor nos pide y nos posibilita responder a su Providencia con la grandeza de los santos para que nuestra historia sea espléndida. Él nos ha encargado transmitir de un milenio a otro, junto con la Iglesia entera, la herencia de Cristo Jesús que es Él mismo, camino, verdad y vida.


6.
La persona se realiza en cada acto de libertad. Por cada acto libre, el hombre se acerca o se aleja de su destino verdadero, y así se realiza o se deteriora en su persona.

Esto vale para nosotros en esta Asamblea. Pido al Señor que seamos muy conscientes de ello para que por lo que hagamos estos días nos santifiquemos y sirvamos al crecimiento espiritual de la Iglesia y de toda la nación. Esta debe ser una semana santa, de pastores que renuevan su ministerio en la santidad del Espíritu de Cristo resucitado.

Aquí y ahora existimos para que nuestra libertad contribuya a construir la gran historia de nuestras diócesis, de la Iglesia que peregrina en la Argentina y de todos los habitantes de la nación a quienes nos vincula providencialmente el lazo de la amistad social.

Debemos como pastores, dar testimonio del servicio en la verdad y el amor, en la justicia y la solidaridad, a todos los hombres, en primer lugar a los más necesitados, los más pequeños, de quienes somos deudores de la riqueza del Evangelio.


7.
En una oportunidad tan rica de desafíos y promesas como es el Jubileo, hemos querido preparar una confesión de fe en "Jesucristo, Señor de la historia" para gloria del Padre, en amor del Espíritu Santo, para que nos exprese, nos edifique, y nos comprometa a la evangelización por la cual definimos nuestra vida de pastores. Jesucristo, el Buen Pastor, vino a anunciar la misericordia del Padre, primero con sus gestos y luego con sus palabras. En la Asamblea y siempre, queremos también nosotros, obrar y hablar.


8.
María, madre de Cristo y de la Iglesia nos antecede en su amor suplicante. Tenemos la certeza de que está junto a nosotros en esta Asamblea, en la que queremos obedecer al mandato del Señor: "vayan, pues, y hagan discípulos a todas las gentes, bautizándolas... y enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado" (Mt. 28, 19-20). De esta manera, el Aleluya del Jubileo estará antes en nuestra vida que en nuestros labios. Que así sea.

Los obispos proseguirán esta mañana con el intercambio de ideas, iniciativas y opiniones que se refieren a la acción pastoral de la Iglesia en el país. Este intercambio tiene como finalidad permitir realizar un análisis de la situación humana, moral y religiosa en las diversas zonas del país, y de las dificultades por las que atraviesan las personas indocumentadas, las personas privadas de la libertad o de sus tierras, en especial las comunidades aborígenes.

La primera sesión de ayer comenzó con un cálido saludo del nuevo nuncio apostólico, monseñor Santos Abril y Castelló, quien fue varias veces interrumpido con aplausos por los prelados. Al promediar la tarde, los obispos, como gesto de adhesión al Año Santo jubilar, peregrinaron al Santuario Nacional de Luján y concelebraron la Misa que presidió el nuevo representante de Juan Pablo II.

En esta segunda jornada se informará sobre la preparación del Encuentro Eucarístico Nacional, que tendrá lugar en la ciudad de Córdoba, del 8 al 10 de setiembre. La presentación estará a cargo del arzobispo de Córdoba, monseñor Carlos Ñáñez.

Los obispos trabajarán también sobre otros aspectos del Año Jubilar e intercambiarán propuestas sobre algunos gestos jubilares que quiere impulsar la Iglesia en la Argentina.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2266, del 24 de mayo de 2000


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