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HOMILÍA DEL CARDENAL JORGE MARÍA MEJÍA
(81ª Asamblea pleanaria)



Queridos hermanos y amigos: Hoy celebramos la Solemnidad de la Virgen de Luján y recordaba, en este momento, que no es una solemnidad que uno celebra todos los años. En Roma no se celebra salvo cuando alguien, ocasionalmente, lo invita a la Iglesia Argentina. Por eso, lo primero que les agradezco es que me inviten, en esta circunstancia, a celebrar esta Solemnidad, tan central en la Argentina y, por supuesto, en mi piedad personal, con todos ustedes.

Al pensar en esta solemnidad y oír las lecturas y tener presente el misterio de María Santísima, tan cerca de nosotros todos y en todas partes, una cosa me venía constantemente a la mente. Y es éstas: ¿cuáles son las verdaderas dignidades en el reino de Dios? No son siempre las que nosotros pensamos o las que creemos que son.

La Virgen es la dignidad suprema en el pueblo de Dios. Es la Madre de Dios y uno la mira a ella y se da cuenta de lo que es un camino de humildad. Por eso decimos al principio del cántico «el Señor ha mirado la humildad de su esclava». Ella es, sin embargo la que es. Y basta mirar los misterios que se resumen, hoy, en esta Solemnidad de la Inmaculada Concepción, que va en cuerpo y alma a los cielos, antes que todos nosotros que tendremos que esperar al final de los tiempos para que nuestro cuerpo sea rescatado de ese modo.

Y la Virgen es quien obra con la Iglesia constantemente. Ella no preside esta oración porque la preside Jesucristo y nosotros que lo representamos –mal o bien–. Pero Ella ora permanentemente con la Iglesia, en la Iglesia y por la Iglesia.

Esto ahora me lo aplico a mí mismo y quisiera decirles a ustedes, primero, que todos me conocen bastante bien aquí. Unos más que otros: los he tenido de alumnos, a otros de compañeros, otros me habrán conocido ahora y algunos sólo por nombre o porque han oído cosas de mí. Lo que quiero decirles es que ahora que soy cardenal sigo siendo siempre el mismo. Para bien o para mal soy quien soy con mis defectos y, quizás también, con algunas cualidades. Ojalá pudiera ser mejor y trato, todos los días –a veces más y otras menos– de ser mejor, pero soy el mismo. Y lo que soy es aquello que se presenta ahora.

Supongo que todos se dan cuenta que el hecho de ser cardenal no me cambia esencialmente. Al contrario, me hace sentir qué diferentes son las concepciones que uno tiene o las ilusiones que uno se hace.

Uno se da cuenta, me pasaba cuando era obispo y cuando me consagraron en Roma, pero me pasa mucho más ahora que soy cardenal sabiendo que eso no es un sacramento –a lo sumo un sacramental– y tiene una importancia que es mucha y sin embargo uno es siempre el mismo. Ojalá que los dones, no ligados a los sacramentos, pero sí ligados a la oración insistente de la Iglesia, y en primer lugar del Santo Padre, lo que uno es lo sea mejor de lo que le corresponde serlo.

Quisiera que todos ustedes me ayudaran con su oración, hoy, que celebramos juntos la Eucaristía, en el día de la Virgen de Luján, a ser precisamente eso. No nos vamos a ver mucho porque yo vuelvo a Roma y no me encuentro con ustedes en otro momento. Ojalá nos encontráramos más, pero no estoy aquí con ustedes siempre, frecuentemente.

Lo segundo que quería decirles es que el día que celebré la misa, gracias a la invitación del cardenal Bergoglio, en la catedral de Buenos Aires, donde hace años fui ordenado sacerdote y, ahora, celebré como cardenal, el pasado 20 de abril (día aniversario de la muerte de mi madre), tenía una vivencia profunda. La gente estaba contenta y decía 'tenemos un cardenal, ¡quúe lindo, qué alegría, tenemos un cardenal en Roma! Y en este punto quiero hacer un paréntesis: el cardenal en Roma era el cardenal Pironio, hasta ahora, hasta que el Señor se lo llevó y ¿quién puede ocupar su lugar?...

Dejo esa idea a todos ustedes porque estoy convencido que el cardenal Pironio era un santo. Basta decir eso para mostrar que yo no puedo estar puesto en esos zapatos. Ojalá estuviera mejor.

Dicho esto, lo que dije ese día es que está muy bien: estoy en Roma, hago lo que tengo que hacer, ayudo al Santo Padre ocupándome de los instrumentos de cultura que son los documentos del Archivo y contribuyo a otras cosas que el Santo Padre me pide o me delega porque como cardenal somos enviados a Consejos, Congregaciones o Tribunales. Pero los que están en la materia cotidiana, en lo que construye del barro el pueblo de Dios son ustedes. Eso a mí me impresiona mucho. Son ustedes los que están día y noche con la gente en los lugares más diferentes.

Acabo de estar en Comodoro Rivadavia, visitando una persona de mi familia, y vi lo que es esa ciudad –no recuerdo si estuve otra vez–. Y cada uno de ustedes sabe donde está desde Buenos Aires a Jujuy, o hasta Tierra del Fuego. Y es ahí donde están ustedes y no es que la gente esté contenta de eso y debiera estar contenta de que haya hombres que encarnan el misterio de Jesucristo como Buen Pastor allí donde las cosas se construyen desde la base.

"No digo que nosotros no la construyamos desde la base porque, en mi caso, debo entenderme con ciento veinte personas, en la Biblioteca, pero no son seiscientos mil como me enteré que había en la diócesis de Comodoro Rivadavia. Y es muy distinto tener personas que son laicos y laicas que trabajan en la Santa Sede y se supone –es una suposición y no una afirmación– que tienen cierta vivencia de lo que hay que hacer allí. Ustedes están allí, en cada lugar. No quiero decir en la base porque en la Iglesia no hay una base y a mí me gusta hablar de la periferia.

Cuando estaba en la Congregación para los Obispos venían los pastores y yo les decía que nosotros estamos en el centro de la Iglesia y el resto es la periferia. Hay una diferencia entre quienes estamos en Roma y los que están en cada lugar de la Iglesia, en cada diócesis, donde pasa todo lo que pasa y no pasan otras cosas que debieran pasar.

Esto es para decirles que lejos de sentirme distante de lo que pasa en las diócesis de la Argentina, lo mismo podría decir de otras diócesis del mundo donde tengo muchos amigos obispos, aun-que me interesa mucho más lo de ustedes porque he nacido aquí, he ejercido mi ministerio aquí y tengo una identidad que es la de aquí y que no pierdo nun-ca. Entonces, lejos de sentirme distante me siento muy cerca de ustedes precisamente porque soy cardenal en Roma y me doy cuenta de lo que significa ser cardenal en Roma y ser obispo en cualquiera de las diócesis de la Argentina. Eso es lo que me impresiona más en esta realidad y en mi vivencia como cardenal en estos tiempos.

A los cardenales se nos dice que no nos jubilamos nunca. Está bien, a los 80 años cesamos en las cosas que tenemos. Pero el cardenal Aramburu es un ejemplo de que uno no se jubila nunca. Ojalá eso mismo me pase a mí.

Una tercera y última cosa que quería decir es que yo no represento a nadie allá. El Papa representa a los obispos y está Mons. Sandri que tiene un trabajo intenso. Pero quisiera que ustedes no me consideraran allí a un extraño y no quiero usar la palabra exiliado. Nunca me sentí exiliado en Roma cuando fui a los casi 34 años y me acuerdo que el cardenal Aramburu no estaba tan contento porque perdía a un profesor de Sagrada Escritura. Bien, ahora hago otra cosa y soy otra cosa. No los represento a ustedes allí pero sepan que tienen a alguien cuyo corazón y cuya mente late y piensa en lo que ustedes son y lo que ustedes hacen. No me consideren ausente, extraño, remoto respecto a la Argentina. No podré hacer cosas para las diócesis pero sea lo que sea desde mi actual cargo, que perderé si el Señor no lo remedia antes, dentro de dos años. Estoy allí, ustedes sepan que estoy allí y que estando allí de alguna manera estoy con ustedes acá y ustedes sientan que están conmigo allá.

Esto es lo que les quería decir y no necesito decirles porque para eso estamos reunidos hoy. Que esto sea el contenido de la oración eucarística que hoy nos toca celebrar juntos gracias a la invitación de la presidencia de la Conferencia y lo mismo digo yo respecto de ustedes.

Y para eso volvemos de nuevo la mirada, al final de esta meditación, a María Santísima a quien hemos sido confiados todos y como hemos oído al pie de la Cruz, y todos la recibimos en nuestra casa, en esta casa que es la Argentina y que es la casa de cada uno de ustedes y la mía, con la esperanza de que al recibir a la Virgen en nuestras casas las haga florecer y haga de nuestros lugares y de sus personas lo que es la profecía de Isaías que anunciaba la transformación del mundo. Que todos nos convirtamos de estepa en algo fértil y para eso necesitamos que mane sobre nosotros el torrente de agua viva y que allí salte hasta abrir el camino. Gracias a Ella. Amén."


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2317 del 16 de mayo de 2001


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