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misA DE APERTURA
Homilía de Mons. Eduardo Vicente Mirás, arzobispo de Rosario y
Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en la Misa de apertura
de la 86º Asamblea Plenaria del Episcopado Argentino
10 de noviembre de 2003
Finalizamos con
la Santa Misa, la primera sesión de nuestra octogésima sexta Asamblea
Plenaria, pidiendo al Espíritu Santo que nos asista en el trabajo de esta
semana.
Gracias a Dios, el
Documento 'Navega mar adentro', ofrecido a los fieles cristianos al
concluir la anterior Reunión, viene generando en los agentes de pastoral
una preocupada y sincera reflexión sobre el desafío fundamental que hoy
enfrenta la evangelización. La pérdida del sentido de Dios, constitutiva
del secularismo que se adueñó de nuestra cultura, y la expansión de la
indiferencia religiosa que abraza a gran parte de la sociedad, nos exige a
todos, una especial tarea evangelizadora. Esta forma de pensar hace que la
humanidad viva como si Dios no existiera. Se expresa preferentemente en la
degradación de las costumbres, ungida además por la propuesta de un marco
legal permisivo que en determinados temas colisiona con el orden natural.
Se crea así una 'mentalidad, nos dice Juan Pablo II, que exagera el
individualismo y destruye los vínculos que definen la vida social'.
En nuestro país, junto
a los conocidos problemas sociales y de seguridad, experimentamos el
deterioro de las costumbres y el riesgo de enfrentarnos a leyes y
proyectos caratulados con engañosos eufemismos. Llegan de la mano de
organismos internacionales que buscan, como es de conocimiento público, el
desarrollo de una mentalidad anti-vida en los países pobres, con la
finalidad de desalentar o impedir su crecimiento humano, resguardando
intereses de los países más poderosos. Se presentan con promesas ingenuas,
se refuerzan identificando el valor del matrimonio con cualquier otro tipo
de unión, y buscan imponerse manipulando en la educación la información
sobre la sexualidad, cosa que produce en la niñez y en la juventud, un
juicio permisivo y una licencia de costumbres proclive a la decadencia.
Llama la atención el
sometimiento y la casi nula reacción política ante la invasión de estas
imposiciones foráneas que, entre otras cosas, atentan contra la vida,
contra los derechos elementales de la persona y la familia, y contra la
libertad de conciencia de los educadores y los agentes de salud.
Por eso agradecemos a
tantos fieles que, conscientes de la perenne verdad natural y cristiana,
de una u otra manera vienen clarificando estos temas y exponiendo con
claridad la finalidad moral de la ley. En la Asamblea de mayo, resolvimos
dedicar gran parte de la presente Plenaria al tema de la familia y sus
problemas conexos, sobre los cuales procuraremos ofrecer un breve mensaje
a los fieles cristianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad.
El Evangelio proclamado
hoy, invoca la necesidad de recurrir al Señor para que aumente nuestra fe,
como pidieron los discípulos, a quienes Jesucristo llamaba la atención
sobre su insuficiente seguridad. No se trata sólo de adherir al misterio,
sino de fortalecer la confianza en Dios, requerida para realizar con
arrojo las obras del Padre. El fracaso de los apóstoles en su intento de
curar al niño epiléptico y el asombro de Pedro al ver seca la higuera que
Jesucristo había maldecido, le dan a Cristo la oportunidad de urgirlos a
confiar en Dios. Por eso Lucas, con la figura del pequeño grano de
mostaza, reafirma la fuerza de la fe. No es su cantidad, sino su cualidad
la que debe ser revitalizada. Al sugerirnos que confiemos absolutamente en
Él, Cristo nos está repitiendo la advertencia a los apóstoles en la
tempestad del Tiberíades: '¿por qué tienen miedo, hombres de poca fe?' Y
nos convoca a continuar con ahínco y constancia el ministerio que nos ha
confiado. La parábola del servidor humilde, en el párrafo siguiente,
contiene una prevención sobre la tentación de creer que ya se ha trabajado
lo suficiente.
Juan Pablo II, en su
primer discurso el día que fue elegido, nos hizo una convocatoria que
repitió al cumplir sus bodas de plata con el Pontificado: ¡No tengan miedo
de acoger a Cristo y de aceptar su potestad! ¡Déjense guiar por Él y
confíen en su amor! En este momento difícil de la civilización, resulta un
llamado consolador, para quienes sentimos como deber de nuestro ministerio
la evangelización de los problemas morales y culturales que nos envuelven.
También el Papa en la
exhortación apostólica 'Pastores gregis', al urgirnos a la vida santa, nos
indica la ruta de nuestra labor, porque la santidad es el camino del
Obispo para ser un hombre de Dios y poder servirlo. Nos orienta a
encomendarnos a la Palabra, como hizo María, 'Virgo audiens', y a
alimentar nuestra espiritualidad en la oración y la Eucaristía a fin de
ser capaces de vivir según la voluntad del Padre, en el contexto de las
dificultades cotidianas que agobian la tarea pastoral. Tarea que es
nuestra responsabilidad personal, ya que la función del Obispo en su
propia iglesia es de origen divino y no puede ser suplantada, nos dice el
documento. 'En cada Iglesia diocesana, el Obispo, como pastor propio,
ordinario e inmediato, apacienta en nombre del Señor la grey que se le ha
confiado y, aunque animada por el espíritu de comunión, su actuación no es
colegial, sino estrictamente personal'.
Por otra parte, el
breve párrafo del Libro de la Sabiduría que oímos en la primera lectura,
nos enseña a no apartarnos de la voluntad de Dios; y nos llama a amar la
justicia, a no contradecir su palabra y a sentir con el Señor. Dios
multiplicará el bien sobre los que guardan su ley y juzgará en cambio a
quienes la desprecien.
Es obvio que estas
sentencias han sido escritas primariamente para los que tienen el oficio
de gobernar la sociedad, para los que deben darle su marco legal y también
para quienes deben hacer justicia entre los hombres. Dios les indica
guardar el orden que Él imprimió en las criaturas: no proyectar
pretendidos derechos que se enfrenten con su ley; no crear normas que
contradigan la moral natural, ni permitir que las costumbres sean
avasalladas por antivalores que las degraden.
No hay verdadera
sabiduría, si no arraiga en la ley de Dios.
Decimos en 'Navega mar
adentro' que esta crisis constituye para la nueva evangelización un
gigantesco desafío que nos exige participar con todo empeño en la
construcción de una ciudad terrena socialmente más justa, menos violenta,
amante del bien común. Nuestra tarea específica es anunciar la verdad
sobre Jesucristo y esforzarnos por inculturarla en el nuevo tiempo. Ser
maestros de la fe y artífices de la justicia y de la paz. Pero, sobre
todo, queremos ser testigos del evangelio, porque 'la nueva evangelización
reconoce al testimonio como uno de sus elementos esenciales', dice el
Papa. 'El mundo de hoy está constantemente bombardeado con palabras e
información. Por este motivo, más que nunca en la historia, lo que
realicen los cristianos hablará con más fuerza que aquello que puedan
decir. La gente confía más en los testigos que en los maestros, en la
experiencia que en lo que se enseña, y en la vida y las obras más que en
las teorías. Este es el espíritu que explica el compromiso de la Iglesia a
favor del desarrollo y de los programas sociales al servicio de los
necesitados'.
Nos preocupa el
facilismo y la distorsión de valores en la nueva cultura. Por eso la
Iglesia intenta promoverla, ofreciendo educación e impulsando la
solidaridad fraterna del Pueblo de Dios. El empeño evangelizador de todos
los cristianos busca lograr el reconocimiento efectivo de la dignidad de
cada ser humano, y la paz en la sociedad. En todo caso la intención de
nuestro quehacer no es herir sino sanar; no es confundir, sino iluminar;
no es imponer, sino proclamar la persona y la doctrina del Salvador que en
su evangelio da respuesta a todos los temas morales y señala el camino
para encarar, de forma digna, los problemas del hombre y de la comunidad.
Y para que la meta de
esta tarea evangelizadora no sea considerada un imposible, Jesús nos ha
dejado con la certeza que nos brinda su palabra, la seguridad de una
consoladora promesa: 'Yo estaré con ustedes, cada día, hasta que acabe la
historia.
San Miguel, lunes 10 de noviembre de 2003
Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2449 del 26 de noviembre de 2003
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