LA
FAMILIA: IMAGEN DEL AMOR DE DIOS
Reflexión sobre situaciones difíciles y ambigüedades en referencia
a la vida, la
familia y algunas cuestiones éticas
1. Dios es Amor
Con el
corazón conmovido por el misterio Pascual que hemos celebrado, por el
anuncio del Señor vivo que ha vencido nuestras oscuridades con la fuerza
de su luz, queremos proponer al Pueblo de Dios, especialmente a los
matrimonios y las familias, a los agentes de pastoral, a los legisladores
y gobernantes, a los científicos y a todos los hombres de buena voluntad
de nuestra Nación, algunas reflexiones que nacen de una mirada atenta y
pastoral sobre diversos desafíos que debe enfrentar la familia en
Argentina. Al mismo tiempo, agradecidos por todo el amor experimentado en
las familias, queremos acercarnos y acompañar a aquellas que viven
situaciones difíciles
(1),
en medio de sufrimientos, injusticias, carencias, o dolorosas experiencias
afectivas que las han llevado a un sentimiento de fracaso, o a fracturas
que no son plenamente compatibles con la propuesta del Evangelio.
Tal vez
muchos hoy, como aquel mendigo en la puerta del templo
(2)
están extendiendo su mano buscando una ayuda que les permita encontrar
nuevamente motivos para la alabanza. El gran anuncio que experimentaron
los Apóstoles al palpar al Señor resucitado(3),
es el que compartimos con ustedes: DIOS ES AMOR
(4).
Desde esa experiencia de amor, reflexionamos una vez más sobre el misterio
de la familia, y nos acercamos con algunas consideraciones sobre
problemáticas y ambigüedades que preocupan e inquietan nuestro caminar.
2. La familia en nuestra situación cultural
Al renovar las líneas
de acción pastoral para los próximos años, manifestábamos en Navega mar
adentro
(5),
que elegimos la Nueva Evangelización como la mejor contribución de la
Iglesia para superar la crítica situación del país(6).
Allí trazamos un diagnóstico de la situación de las familias(7),
y una propuesta educativa que las reconoce como uno de sus ejes(8).
Percibimos que la
familia continúa siendo un valor apreciado por nuestro pueblo. El hogar
sigue siendo el lugar privilegiado de encuentro de las personas donde, en
las pruebas cotidianas, se recrea el sentido de pertenencia. Gracias a los
afectos auténticos de nupcialidad, paternidad y maternidad, filiación y
fraternidad, aprendemos a sostenernos mutuamente en las dificultades, a
comprendernos y perdonarnos, a acompañar a los niños y a los jóvenes, a
tener en cuenta, valorar y querer a los abuelos y a las personas con
capacidades diferentes. Cuando hay familia, se expresan verdaderamente el
amor y la ternura, se comparten las alegrías haciendo fiesta y sus
miembros se solidarizan ante las dificultades cotidianas, la angustia del
desempleo y el dolor que provoca la enfermedad y la muerte.
Pero inmersas en la
crisis de la civilización y en el drama de la ruptura entre Evangelio y
cultura, constatamos que las personas, el matrimonio y la familia, no
encuentran nuevos cauces para sostenerse y crecer. La fragmentación
presente en nuestra cultura, marcada por el individualismo y la crisis de
valores, llega también a las familias, jaqueadas además por legislaciones
que alientan su disolución; por modelos ideológicos que relativizan los
conceptos de persona, matrimonio, familia; por la situación
socioeconómica, por la falta de comunicación, superficialidad e
intolerancia, e incluso por la agresión y violencia en el trato entre las
personas.
3. El núcleo esencial de la persona hay que buscarlo en el amor
En las Líneas
Pastorales actualizadas, hemos manifestado con particular énfasis: "queremos
reafirmar el mensaje fundamental. Lo que siempre hemos de destacar cuando
anunciamos el Evangelio: Jesucristo resucitado nos da el Espíritu Santo y
nos lleva al Padre. La Trinidad es el fundamento más profundo de la
dignidad de cada persona humana y de la comunión fraterna"
(9).
"Mantenemos la continuidad con el núcleo de las Líneas Pastorales para
la Nueva Evangelización, porque el centro de nuestro anuncio es Jesucristo
salvador, que nos permite encontrarnos con el Padre y el Espíritu Santo.
Destacamos esta fe en la Santísima Trinidad como último fundamento de la
dignidad humana y del llamado a la comunión con los hermanos, en la
familia, en la Iglesia y en la Nación"
(10).
A partir de este
núcleo, invitamos a contemplar en el rostro de Cristo, la feliz noticia
del amor de Dios. Jesucristo al mismo tiempo que nos revela la vida íntima
de Dios, es también el ‘rostro divino del hombre’. Cristo revela al hombre
su auténtica dignidad como persona; nos manifiesta la verdad, el sentido,
la misión de toda persona humana. En el amor manifestado en la Cruz, Él
restaura la dignidad del hombre cuya imagen fue herida por el pecado. En
Cristo, por la acción del Espíritu Santo, somos transformados en nueva
criatura
(11) y
nuestro semblante es transfigurado
(12).
En el rostro
de Cristo resucitado reconocemos el destino eterno y glorioso del hombre
peregrino salvado por Él. Repitámoslo: la Santísima Trinidad es el
fundamento más profundo de la dignidad de la persona humana, y la Iglesia
es el pueblo congregado por la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu
Santo. Ella ha de irradiar el misterio de comunión misionera que
contemplamos en Jesús y brota de la Santísima Trinidad. La vocación a la
comunión del Pueblo de Dios, es una llamada a la santidad comunitaria y
misionera. Toda la Iglesia y todos en la Iglesia estamos llamados a formar
comunidades santas y misioneras; particularmente en el matrimonio
sacramental y la familia. La Santísima Trinidad es fuente, modelo y fin de
toda forma de comunión humana. A partir de ella hemos de recrear los
vínculos de toda comunidad. En el diálogo y en el intercambio de dones,
animado por el amor, se construye el "nosotros" de la comunión solidaria.
4. Dimensión del Amor
Todo esto significa
que, si Dios es Amor y nosotros hemos sido creados a su imagen y
participamos de su naturaleza divina, hay que buscar el núcleo esencial de
la persona en el amor y no en la pura racionalidad, o en la lógica
instrumental, o en su voluntad de dominio, o su autonomía individual
egoísta, o en la espontaneidad del sentimiento que busca el placer
inmediato y fugaz. El amor verdadero personaliza y dignifica, es
esencialmente libre y liberador. Su misterio más profundo se esconde en la
capacidad de relacionarse en libertad y crear relaciones de amor que, si
bien comprometen la vida, no la condicionan sino que la hacen plena. El
amor no existe como realidad aislada, sino en el amor concreto de cada
persona y como don del Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nos ha
creado.
5. Valorar y celebrar el misterio de la vida
La mentalidad
materialista aprecia la vida sólo en la medida en que alcanza la fama, la
eficiencia, la riqueza, el placer. No le reconoce un valor en sí misma ni
por sí misma. Por eso termina por alimentar una cultura de muerte, que se
manifiesta en el desprecio y la marginación de los enfermos y ancianos, en
el aborto, la eutanasia, el homicidio, el desprecio por el compromiso para
siempre. La enseñanza cristiana es decididamente diversa. Jesús, con su
amor preferencial hacia los pecadores, los enfermos y los
marginados, ha revelado que el Padre considera importante a todos
los hombres, cualquiera sea su condición. Ha afirmado que la persona vale
más que la comida y el vestido
(13).
Descubrir un valor
debería llevarnos a descubrir las obligaciones que entraña acogerlo y
vivirlo plenamente; podría decirse que a un gran valor concurre una gran
obligación ética, y así sucede con la vida y con el amor. La Iglesia
enseña que el hombre, imagen viviente de Dios, vale por sí mismo y no por
aquello que sabe, produce o posee. Es su dignidad de persona la que
confiere valor a los bienes que le sirven para expresarse y realizarse.
Creer en Dios significa
también tener la más alta consideración del hombre y del valor de la vida.
Jesucristo nos introduce en el misterio de la vida de la Gracia, cuyo
valor absoluto proclamamos: "He venido para que tengan vida y la tengan en
abundancia"
(14). Él
nos enseña, incluso, a estar dispuestos a sacrificar la vida física para
alcanzarla.
Proclamamos por tanto:
* que la vida física
aún no siendo un bien absoluto, es un bien fundamental; y el fundamento de
todos los otros bienes, de su desarrollo y manifestación, razón por la
cual ha de ser respetada desde su concepción hasta la muerte natural;
* que debe ser
respetada, cuidada y servida, de modo que todos puedan tener alimento,
vestido, vivienda, educación, trabajo, tiempo libre, asistencia sanitaria,
seguridad;
*que debe ser
resguardada de toda forma de violencia y preservada de todos los peligros
que la amenazan: las nuevas formas de reproducción artificial y la
manipulación genética, la promoción de la anticoncepción, la
esterilización; el alcoholismo, la drogadicción, la pobreza, la miseria y
la eutanasia;
*que el homicidio es un
crimen tremendo en cualquiera de sus formas, particularmente en el aborto,
pues en esa instancia, la vida se encuentra en el grado más alto de
vulnerabilidad y de mayor indefensión.
6. La familia célula básica de la sociedad
Creemos firmemente, con
Juan Pablo II, que la familia es una comunidad de personas, la célula
social más pequeña y, como tal, es una institución fundamental para la
vida de toda sociedad. ¿Qué espera de la sociedad? Ante todo que sea
reconocida su identidad y aceptada su naturaleza de sujeto social. Fundada
en el matrimonio -elevado por Cristo a la dignidad de sacramento-, la
familia abierta a la descendencia, es la realidad básica que articula las
relaciones primeras y los derechos fundamentales de la persona. Es una
institución natural, anterior a cualquier otra comunidad, incluido el
Estado.
Esto supone que se debe
ayudar a las personas a llegar al matrimonio con un auténtico proyecto de
vida, que incluya: alimento, vivienda, trabajo, educación (derecho
inalienable de los padres -primeros educadores-), posibilidad de reunir a
la familia, vivir en seguridad y expresar su propia fe.
Además, la Nueva
Evangelización requiere destacar la importancia central de la familia y
desplegar una pastoral familiar que sirva de ayuda en la fragilidad, a la
vez que anime programas y proyectos en orden a una acción preventiva y
educativa
(15).
La familia exige que no
se la equipare con otras realidades que no tienen la misma identidad:
uniones libres, uniones de hecho, uniones de personas del mismo sexo.
Tratar como iguales realidades desiguales, es una injusticia.
La familia exige el
reconocimiento de la dignidad de la persona humana desde su concepción
hasta su muerte natural, y por lo tanto el compromiso de promover, cuidar,
y respetar la vida en todo momento, y particularmente cuando es frágil y
vulnerable. Es autodestructivo para una sociedad la aceptación del crimen
del aborto, el congelamiento de embriones, la destrucción de embriones, la
clonación, la eutanasia y las manipulaciones de la vida.
7. Cuestiones éticas y misión de la ley civil
La Iglesia, ante el
oscurecimiento del sentido de la ley positiva, ha recordado repetidamente
la necesidad de leyes que respeten y promuevan el bien de las personas y
de las familias ante los nuevos desafíos que nos interpelan, para que se
pueda construir una verdadera cultura de la vida y de la familia.
Las nuevas
posibilidades de la técnica en el campo de la biomedicina requieren la
intervención de las autoridades políticas, legislativas y sociales, porque
el recurso incontrolado a esas técnicas podría tener consecuencias
imprevisibles y nocivas para la familia y la sociedad civil. El
llamamiento a la conciencia individual y a la autodisciplina de los
investigadores no basta para asegurar el respeto de los derechos
personales y del orden público. Si el legislador, responsable del bien
común, omitiese sus deberes de vigilancia, podría verse despojado de sus
prerrogativas por parte de aquellos investigadores que pretendiesen
gobernar la humanidad, en nombre del progreso científico, mediante los
descubrimientos biológicos o los presuntos procesos de "mejora" que se
derivarían de ellos. El "eugenismo" y la discriminación entre los
seres humanos podrían verse legitimados, lo cual constituiría un grave
atentado contra la igualdad, la dignidad y los derechos fundamentales de
la persona humana.
La intervención de la
autoridad política se debe inspirar en los principios racionales que
regulan las relaciones entre la ley civil y la ley moral. La misión de la
ley civil consiste en garantizar el bien común de las personas mediante el
reconocimiento de la dignidad de las mismas, la defensa de sus derechos
fundamentales, la promoción de la paz y de la moralidad pública. Ningún
ámbito de la vida civil puede sustituir a la conciencia ni dictar normas
que excedan la propia competencia. La ley civil a veces deberá tolerar, en
aras del orden público, lo que no puede prohibir sin ocasionar daños más
graves. Sin embargo, los derechos inalienables de la persona deben ser
reconocidos y respetados por parte de la sociedad civil y de la autoridad
política. Estos derechos del hombre, que explicitan la dignidad propia de
la persona, son inherentes a ella en virtud del acto creador que la ha
originado, no están subordinados a intereses individuales (ni siquiera a
los de los padres) y tampoco son una concesión de la sociedad o del Estado
(16).
8. Persona, familia y sexualidad
Ratificamos aquí algunas
de las afirmaciones que hicimos en la “Declaración sobre la Buena Noticia
de la Vida Humana y el Valor de la Sexualidad”, del año 2000:
* Es necesario un marco
legal que promueva una cultura del discernimiento y la responsabilidad en
el ejercicio de la sexualidad y la comunicación de la vida; que asegure a
la familia la centralidad de su aporte, y promueva su rol social; que
afirme el derecho y el deber del ‘consentimiento informado’ de quienes
acceden a los servicios de salud; que reconozca explícita y plenamente el
derecho a la objeción de conciencia por parte de los prestadores de salud
frente a prácticas que, aunque autorizadas por la ley, fueren consideradas
por ellos éticamente inaceptables.
* Es necesario un marco
legal que respete el derecho fundamental a la vida desde la concepción y
excluya en absoluto el crimen del aborto.
* Es necesario un marco
legal que, de ninguna manera, favorezca o consolide situaciones de
injusticia social, las cuales no se solucionan con la promoción de una
actitud antinatalista y se agravan con la práctica deshumanizada de la
sexualidad.
* Es necesario un marco
legal que honre la vida humana; y ayude a afianzar en nuestra Patria la
cultura de la vida, evitando manipulaciones que dañan la dignidad de las
personas.
* Es necesario un marco
legal que reconozca y defienda el insustituible e inalienable
derecho-deber de los padres, a la educación moral de sus hijos” (17).
9. Vivir la sexualidad como una llamada a ser para y con los
otros
“Dios, con la creación
del varón y de la mujer a su imagen y semejanza, corona y lleva a
perfección la obra de sus manos... Así
el cometido de la familia es el servicio a la vida, el realizar a lo largo
de la historia la bendición original del Creador”
(18). El
cristianismo invita a vivir la sexualidad como una llamada a ser para y
con los otros, que puede acogerse tanto en el matrimonio como en el
celibato. Ambas vocaciones son signo del Reino y oportunidades para
crecer en la caridad, para santificarse y santificar a los demás.
La perspectiva del amor
que se difunde hoy día en Occidente, reivindica algunos aspectos sin duda
positivos: el reconocimiento y afirmación de la persona como sujeto libre,
la igual dignidad del varón y de la mujer (de vital importancia para
superar muchos de los rasgos machistas de nuestra cultura), la integración
de sus diversas cualidades humanas. Sin embargo tiende a reducir el amor
a la satisfacción individual mediante una relación posesiva del otro, sin
superar el nivel de genitalidad; admite el ejercicio de la sexualidad
fuera del matrimonio; separa el amor de la sexualidad y ésta de la
procreación. Sustrae de toda norma la sexualidad, manteniendo solamente
una censura sobre la violencia y el abuso sexual.
De esta forma, concibe
la sexualidad de modo muy diverso a la enseñanza de la Iglesia que, por su
parte, intenta salvaguardar la plena verdad del amor humano, no imponiendo
u oprimiendo con leyes extrañas, sino interpretando y sirviendo a la
sexualidad según el designio de Dios, a la doble luz de su Palabra y de la
razón natural. La distinción de los sexos es querida por Dios
(19), y
es querida como un bien
(20). La
persona sexuada no se basta a sí misma, es llamada a salir de su soledad y
entrar en diálogo con el otro
(21). La
diferencia y la originalidad permiten la reciprocidad, la integración y la
complementariedad. En realidad se trata de un dinamismo que integra no
sólo el cuerpo, sino también la afectividad, el amor, la transmisión de la
vida, el lenguaje corporal, los sentimientos; en síntesis, la persona
entera. La sexualidad no es un hecho puramente biológico sino capacidad
relacional, lenguaje, comunicación. La persona vivencia interiormente su
cuerpo sexuado. Una fuerte tensión orienta el deseo hacia la persona del
otro sexo a quien se ama, y por medio del amor casto y puro, encuentra
satisfacción y placer.
La sexualidad, si está
bien ordenada, no permanece en el nivel del impulso, sino que es integrada
en el amor. El amor es la primera y fundamental vocación de todo ser
humano. Así se comprende que la sexualidad ha de ser integrada como una
fuerza de comunión, como una expresión privilegiada del amor. La donación
de los cónyuges está llamada a ser signo y parte de una donación personal
total y fecunda, particularmente para los cristianos en el sacramento del
matrimonio. Los esposos deben ser dóciles a la llamada del Señor y actuar
como fieles intérpretes de su designio: esto se realiza abriendo
generosamente la familia a nuevas vidas, permaneciendo siempre en actitud
de servicio a la vida
(22).
El pecado desde su
inicio ha introducido varios desórdenes en el ámbito de la sexualidad,
deformándola y haciéndola mezquina. A través de la gracia de la redención
y de un proceso educativo, es posible restituirle su autenticidad llegando
a un amor oblativo, y a integrar gradualmente las pulsiones a la dinámica
del don de sí. La castidad no se reduce entonces a la continencia sexual,
sino que significa capacidad de amar sin poseer y de relaciones
auténticas. La castidad es el correcto desarrollo de la sexualidad,
premisa para vivir dignamente el matrimonio, la virginidad consagrada, la
soltería o la viudez, valor común para opciones diversas. No empobrece la
vida, sino que acrecienta su belleza.
10. Redescubrir la Eucaristía como fundamento y alma de la comunión y
misión familiar
En el camino hacia el
próximo Congreso Eucarístico Nacional a celebrarse en Corrientes,
invitamos a redescubrir que la Eucaristía es la fuente misma del
matrimonio cristiano. En efecto, el sacrificio eucarístico representa la
alianza de amor de Cristo con la Iglesia, sellada con la sangre de la
cruz. En este sacrificio los cónyuges cristianos encuentran la raíz de la
que brota su alianza conyugal. En el don eucarístico de la caridad la
familia cristiana halla el fundamento y el alma de su "comunión" y de su
"misión", ya que el Pan Eucarístico hace de los diversos miembros de la
comunidad familiar un único cuerpo, revelación y participación de la más
amplia unidad de la Iglesia. Además, la participación en el Cuerpo
"entregado" y en la Sangre "derramada" de Cristo se hace fuente inagotable
del dinamismo misionero y apostólico de la familia cristiana.
Debemos aceptarnos a
nosotros mismos, acoger nuestra existencia como una semilla cargada de
maravillosas promesas. El Padre común, fuente de toda paternidad, nos
constituye hermanos y nos confía los unos a los otros, entrelazando las
historias personales en un tejido de historia común, sin discriminar a
nadie.
11. Invitación al compromiso y a la misión
El Santo Padre Juan
Pablo II nos ha invitado muchas veces a contemplar el Misterio y la
enseñanza de la Sagrada Familia de Nazaret, para movernos a la conversión.
Invitamos a las familias a recrear y resignificar los lazos de
comunicación y comunión, renovando espacios de encuentro y diálogo cordial
en su seno y hacer de este modo apetecible para todos el don de la
familia.
Sabemos que, a menudo,
los matrimonios y las familias, buscan en la enseñanza de la Iglesia luz
para su caminar, lo que reconocemos y valoramos. Invitamos a todos los
agentes pastorales a hacerse intérpretes de esta búsqueda y a anunciar con
fidelidad el Evangelio de la Vida, sirviéndose también de la valiosa ayuda
del Catecismo de la Iglesia Católica.
Nuestro amor pastoral
nos hace conocer la realidad de muchas personas que viven situaciones
irregulares. Queremos renovar la invitación del Papa Juan Pablo II, que
hacemos nuestra, a que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo
y aún debiendo, en cuanto bautizados, participar de su vida. Los
exhortamos a que escuchen la Palabra de Dios, que frecuenten el sacrificio
de la Misa, que perseveren en la oración, en las obras de caridad y de
promoción de la justicia, y que eduquen a los hijos en la fe cristiana
(23).
Somos conscientes de la
grave responsabilidad que pesa sobre los legisladores y gobernantes, que
deben estar permanentemente atentos al bien común de la sociedad. Los
invitamos a “que no promulguen leyes que, ignorando la dignidad de la
persona, minen las raíces de la misma convivencia ciudadana”
(24).
En el diálogo con los
científicos e investigadores, hemos percibido inquietudes y logros junto a
dificultades, e incluso tensiones éticas en su tarea. Los invitamos a
“entregarse al servicio de una nueva cultura de la vida con aportaciones
serias, documentadas, capaces de ganarse, por su valor, el respeto e
interés de todos”
(25).
Quiera el Padre
misericordioso, por intercesión de María Santísima y de su esposo San
José, conceder a las familias de nuestra Patria la gracia de ser fuertes y
alegres en medio de las pruebas de cada día, y generosas para impulsar,
con un compromiso renovado por la vida y el amor, la nueva evangelización
y la renovación moral que necesitamos.
Los Obispos de la Argentina reunidos en la 87 ª Asamblea Plenaria
San Miguel, 15 de mayo de 2004
Notas:
(1)
Familiaris
consortio, 77 ss.
(2)
Cfr. Hch. 3,1-10
(3)
Cfr. 1Jn
1,1-4
(4)
1 Jn 4,8
(5)
Navega mar
adentro, 31-5-2003. En adelante: NMA
(6)
NMA, 1
(7)
NMA, 24-25;
40-43
(8)
NMA, 97
(9)
NMA, 50
(10)
NMA, 50-51
(11)
2 Cor. 4,17
(12)
2 Cor. 3,18
(13)
Cfr. Mt 16,26; Lc
12,23
(14)
Jn 10,10
(15)
NMA 97, a
(16)
Cfr.
Evangelium Vitae 71
(17)
Declaración sobre la Buena Noticia de la Vida Humana y el Valor de la
sexualidad, 7.
(18)
FC 28
(19)
Gen 1,27
(20)
Gen 1,31
(21)
Gen
2,18
(22)
Cfr. EV 97
(23)
Cfr. FC 84
(24)
EV
90
(25)
EV
98 |