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MISA DE APERTURA
Homilía de Mons. Eduardo Vicente Mirás, arzobispo de Rosario y
Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en la Misa de apertura
de la
87ª Asamblea Plenaria del Episcopado Argentino
10 de mayo de 2004
Mis hermanos:
Con la
alegría que produce en toda alma cristiana el recuerdo y la meditación de
los testimonios de la resurrección de Cristo, conmemorada en la cercana
Pascua, nos reunimos en esta octogésima séptima asamblea plenaria,
pidiendo al Espíritu Santo que nos ilumine en el tratamiento de los temas
que hoy ocupan nuestra labor episcopal.
Dedicaremos
un tiempo muy especial a la juventud, la adolescencia y la niñez, tan
ligadas a la consideración de la pastoral familiar y a la ruptura entre
generaciones, sobre la cual nos advierte el Papa en su reciente discurso a
la Academia Pontificia de Ciencias Sociales (30-4-04). Otras cuestiones
referentes a la educación, también serán parte de nuestro diálogo, así
como el estudio de las estructuras de servicio de nuestra Conferencia, en
miras a simplificarlas y volverlas más efectivas.
Las
condiciones culturales de este tiempo tornan acuciantes algunos de estos
problemas y por ello exigen cuidadosa reflexión. La gran tarea de nuestro
ministerio es proclamar la verdad contenida en el evangelio y despertar en
los fieles el deseo de conocerlo más profundamente, para guardar
coherencia entre la fe y la vida.
En este
momento de la historia, la humanidad, creyendo equivocadamente que
someterse a la voluntad de Dios mutila la existencia o coarta la libertad,
se inclina ante la ilusión de vivir ligada a su exclusivo parecer, y
rechaza la auténtica imagen de Dios y su ley. Esto hace difícil que sean
aceptadas las normas que Él inscribió en la naturaleza; y más difícil
todavía que sean interpretadas como muestras de su amor providencial.
La presión de
la cultura global que adviene, ciega las conciencias y las enfrenta al
mensaje salvador de Cristo y al valor universal de las normas de la
naturaleza, reduciendo a seudos interrogantes éticos las verdades que en
el orden natural y en la doctrina cristiana gozan de absoluta claridad. Se
pone en duda, por ejemplo, el derecho a la vida del nonato; se buscan
pretextos para admitir la clonación humana; se absolutiza el sexo,
independizándolo de su fin propio y natural; y se pretende la autonomía
absoluta de lo temporal sin relación al fin trascendente de la persona
humana. Entre tanto se agiganta el individualismo, ya universal, y el
consumismo de los pudientes, despreocupado de la miseria que abunda y de
la pobreza que alcanza cifras asombrosas. Es claro que la cultura tiene
ahora una fuerte tendencia a renegar de las raíces cristianas. Y esto nos
preocupa, porque es tema fundamental de nuestra misión evangelizadora.
No ignoramos
que hay quienes nos acusan de pasividad ante estas cosas, sin advertir que
el instrumento de la evangelización no es la imposición, sino el anuncio,
la proclamación y el testimonio.
En el
evangelio de hoy, el Señor nos muestra sin ocultamientos cuál es el único
camino para sintonizar con Él: “me ama, el que guarda mis mandamientos”.
Ése “será amado por mi Padre y Yo también lo amaré y me manifestaré a él”
(Jn.14,21-26). Cristo convoca a la humanidad a vivir en plenitud la
felicidad de participar en la vida divina, al que acepta su voluntad, ya
expresada radicalmente en el mismo orden de la creación. En definitiva, no
someterse a ella es someterse a la idolatría del egoísmo individualista
que no guarda respeto por el derecho de los otros.
¿No es
intento de suplantar a Dios toda propuesta contraria a las que Él grabó en
el corazón de cada ser humano? ¿Qué otra cosa es la promoción de
costumbres inéditas y los proyectos que intentan darles valor legal, o las
estrategias para incluirlos en la sociedad obviando el debate
correspondiente? Por ejemplo: el crimen del aborto voluntario, la
eutanasia, la identificación del valor de los derechos de cualquier tipo
de convivencia, la solapada justificación de la corrupción económica y de
las desigualdades que se dan entre los individuos frente a la ley.
No se puede
evitar el asombro por la frivolidad con que se tratan públicamente algunos
de estos problemas.
Entre tanto,
la injusticia y sus secuelas siguen creciendo en el mundo entero. Cada día
hay más hambre y la miseria se multiplica. Recrudece la violencia en los
pueblos sometidos a guerras incalificables y la inseguridad va envolviendo
más a la sociedad que necesita paz para vivir y desarrollarse.
No se acepta
nada objetivo e inamovible que funde el deber en la sociedad. Faltan
principios éticos que sean comunes a todos. De esta manera la comunidad
social se torna difícil y proclive a inclinarse a los extremos. Tenemos un
ejemplo en el capítulo de los Hechos de los Apóstoles (Hech.14,5-18)
proclamado en la primera lectura. Allí se narra la historia de Pablo y
Bernabé, a quienes los habitantes de Listra pretendieron adorar como
dioses, asombrados por el milagro del tullido. Poco después, motivados por
algunos enemigos del evangelio, apedrearon a Pablo y lo abandonaron,
creyéndolo muerto.
Ni era
sociedad sensata cuando quiso adorar a Pablo, ni era sociedad equitativa
cuando, se dejó llevar hasta el otro extremo por quienes perseguían al
apóstol.
Juan Pablo II
nos ha dicho hace pocos días que “sin ética la democracia se desmorona” (disc.
a la Asoc. Nacional de Ayuntamientos Italianos –ANCI- 26-4-04).
Sin embargo,
el fuerte requerimiento de seguridad presentado ahora, como bien
imprescindible, ante todas las Instituciones de la República, puede
convertirse en el despertar de la conciencia ciudadana. La sociedad ha
demostrado claramente la necesidad de desarrollarse con tranquilidad,
desterrar el reinado de la violencia que amenaza convertirse en una manera
de ser y de vivir, y someterse a un marco legal idéntico para todos. Y
pide condiciones de seguridad adecuadas para hacer posible la convivencia
en paz. (cf. Decl. Obispos de Bolivia-abril-2004).
Conviene
recordar lo que afirmamos en la convocatoria al Congreso Eucarístico
Nacional: la comunidad argentina ha sufrido mucho en los últimos años:
pobreza y marginalidad creciente, desgaste de las instituciones de la
República, debilitamiento de los vínculos sociales y frustración de muchas
esperanzas.
Por eso, los
cristianos manifestaremos este año, en Corrientes, nuestro amor por
Jesucristo, reconociéndolo públicamente, en la Eucaristía, como Señor de
la historia. Queremos rogarle por las necesidades del pueblo. Somos
conscientes del bajo aprecio que, en este momento de la historia, se tiene
por los valores morales, y deseamos recibir su sabiduría y su gracia, que
nos asistan en el intento de recrearlos y promoverlos. Jesús Eucarístico,
principio de unión y alimento espiritual del cristiano, nos llama a
superar todas las diferencias y las barreras que nos separan, para
conducirnos a una nueva y definitiva unidad.
Precisamente
la reflexión espiritual de esta semana litúrgica, tiene origen en el
evangelio del domingo, que nos ha recordado el mandato nuevo de
Jesucristo: amarnos unos a otros como Él nos amó. Y en esto nos
reconocerán como sus discípulos (cf. Jn. 13, 34-35). Este amor de hermanos
que nos une y nos da paz, es indispensable para sanar las heridas de
nuestra sociedad.
Cristo en la
Eucaristía nos invita a la caridad, dentro y fuera de la Iglesia, leemos
en los “lineamenta” del próximo Sínodo. La relación vital con
Cristo que se da en ella, produce la unidad de los fieles que así pueden
transformarse en el alma que sostiene al mundo. Para ello nos impulsa a
ser justos en las tareas cotidianas, en la familia, en el trabajo y en el
compromiso político. Nos exige apartarnos de toda corrupción y ser
solidarios con las necesidades de todos los hermanos. Esta es su
connotación social (ns. 67 y 70).
Por último,
damos gracias a Dios por el Decreto con el que, hace pocos días, el Papa
promulgó el reconocimiento de las virtudes heroicas del Padre José Gabriel
del Rosario Brochero, ejemplo de vida sacerdotal dedicada al ministerio,
con su permanente obra catequística, sacramental y educativa, y el impulso
dado a los ejercicios espirituales para aquellas almas a quienes nadie
antes había ofrecido formación cristiana. Los frutos de su apostolado
florecieron también en acciones de promoción social para los hijos de Dios
olvidados y empobrecidos de aquellas lejanías. Rogamos poder contarlo
pronto entre los beatos.
Dios nos
ilumine en las reflexiones de esta Asamblea, y nos haga crecer en la
gracia y en el conocimiento de Jesús, el Salvador. A Él sea la gloria,
ahora y para siempre (cf. II Ped. 3,18).
San Miguel, 10 de
mayo
2004 |