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LA NACIÓN QUE QUEREMOS
Documento de la Conferencia Episcopal Argentina, dado al término de la
Asamblea Plenaria Extraordinaria, realizada en La Montonera –Pilar–
del 25 al 28 de setiembre de 2002.
1.
Jesús, el Hijo de Dios, se identificó tanto con su pueblo que se dejó
llamar "Jesús de Nazaret". Y la triste situación de su patria, le
arrancó lágrimas.
A nosotros, los cristianos argentinos, también nos duele la Argentina.
Hoy está postrada, porque en vez de casa común a construir con el
esfuerzo de todos, ha sido convertida en presa de rapiña para algunos.
2.
Pero Dios, que nos habla desde sus maravillas, también nos habla desde
nuestros fracasos y nos exhorta a volvernos a Él y convertirnos desde
lo más hondo de nuestro corazón.
Este llamado a la conversión nos interpela a todos sin excepciones,
particularmente a nosotros los obispos, porque nuestra misión nos
exige una creciente identificación con Cristo y la constante
purificación de nuestros pecados. No le tenemos miedo a la verdad. Le
tememos a nuestra dureza de corazón.
3.
Con este espíritu, vista la gravedad de la crisis del país, nos hemos
reunido en la presencia de Jesucristo, "Señor de la historia", con
"la necesidad de impulsar en el pueblo cristiano las actitudes propias
de ciudadanos responsables" (132ª Comisión Permanente, 22/08/02).
Lo hacemos como servidores del Pueblo de Dios que queremos cumplir
nuestra misión. Nuestras palabras y acciones no buscan reemplazar a
ningún actor ni responsable social o político, a quienes respetamos en
el ejercicio de su vocación al servicio del bien común.
4.
Debemos pasar del deseo de ser Nación a construir la Nación que
queremos. Por eso es necesario buscar los medios para que todos los
ciudadanos del país determinen por consenso qué Nación queremos ser.
Esto exige realizar reformas fundamentales en muchos órdenes de la
vida político-social. Si no se llevan adelante las reformas que pide
la sociedad, estaremos amenazados de caer en peores frustraciones.
5.
Sabemos que una Nación es una comunidad de personas que comparten
muchos bienes, pero, sobre todo, una historia, una cultura y un
destino común. Por ello debemos volver a la raíz del amor que teje la
convivencia social, entendida como "un llamado de Dios"
(Iglesia y Comunidad Nacional 63). Los argentinos, tanto los creyentes
de diversos credos como todos los hombres de buena voluntad, hemos de
interrogarnos: ¿Queremos elegir nuevamente ser argentinos? ¿Aceptamos
asumir con responsabilidad nuestra parte en la reconstrucción de la
Nación?
6.
Necesitamos recrear "una nación cuya identidad sea la pasión por la
verdad y el compromiso por el bien común" (CEA, Oración por la
Patria, 9/7/2001).
Tenemos que desarrollar algunos valores indispensables para la vida
social:
Frente a la cultura de la dádiva, promover la cultura del trabajo, el
espíritu de sacrificio, el empeño perseverante y la creatividad.
Frente a la corrupción y la mentira, promover el sentido de justicia,
el respeto por la ley y la fidelidad a la palabra dada.
Frente a la fragmentación social, promover la reconciliación, el
diálogo y la amistad social.
Sólo buenos ciudadanos, que obren con inteligencia, amor y
responsabilidad, pueden edificar una sociedad y un Estado más justos y
solidarios.
Queremos transmitir estos valores y actitudes mediante una acción
pastoral renovada y actualizada, con una predicación y una catequesis
que comprometan la vida entera.
7.
Debemos estimular el sentido del bien común para lograr el bien de
todos. De un modo preferencial, el bien de las personas más pobres y
empobrecidas, sobre todo de los desocupados, excluidos, indigentes y
hambrientos. Para reencontrarnos como Nación debemos atender a los que
más sufren: los mayores sin salud, los adultos sin trabajo, los
jóvenes sin educación y sin futuro, y los niños sin alimento.
8.
Ni la llegada al país de nuevas sumas de dinero, ni las reformas de
las instituciones, ni el recambio político, serán suficientes para
construir una nueva Nación. Estas soluciones serán estériles sin una
fuerte pasión por desarrollar en cada ciudadano las más valiosas
actitudes sociales. Sólo así se podrá transformar la cultura nacional
y entretejer un bien común cargado de bondad, verdad y justicia que
nos devuelva el gusto de ser argentinos.
9.
Conocer los valores no es suficiente para reconstruir la Nación. De
hecho, no siempre cumplen la ley los que mejor la conocen. Es más,
quienes conocemos y predicamos los valores del Evangelio no siempre
los encarnamos en nuestro compromiso social. Si la labor educativa de
la sociedad y de la Iglesia no pudo hacer surgir una Patria más digna
es porque no ha logrado que los valores se encarnen en compromisos
cotidianos.
10.
En este momento de transformación nos alienta la esperanza, que es la
virtud del peregrino. Las personas y los pueblos, por mal que estemos,
siempre tenemos la oportunidad de estar mejor. Pero el futuro se
construye con la ayuda de Dios y el esfuerzo arduo, frente al
facilismo de propuestas demagógicas. Esta entrega es parte esencial de
la espiritualidad cristiana. Precisamente es la conversión la que como
principio de novedad genera la esperanza.
11.
Desde comienzos de año los obispos prestamos el ámbito espiritual para
facilitar el diálogo entre toda la dirigencia argentina. Como
resultado de esos encuentros se elaboró el documento Bases para las
Reformas, aporte muy valioso que puede iluminar la voluntad de
recrear las instituciones de nuestra democracia.
Ahora el diálogo entra en una etapa nueva y distinta, para que todos
los ciudadanos, sin excepción, se sientan llamados a participar de
manera entusiasta y decidida en la reconstrucción de nuestra sociedad.
12.
Nos comprometemos a ayudar a todos, a extender este diálogo a cada
rincón del país. Los obispos queremos animar, alentar e iluminar este
camino en el cual los laicos cumplirán el importante papel que les
corresponde. Ellos han dado ya significativas pruebas de eficacia en
el trabajo de las Mesas de Diálogo sectoriales, como asimismo
en tantas iniciativas en el campo de la solidaridad a lo largo y ancho
del país. Estamos convencidos que con iniciativa y creatividad,
vinculándose con las diversas organizaciones que trabajan por el bien
común, concretarán las acciones necesarias para hacer eficaz esta
nueva etapa del diálogo que el país necesita.
13.
Ofrecemos humildemente estas reflexiones a nuestro pueblo. Sabemos que
es el mismo Dios quien fortalece el empeño de todos los que trabajan
para reconstruir la Patria: "Si el Señor no edifica la casa en vano
trabajan los albañiles" (Salmo 127,1). María Santísima, Nuestra
Señora de Luján, Madre de Dios y Madre nuestra, interceda por nosotros
y por nuestra Patria.
Asamblea Plenaria Extraordinaria de la Conferencia Episcopal Argentina
Pilar, 28 de septiembre de 2002
Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2389 del 2 de octubre de 2002
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