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DECLARACIÓN
Con este sólo título, el sábado 17 de abril el presidente de
la
Conferencia Episcopal Argentina, monseñor Karlic, acompañado por los
miembros de la Comisión Ejecutiva, hizo público el siguiente documento.
I
Nuestra fe, renovada por reciente celebración pascual, nos mueve a
dirigirnos a nuestro Pueblo cristiano y a todos los hombres y mujeres de
buena voluntad, para proclamar la verdad sobre Jesucristo vivo, quien,
revelando el amor de Dios Padre "manifiesta plenamente el hombre al
propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación" (GS 22), con
la fuerza del Espíritu Santo.
Como
nos fue anunciado en la mañana de Pascua, El nos precede (cfr. Mt 28,7) y
por él entendemos que no es una utopía del hombre el vivir como hombre,
imagen y semejanza de Dios, llamado a la comunión fraterna y al uso de la
creación como su señor y su destinatario, en la justicia para todos, en
particular para los pobres y necesitados.
II
En la realización histórica y social de esta vocación del hombre redimido
por Cristo resucitado son necesarias tanto la actividad política como el
quehacer social, en cuanto cauces que, a través del amor solidario cuyo
fruto es la paz, orientan y definen la pertenencia a una comunidad.
La
vida política, como expresión madura de una sociedad, muestra toda su
noble condición de ejemplaridad y de mediación necesaria cuando –dejando
de lado una infecunda gimnasia hacia el poder, que desgasta y quita
credibilidad- manifiesta una sincera y comprometida búsqueda del bien
común, que la justifica y la reclama. La política, iluminada por la
ética, debe alimentarse de la verdad y la justicia, y expresarse en el
honesto testimonio de la idoneidad y asimismo en la capacidad de crear las
condiciones que posibiliten el desarrollo integral del hombre. En este
doliente y esperanzado camino hacia el tercer milenio, no podemos dejar de
reconocer con preocupación, la existencia de desequilibrios económicos,
muchas veces fruto de pautas internacionales, que perturban y degradan las
relaciones sociales. El principio de no discriminación, tan valorado como
expresión de la dignidad humana, también debe aplicarse a la
participación de las riquezas, tanto mediante el trabajo honesto y su justa
retribución, como a la generosa y responsable apertura de nuestras
fronteras a otros pueblos.
Por
ello, los rostros de la pobreza y la exclusión, como consecuencia de
criterios exclusivamente economicistas, son una afrenta moral que hiere a la
humanidad. Las falencias en relación a la salud pública, la educación, el
trabajo y la seguridad, lejos de cualquier instrumentación política
partidaria, deben ser asumidas con la grandeza de una cuestión de Estado
que compromete a todos y a cada uno en su esfuerzo diario, según el grado
de responsabilidad que le compete en la sociedad.
III
El encuentro con Cristo resucitado, el Hombre nuevo, camino de conversión,
de comunión y de solidaridad, nos invita a renovar la esperanza frente a
todas las dificultades y problemas, y aun ante el desaliento, que diluye los
vínculos sociales creando un clima de desconfianza.
Por
ello a todos nos compromete la responsabilidad de darnos el gesto de la
reconciliación, siguiendo el camino de la verdad, de la justicia y del
retorno a Dios, quien "estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
no teniendo en cuenta los pecados del hombre y confiándonos la palabra de
reconciliación... Por eso les suplicamos en nombre de Cristo:
"déjense reconciliar con Dios" (II Cor 5, 19-20).
Ponemos
a los pies de María Santísima, nuestra Madre de Luján, las angustias,
pero también las esperanzas de nuestro pueblo, para que Ella acompañe el
camino de la justicia y la solidaridad, que deben sostener y proteger las
relaciones de una comunidad que anhela la reconciliación en la paz.
77ª Asamblea Plenaria, San Miguel, 12-17 de abril de 1999.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2240, del 24 de noviembre de 1999 |
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