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HOMILÍA DE MONS. ESTANISLAO ESTEBAN KARLIC

(78ª ASAMBLEA PLENARIA DE LA CEA)


1.
Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales en Cristo.

Bendito sea porque nos bendijo en estos años con la gracia de la preparación al Jubileo y en este último año con el COMLA VI - CAM I, que nos enseñó a amar al mundo de los que aún esperan la fe en el Evangelio.

Bendito sea Dios porque nos permitió a todos los Obispos vivir nuestro afecto colegial y ejercer nuestro servicio en la Conferencia, para mutuo apoyo y bien de los hermanos que peregrinan en la Argentina.


2.
Nos aprestamos a iniciar la celebración del Gran Jubileo junto con toda la Iglesia presidida por el Santo Padre. Este año santo estará sellado por «la glorificación de la Trinidad, de la que todo procede y a la que todo se dirige en el mundo y en la historia... En este sentido la celebración jubilar actualiza y al mismo tiempo anticipa la meta y el cumplimiento de la vida del cristiano y de la Iglesia en Dios uno y trino»(Tertio Millenio Adveniente, 55).

En los años de preparación el Santo Padre marcó las acciones de la Iglesia con el misterio de las personas divinas. Confesamos que la vida cristiana es una peregrinación con el Hijo, en el Espíritu, hacia el Padre. En el año jubilar el Papa nos convoca a la celebración del misterio trinitario en su infinita riqueza para que proclamemos la plenitud del misterio divino que el Padre quiso revelarnos por la encarnación de su Hijo y cuya vida quiso comunicarnos por obra del Espíritu Santo.


3.
No sólo queremos afirmar la existencia de Dios sino que queremos confesar su verdad interior, escondida en los siglos y manifestada definitivamente en Cristo: que Dios es la comunión de luz y de amor del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, a cuya intimidad estamos llamados a ingresar y permanecer. La religión cristiana es la vida de hijos de Dios en Cristo, conducidos por el Espíritu. Es la permanencia en la intimidad de Dios.

No sólo queremos proclamar el misterio interior de Dios trinitario, sino también su designio de amor, según el cual la gloria de Dios es el hombre viviente, es decir, el hombre lleno de la vida de gracia, participación de la vida divina, por la que todos los hombres no sólo son llamados sino que llegan a ser verdaderamente hijos de Dios.

El Papa nos ha convocado a celebrar a Dios y su proyecto, llamándonos a la conciencia y a la responsabilidad de vivir nuestro ser y nuestro destino. Así se despiertan en nosotros, y quisiéramos fuese en todos nuestros hermanos, los más profundos impulsos espirituales, porque a Dios le debemos decir con San Agustín: «Nos hiciste para Ti e inquieto está nuestro corazón mientras no descanse en Ti».

La vocación divina, única para todos los hombres, es un regalo gratuito de Dios, pero sabemos que los dones de Dios deben ser también tarea nuestra, porque Dios que nos creó sin nosotros no nos salvará sin nosotros.

Todo es por Cristo, el Salvador, único mediador, verdadero Dios y verdadero hombre, verdadero hijo de María, por quien no sólo se hace hombre sino que asume nuestra misma estirpe humana que procede de nuestros primeros padres: Jesús verdaderamente es hijo de Adán. Así se hace de nuestra humanidad y de nuestra historia, para asumirla, redimirla y elevarla. Por El se sostiene nuestra esperanza. En Cristo triunfa el Hijo de Dios y el hijo del hombre.

El Hijo de Dios se hizo nuestra carne al nacer de María Santísima y es en verdad su hijo. Por María llega a Cristo la historia del hombre que debe ser salvado.


4.
El Verbo se hizo hombre para siempre. Su resurrección y ascensión a los cielos no lo alejaron de nuestro corazón y de nuestra historia sino que lo hicieron su Señor.

El está presente por medio de las cosas y de los hombres, en los acontecimientos de cada día, para mostrarnos su verdad y su amor, reclamando la apertura de nuestro corazón, para convertirnos y transformarnos. El tiempo es un adviento, un adviento de Cristo que con su gloria, con la gracia de su gloria, nos llama a hacer que esa gloria sea historia nuestra en la justicia y la paz, en la fraternidad y en la adoración; en la economía, en la vida social, en la política, en la cultura.


5.
Este advenimiento de Cristo, como hace dos mil años, no se produce en un mundo sin pecado y sin injusticias, sino en medio de los robos y asesinatos, de las lujurias, las avaricias, las opresiones, las guerras y las idolatrías que inventamos los hombres de cada generación. Cuando es concebido un hombre, comienzan todas las posibilidades de bien y de mal de que somos capaces las personas humanas por nuestra libertad herida y débil, inclinada al mal por el pecado original.

A este mundo, que sólo se esclarece en su destino y su verdad por el misterio de Cristo, queremos anunciarle el designio de Dios Uno y Trino, al cual todo hombre está llamado a participar. A este mundo queremos ofrecerle en nombre del Señor, el perdón y la vida de hijo de Dios; queremos celebrar el mundo nuevo construyéndolo cada día y gozándolo en la pureza de la austeridad que comparte los bienes, en la justicia y la fraternidad, en la fiesta del trabajo y en el combate contra la avaricia y el ansia de dominio, contra todo pecado, en la certeza de la esperanza que confía en Dios pero que colabora con el Señor con la dignidad de su libertad y de su responsabilidad.


6.
Es Cristo por quien nos llega el Espíritu que infunde en nosotros el amor y toda virtud, toda fuerza moral para el buen combate.

Es Cristo quien nos recuerda el amor misericordioso del Padre y nos trae el Espíritu que nos purifica de nuestros pecados.


7.
Los argentinos acabamos de tener las elecciones de las autoridades políticas que deben conducir los destinos de la nación. A ese acto tan importante deben seguir las acciones consecuentes para construir una gran nación cada día. Los cristianos sabemos que en el orden temporal debemos cumplir los mandamientos del Señor para que todo sea para el bien común de seres humanos que quieren ser hermanos en el gozo de los dones de Dios: la vida, la familia, la sociedad; el trabajo, la educación, toda la cultura; la libertad y la seguridad, la reconciliación y la paz; en la lucha contra todo mal que afecte al hombre, imagen y semejanza de Dios, a quien Dios ama por sí mismo, cuya dignidad funda sus derechos, que deben ser todos respetados desde el derecho a la vida hasta el derecho a la libertad religiosa, pasando por el derecho al trabajo, a la educación, a la igualdad de oportunidades.


8.
En la celebración jubilar Eucarística Nacional en Córdoba, experimentaremos la cercanía de Dios Padre que siempre nos entrega en la Eucaristía su Hijo, Pan de Vida, en la Eucaristía que es el sacramento de su sacrificio. Allí entraremos en el dinamismo de Cristo, en su vida de relación con su Padre y con los hombres. Allí aprendemos a decir «Padre» no sólo con los labios, sino con la existencia entera que se entrega en el amor del Espíritu. Allí aprenderemos a decir en plenitud que somos hermanos de todos los hombres.

Pidamos al Señor que en nuestra Argentina seamos capaces de celebrar la Eucaristía de tal manera que la Hostia Consagrada que consumamos, nos haga a todos nosotros hostias vivas, para ponernos en las manos de Dios Padre, para su gloria, como Cristo, y para servicio y salvación de nuestros hermanos. Nadie debe celebrar la Eucaristía sino para completar en él el misterio de Cristo que trae para todos los que se abren a El, la libertad y la vida nueva de los hijos de Dios.


9.
La belleza de Dios y su amor por nosotros debe resplandecer en el Jubileo. Es la belleza que salvará al mundo: el amor de Dios Padre que envía a su Hijo para que desde su misterio pascual nos dé su Espíritu que nos purifica y nos llena de vida y gozo, «el amor que comparte el dolor». Es la belleza que alegra a los ángeles y santos y la que nos fascinó y nos robó el corazón. Es la que debe admirar el mundo. La gloria de Cristo pascual debe brillar en nosotros y en nuestras obras para que el mundo se sienta interpelado con tal fuerza que diga, como los discípulos de Emaús después de haberse encontrado con Jesús ¿no ardía nuestro corazón?

La fe perfecta es respuesta de confianza gozosa y llena de amor al amor primero de Dios. Así respondieron los santos. Así responden los niños. Así debemos responder todos.

Nos disponemos a iniciar la última Asamblea Plenaria del año y del milenio. Según el deseo de Dios debe ser la mejor. Para ello, abandonémonos al amor misericordioso del Padre que nos conducirá como a su Pueblo, siempre en Exodo, siempre renovando su Alianza, cuyo código es el amor, cuyos actos eximios se expresan en las Bienaventuranzas. Somos, con el Papa, la Iglesia y el Episcopado de dos milenios. Rogamos al Señor para que estemos a la altura de los tiempos, los tiempos propicios del Jubileo, que nos prepare a protagonizar, desde la Argentina y con ella, la gran historia de la justicia y del amor, de la reconciliación y la paz. Amén.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2240, del 24 de  noviembre de 1999


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