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Homilía del Nuncio Apostólico,
Mons. santos abril y castelló en Luján
(79ª Asamblea Plenaria)
"Tú, Madre, escucha a tus hijos e hijas de la nación
argentina,
que acogen como dirigidas a ellos las palabras pronunciadas desde la cruz: ¡He ahí a tu
Hijo! ¡He ahí a tu Madre! En el misterio de la redención, Cristo mismo nos confió a
Ti, a todos y cada uno".
1. Estas palabras las escuchaste
un día, Señora y Madre nuestra, la "pura y limpia Concepción" de Luján, de
labios de un hijo tuyo fiel que ha querido ser en su vida "Totus tuus",
para ser Totus Christi y Totus Ecclesiae. Cuando él las pronunció, venía
a suplicarte "aliento, esperanza, fraternidad" en momentos muy difíciles para
este querido pueblo argentino.
Hoy, pasados casi 18 años desde que se pronunciaran ante la
explanada
de este templo, este humilde Representante de aquel Papa peregrino de fe y esperanza que
las oyera entonces, te saluda, Madre, con las mismas palabras de súplica, veneración y
cariño de hijo tuyo.
Y te agradece que pueda comenzar su misión en la Argentina aquí a tus
pies, como deseó desde el momento de recibir el nuevo encargo de manos del Santo Padre
Juan Pablo II. Tú que eres la Madre del Buen Consejo, la Virgen prudente y fiel, la Madre
de Cristo y de la Iglesia, me darás luz y fuerza para trabajar con amor discreto y
fidelidad "por la Iglesia con Pedro", que es mi lema episcopal.
Te pido también que protejas con amor de Madre a mi predecesor, que ha
trabajado tanto por esta Iglesia durante largos años, hasta el límite de sus fuerzas.
2. Gracias de manera
especialísima, Madre de Luján, porque aquí tengo el gozo inmenso de encontrar contigo y
saludar con todo afecto a esta corona espléndida de tus buenos hijos, los Obispos
argentinos: el presidente de la Conferencia Episcopal, el Señor Cardenal, los arzobispos,
obispos residenciales, obispos auxiliares y obispos eméritos. Todos están dando y han
dado lo mejor de sus vidas por esta Iglesia nuestra y siguen siendo con su ejemplo,
trabajo, guía experta y oración, nuestra primera riqueza eclesial. (Tú sabes, Madre,
que al saludarles a ellos hoy, siento en mi corazón la ausencia de los buenos amigos, los
cardenales Antonio Quarracino y Eduardo Pironio, que partieron a la casa del Padre). Todos
estos Obispos, con fina sensibilidad pastoral saben ir "fortaleciendo los brazos
débiles, robusteciendo las rodillas vacilantes, diciendo a los desalentados: sed fuertes,
no temáis, ahí está nuestro Dios" (cfr. Is 35, 1-7).
Hoy, Pastores para el pueblo fiel y cristianos con los cristianos, los
Obispos argentinos y el Representante del Santo Padre junto con ellos, queremos acercarnos
al Padre de las misericordias en este "santuario de la nación argentina" (Juan
Pablo II). Aquí, en la casa de la Madre, queremos lucrar las gracias de perdón del Año
del Gran Jubileo. Así, habiendo obtenido misericordia, aprenderemos a imitar al Padre
rico en misericordia, cuya "misericordia se derrama de generación en generación
sobre los que le temen" (Lc 1, 50).
Es la generosidad comprensiva y benévola que saben dar los obispos de
la Argentina, cuyo número alto suscita en mí multiplicada hermandad y confianza también
al saber que podré contar con tantos cualificados amigos y consejeros. Ellos me
enseñarán a cumplir mi misión de construir puentes sin "puentear" nunca, y de
aunar fuerzas en beneficio pastoral de nuestra Iglesia, más allá de puras miradas
jurídicas.
3. Esta homilía-oración no
olvida ante ti, Madre de la plegaria por la Iglesia naciente, a los queridos sacerdotes, a
los consagrados, hombres y mujeres, y a nuestra grande esperanza, los seminaristas. Ellos
tienen en sus manos, como colaboradores imprescindibles de los obispos, una gran parte de
la tarea de la Iglesia. Ellos son a título especial los "elegidos en Cristo, antes
de la creación del mundo, para que sean santos e irreprensibles en su presencia, por el
amor". Ellos son "aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para alabanza
de su gloria" (Ef 1, 3-6. 11-12).
Hoy, Señora nuestra, te pedimos que este recuerdo y saludo que
dirigimos a ti, lo transformes en bendición y aliento para todos ellos. Para los
misioneros que vinieron de Iglesias hermanas, de la única Iglesia de tu Hijo, y a los que
debemos tanto por su ayuda, dada a veces desde la pobreza en personal, pero desde la
riqueza en la comunión eclesial. Y bendice en particular a todos los consagrados y
consagradas nacidos en esta tierra, para que sean siempre numerosos y ejemplares. Así
nuestra Iglesia podrá dar el dinamismo de la fe y la guía moral clara que enriquezca en
todo momento a nuestra sociedad.
4. Aquí tienes también a tus
pies, Madre de Luján, a miembros de ese laicado nuestro de fe sencilla a veces, pero con
conciencia cada vez más profunda de su puesto propio e insustituible en la Iglesia. Ellos
han ido madurando espléndidamente en su sentido eclesial y en la vocación de ser
quienes, iluminados por la fe, quieren ser en las tareas de cada día testigos del
Evangelio y servidores de una sociedad crecientemente sana y que tenga correctos
principios éticos.
Hoy los vemos con gozo en tantos puestos donde han asumido tareas de
animación y de vivencia cristiana. Con la valiente determinación de no dejarse llevar
por la tentación de un laicismo invadente que puede hacer perder el alma religiosa del
pueblo. La búsqueda de la modernidad y del necesario progreso, no deben estar reñidos
con el sentido de la vida en el que el Dios creador de fraternidad solidaria esté siempre
presente.
Ese Dios que "nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio
de Jesucristo... En él hemos sido constituidos herederos, y destinados de antemano
según el previo designio del que realiza todas las cosas conforme a su voluntad– a
ser aquellos que han puesto su esperanza en Cristo, para alabanza de su gloria"
(Ef
1, 12).
Pero hoy, Madre, te quiero confiar de manera especial a tus hijos de
Luján con su Pastor. Ellos, que viven en esta ciudad de la fe; ellos, que son los
primeros en quererte, que sepan ser el fermento de nuestra querida sociedad argentina,
para que el amor a ti y a tu hijo perduren siempre.
5. No podría terminar esta
plegaria a ti, Madre de Luján, sin invocar tu protección sobre el pueblo argentino y
sobre las autoridades todas, independientemente de las legítimas opciones personales que
hagan en sentido democrático. Ilumina sus actividades, para que sepan guiar la sociedad
por caminos de servicio al bien común, a la causa de la justicia y solidaridad, a la
defensa de cada ciudadano, al respeto de la vida en todas sus fases y a la promoción de
cuanto dignifique, una y eleve a la sociedad argentina.
Y que, fieles a la sabia norma del Concilio Vaticano II, la autoridad
eclesial y la civil sepan respetar las competencias propias de la otra parte, sin olvidar
nunca la colaboración mutua en todo lo que contribuya al bien de quienes son a la vez
fieles en virtud de su fe y ciudadanos en cuanto hijos de un país.
Finalmente, da valentía, creatividad y sensibilidad a tus hijos,
Señora y Madre común, para que caminemos todos creando dignidad para todo ser humano y
curando con amor y comprensión las heridas que encontremos en nuestra sociedad. Sin
desfallecer nunca en la fe ni olvidar la esperanza de que somos un pueblo peregrino,
destinado a ver un día en tus brazos al Señor de la historia, al de nuestra propia
historia, el fruto bendito de tu vientre. Amén.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2266, del 24 de mayo de
2000
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