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JESUCRISTO,
SEÑOR DE LA HISTORIA
Documento de la Conferencia Episcopal Argentina, aprobado
en la
79° Asamblea Plenaria realizada en San Miguel
del 8 al 13 de mayo de 2000
y publicado el 30 de mayo de 2000
1. Memoria que
funda la esperanza
Estamos
celebrando el Gran Jubileo porque hace 2000 años nacía Jesús de Nazaret, el
Hijo de Dios hecho hombre. Ahora que la familia humana se encamina a un nuevo
milenio de su historia, la Iglesia Católica hace memoria de la primera
Navidad, en la que el Hijo de Dios ingresaba como hombre en el tiempo y en la
historia. La puerta de la basílica de san Pedro, que Juan Pablo II abrió en
la Navidad de 1999, es un signo de que la gracia de Dios que Jesús nos trajo
se ofrece con abundancia a los que iniciamos este tramo de la historia. Es una
oportunidad para que la Buena Noticia anunciada a los pobres acerca de la
llegada de un tiempo de liberación y libertad, se haga carne en iniciativas
de justicia y santidad 1. Es ocasión para escuchar la invitación
de Jesús resucitado que nos dice: "Yo estoy junto a la puerta y llamo:
si alguien oye mi voz y me abre, entraré en su casa y cenaremos juntos"
(Ap 3,20). Esta puerta abierta nos permite ingresar en la Iglesia donde
recibimos la invitación a un conjunto de pensamientos, actitudes y
sentimientos con los cuales los seguidores de Jesús debemos vivir la memoria
que funda la esperanza y emprender el camino del tercer milenio.2
2.
Meditación y confesión de fe al comenzar un nuevo milenio
Es
verdad que finalizamos un milenio en el que se ha silenciado a Dios y se ha
profanado al hombre hasta proclamar la muerte de ambos, por medio de
injusticias inmensas, de libertades conculcadas o mal vividas, de escepticismo
y desesperanza, de múltiples atropellos contra la vida, de nuevas formas de
idolatría del tener, del placer y del poder. Pero precisamente en estas
circunstancias Jesús nos está diciendo una vez más: "¡Levántate y
camina!" (Lc 5,23-24) "Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin
del mundo!" (Mt 28,20) "¡Vengan a mí todos los que están cansados
y afligidos, y yo los aliviaré!" (Mt 11,28). Sabemos que si Dios permite
pruebas, es porque, en su misericordia, tiene preparado su auxilio eficaz.
Más aún, sabemos que en medio de todas las oscuridades de esta época, Dios
está sembrando semillas buenas y bellas. Por eso exhortamos a los miembros
del Pueblo de Dios y también a todos los hombres de buena voluntad que viven
en nuestra tierra: ¡No nos dejemos vencer por el mal! ¡Construyamos con
Jesús un mundo nuevo!
Nos
alientan las palabras y, sobre todo, los gestos tan elocuentes y
significativos del Papa Juan Pablo II: su apremiante invitación a la
conversión y a la renovación interior, su sincero reconocimiento de las
culpas cometidas por los hijos de la Iglesia, sus repetidos llamados a la paz
y la justicia entre todos. En su peregrinación a Tierra Santa, en la ciudad
de Belén, expresó con voz firme: "«Aquí nació Cristo de la Virgen
María»: estas palabras, inscritas en el lugar en que según la tradición
nació Jesús, son la razón del Gran Jubileo del año 2000. Son la razón de
esta visita mía a Belén. Son la fuente de la alegría, la esperanza y la
buena voluntad que, a lo largo de dos milenios, han llenado innumerables
corazones humanos con sólo escuchar el nombre de Belén." (Juan Pablo
II, 22.03.2000).
El
milenio que amanece es una nueva oportunidad que Dios mismo nos está
ofreciendo. Es el Dios creador, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, por
quien fuimos llamados a formar un sólo Pueblo, que es la Iglesia, y en la
cual, ayer, hoy y siempre, se encuentra la vida y la salvación. Por la gracia
que Dios nos da, la celebración de los Misterios, la proclamación de la
Palabra, el testimonio de los santos, podemos responder con confianza, mirando
con esperanza el futuro. Por eso los obispos argentinos hemos iniciado un
renovado itinerario de reflexión, diálogo y participación en orden a
preparar, con el Pueblo de Dios, un nuevo documento que actualice las
«Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización» (CEA, 1990), destinado a
los inicios de este milenio. En esta ocasión y para ayudar a vivir el sentido
de este tiempo particular con una mirada impregnada de fe y esperanza,
compartimos esta meditación, que es, al mismo tiempo, una confesión de fe en
Jesucristo, Hijo del Padre y dador del Espíritu Santo. Él es la clave, el
centro y el fin de toda la historia, el gozo del corazón humano y la plenitud
total de sus aspiraciones.3
I - EN EL PRINCIPIO DEL TIEMPO…
"Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos
visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos tocado con
nuestras manos acerca de la Palabra de vida, es lo que les anunciamos. Porque
la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y somos testigos, y les
anunciamos la Vida eterna, que existía junto al Padre y que se nos ha
manifestado" (1 Jn 1,1-2).
3. Nuestra
identidad en una época de cambios
El
comienzo del año 2000 encuentra a la humanidad en un momento muy
significativo. Algunas décadas atrás la Iglesia hablaba del amanecer de una
nueva época de la historia humana caracterizada, sobre todo, por profundas
transformaciones 4. Pero ese amanecer no ha concluido. Más aún,
aquellas situaciones nuevas se han vuelto más complejas todavía. Por eso
podemos percibir qué es lo que termina, pero no descubrimos con la misma
claridad aquello que está comenzando. Frente a esta novedad se entrecruzan la
perplejidad y la fascinación, la desorientación y el deseo de futuro. En
este contexto se plantean, a veces de un modo oculto y desordenado, preguntas
urgentes: ¿Quién soy en realidad? ¿Cuál es nuestro origen y cuál nuestro
destino? ¿Qué sentido tienen el esfuerzo y el trabajo, el dolor y el
fracaso, el mal y la muerte? Tenemos necesidad de volver sobre estos
interrogantes fundamentales. En una época de profundas transformaciones, la
cuestión de la identidad aparece como uno de los grandes desafíos. Y esta
problemática afecta de modo decisivo al crecimiento, a la maduración y a la
felicidad de todos. En este marco, queremos anunciar lo que creemos, porque el
Evangelio es una luz para estos planteos que nos inquietan.
4.
Nacidos del amor
Los
seres humanos tenemos un origen común. Todos hemos sido creados por el Padre,
el Hijo y el Espíritu Santo. Dios está al comienzo de la vida de cada varón
y mujer. Nuestro origen no reside en la casualidad. No provenimos de una
fuerza sin nombre y sin rostro. No somos el fruto de una lucha, de un capricho
o de una mera ley de la naturaleza. Nuestro origen es un Dios que ama.
Que
este mensaje llegue al corazón de los que transitan la existencia en la
angustia o la rebelión por no hallar sentido al haber nacido; a los hombres
que, cuando se remontan hacia el pasado, experimentan el dolor de no haber
sido queridos y valorados; a los que, cuando buscan en la fuente de sus vidas,
descubren violencia y agresión; a aquellos que, revisando su historia
personal, no encuentran sino pobreza y desamparo; a la multitud de quienes, en
el correr de los acontecimientos, quedan atrapados en la inmediatez de lo
cotidiano.
A
ellos y a todos les recordamos que nuestro origen, y por tanto nuestra
identidad, están en Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que es la
fuente inagotable y primera de nuestra existencia. En el principio de cada uno
de nosotros está la iniciativa divina, libre y gratuita. Hemos sido pensados
y queridos por Él. Por ello toda vida humana debe ser considerada sagrada e
inviolable.
Más
aún, el Padre nos ha creado en su Hijo Jesucristo y nos ha destinado a
reproducir su imagen 5. "¡Miren cómo nos amó el Padre!
Quiso que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente"
(1 Jn 3,1). Por eso, nuestra identidad y vocación más profunda es la de ser
hijos e hijas. En su ser más íntimo ninguno de nosotros es huérfano.
Sabernos redimidos por Cristo, renacidos del Espíritu, sentirnos y
comportarnos como hijos del Padre, es el corazón de la vida cristiana.
5.
Una convivencia con sentido infinito
Dios
Padre nos ha creado como hijos e hijas haciéndonos colaboradores en su obra
creadora; co-creadores de vida y de amor, formadores de familia y
constructores de historia. Nos ha hecho protagonistas. Más aún, Él nos ha
hecho creaturas sociales y políticas. "Para el hombre, existir es
convivir... la persona es esencialmente social. Sólo cuando a semejanza de la
unión entre las personas divinas realizamos entre los hombres la unión de
los hijos de Dios en la verdad y en la caridad, encuentra su plenitud la
imagen de Dios que llevamos en nosotros" (ICN 60). Así como en el origen
de la vida de cada ser humano, también en el principio de la vida social
está Dios. Esto tiene su primera y fundamental realización en la vida
familiar. Dios, que es familia, creó la familia a su imagen y semejanza. El
existir con otros y el vivir juntos no es el fruto de una desgracia a la que
haya que resignarse, ni un hecho accidental que debamos soportar; ni siquiera
se trata de una mera estrategia para poder sobrevivir. Toda vida en sociedad
tiene para las personas un fundamento más hondo: Dios mismo. Él es Uno con
una unidad sin comparaciones adecuadas. Pero también es Padre, Hijo y
Espíritu Santo, tres personas realmente distintas. Por lo tanto, la
distinción y la unidad en Dios son ambas sagradas. A su imagen y semejanza,
Dios nos ha creado distintos, pero necesitados unos de otros. Por eso es
importante tanto el reconocimiento de las diversidades como la valoración de
la unidad y de lo que es común. Pluralidad y diálogo, intercambio y
apertura; unidad, valores comunes e idiosincrasia como nación, no son
alternativas entre las que hay que optar, sino dimensiones en las que hay que
vivir. Diversidad en la unidad entre los grupos, etnias, partidos políticos y
organizaciones intermedias. Unidad en la diversidad entre las provincias y
regiones. Diversidad en la unidad entre la Argentina y nuestra patria grande
latinoamericana. Unidad en la diversidad en América y el mundo 6.
Fundados en el misterio de Dios hemos de construir cada día, entre todos, la
historia común.
6.
La patria nacida del corazón de Dios
Por
eso, lo que señalábamos sobre la identidad de las personas, se puede aplicar
también, en un sentido análogo, a los países. La cuestión, tantas veces
debatida, acerca de la identidad nacional se plantea hoy de un modo nuevo 7.
Creemos que nuestra patria es un don de Dios confiado a nuestra libertad, un
regalo de amor que debemos cuidar y mejorar. Esto mismo nos exige superar
progresivamente las tensiones históricas de nuestro ser como país 8.
En tiempos marcados por la globalización, no debe debilitarse la voluntad de
ser una nación, una familia fiel a su historia, a su identidad y a sus
valores humanos y cristianos. Al mismo tiempo la conciencia de nuestra
identidad, lejos de encerrarnos en nuestros límites, debe abrirnos con
solidaridad a las dimensiones de un mundo cada vez más interrelacionado.
II - EN LA PLENITUD DE LOS TIEMPOS…
"Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo,
nacido de una mujer" (Gal 4,4).
7. Nos amó
hasta dar la vida
Para
nosotros, cristianos, no basta afirmar que nuestro origen está en un Dios que
nos ama. Creemos que ese amor del Padre Dios llegó a un extremo
incomprensible, misterioso, deslumbrantemente bello. Nos envió a su propio
Hijo, verdadero Dios, para que se hiciera verdadero hombre, con una carne como
la nuestra, un corazón como el nuestro, una historia como la nuestra, sin
caer en las miserias de nuestros odios, egoísmos y mezquindades. Es hombre
verdadero, pero libre de pecado 9. Modelo perfecto de lo que el
Padre quiere que seamos. En Él culmina el plan de Dios. Él es la plenitud
del tiempo y el centro de la historia.
Sin
embargo, el hombre rechazó su presencia y quiso eliminar su persona y su
mensaje. Su amor por el hombre llegó a la «locura»10, aceptó
ser clavado en la cruz y entregarse por nosotros hasta experimentar el más
amargo y profundo dolor. Así, su sangre derramada nos purificó de nuestros
pecados 11. El Señor reacciona ante el pecado del hombre con un
ofrecimiento inaudito de misericordia y de perdón.
Pero,
el Padre no podía dejar al Hijo amado bajo el poder de la muerte. Y
Jesucristo nuestro redentor resucitó. ¡Vive! Por eso su presencia también
es una realidad para nosotros. Él visita la pobre existencia de cada ser
humano para derramar la vida nueva del Espíritu Santo. Los que supieron
descubrirlo reconocen que hay un antes y un después de haberlo conocido.
Antes y después de Cristo la vida no es la misma12. Así lo
proclaman, por ejemplo, San Pablo, San Francisco de Asís, Edith Stein y
tantos otros santos que han reflejado en su vida la presencia luminosa de
Jesús.
8.
Sumergidos en el tiempo
Esta
preciosa verdad, y la llegada del tercer milenio, constituyen una ocasión
excepcional para meditar acerca del tiempo en el cual estamos sumergidos. Así
como sucede con todas las cosas que son parte de lo cotidiano, raramente nos
detenemos a pensar en él. Pero si lo hacemos, podemos descubrir que el tiempo
es una realidad sorprendente. Imitando la reflexión de un antiguo libro
bíblico 13, podemos decir que hay tiempos de amaneceres, de
comienzo y de nacimiento; y otros de despedida, de final y de muerte. Hay
tiempos en los que nada parece suceder, donde la vida apenas transcurre; y hay
otros en los que se agolpan las situaciones fuertes de la existencia. Hay
tiempos acompañados y compartidos; otros vacíos y abandonados. Hay tiempos
de gracia y de promesas; hay otros de amenaza y frustración. Hay horas, días
y años que parecen más largos e intensos que otros. En fin, nos preguntamos:
¿Para qué es el tiempo? ¿Para gastarlo, para soportarlo, para salir de él?
Pues, si bien cada día o cada año es una realidad distinta, los días y
años se van sumando unos a otros con su repetición y su rutina, provocando
muchas veces una sensación de monotonía y cansancio. Cada día es un
«volver a comenzar» y cada noche es un «volver a concluir», donde parece
no haber novedad 14. Sin embargo, en el cristianismo el tiempo
tiene una importancia fundamental. Dentro de su dimensión ha sido creado el
mundo y en su interior se desarrolla la historia de la salvación. Todo año,
todo tiempo y todo momento ha sido abrazado por la encarnación y la
resurrección de Cristo. En Él, el tiempo llega a ser una dimensión de Dios15.
9.
El Señor del tiempo y de la historia
Todo
esto nos lleva a confesar lo que creemos, y lo que creen también las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales hermanas: ¡Jesucristo es el Señor del
tiempo y de la historia!
Jesús
es Señor de la historia por su nacimiento. Siendo la plenitud de la Vida
ha sido enviado a poner "su carpa" en medio de nuestras vidas
pequeñas para hacerlas grandes y luminosas. Vivió como uno de nosotros y no
tuvo vergüenza de llamarse hermano nuestro. El tiempo humano del nacimiento,
del crecimiento, del trabajo humilde, de la vida familiar, ha sido visitado
por la eternidad.
Jesús
es Señor de la historia por su pasión y su muerte. No se alejó de las
historias de los seres humanos reales ni esquivó la conflictividad que
atraviesa el tiempo de los hombres. Vivió expuesto al rechazo y al dolor;
hasta que le llegó su «hora», tan temida16 y tan ansiada17,
en la que padeció la violencia, la tortura y la muerte en cruz. El pesebre y
el calvario, su nacer y el morir son los primeros modos del señorío del Hijo
de Dios sobre la historia. Él es Señor haciéndose niño, servidor y
mártir.
Jesús
es Señor de la historia por su resurrección. La vida y la muerte entran
en la vida eterna del Hijo. En su cuerpo resucitado una parte de este mundo ya
alcanzó la plenitud definitiva y la eternidad ha acogido para siempre al
tiempo y a la historia. Su vida resucitada atrae nuestras vidas caminantes
para que lleguen también a la luz que no tiene ocaso.
Jesús
es Señor de la historia por su nueva presencia a partir de Pentecostés.
El Espíritu Santo hace presente a Jesús resucitado en cualquier tiempo y
circunstancia histórica. Gracias a la acción del Espíritu, ya no habrá
ninguna historia humana, ningún tiempo, que no pueda tener al Hijo de Dios
como compañero de camino. Su presencia es más profunda que cualquier
soledad.
Jesús
es Señor de la historia porque nos da la certeza de que la historia de
cada ser humano concluye en el Dios que quiere que todos se salven. Es la
coronación de la vocación trascendente a la que los hombres estamos
llamados.
10.
Nuestra historia impulsada hacia delante
Dios
ha salvado al hombre por Jesucristo en el tiempo y en la historia. Por eso
decimos que la salvación no se realiza al margen de la historia. No estamos
llamados a salvarnos «de» la historia, sino «en» ella. El encuentro con
Jesucristo y la salvación que Él ofrece se dieron, se dan y se darán en el
corazón de la vida, en medio de sus circunstancias concretas: vínculos,
conflictos y dolores; sentimientos, experiencias y acontecimientos; personas y
comunidades. Pero, si las «pequeñas» historias son visitadas por Dios,
también las «grandes» pueden recibirlo. También el nuestro es un tiempo
disponible para el encuentro con Jesús resucitado, un tiempo favorable y
oportuno. Queremos compartir con todos los argentinos esta convicción. La
magnitud de las transformaciones y de los desafíos que afrontamos pueden ser
una ocasión para descubrir aspectos nuevos de la visita de Dios. La sociedad
y la Iglesia están puestas ante un futuro difícil de descifrar, en el que se
entrecruzan oportunidades y amenazas. Creemos que lo inédito de este tiempo
es una ocasión para dejarnos sorprender por Dios; que una época nueva de la
historia humana es una oportunidad para abrirse al Eterno Viviente. Para ello
se nos está ofreciendo especialmente el auxilio de la gracia de Dios, el
poder de su Espíritu.
En
la Iglesia, que brota del corazón abierto de Cristo, el Espíritu Santo
impulsa a la humanidad para que vaya entrando cada vez más en la plenitud del
Resucitado. En el amanecer de un nuevo milenio, la Iglesia no deja de invocar
al Espíritu de vida para que Él derrame su dinamismo en esta historia;
porque sin el Espíritu este mundo pierde su verdadera fuerza, el empuje del
amor que puede lanzarlo hacia adelante.
11.
La enorme inequidad que interpela a todos
El
mismo Espíritu Santo nos ayuda a mirar el mundo con los ojos de Cristo y así
nos permite descubrir su belleza y sus posibilidades, pero también su
miseria, todo lo que se opone al ideal del Evangelio. La inmensa dignidad de
cada ser humano se funda en el hecho de que todos los hombres hemos sido
creados por un Padre que nos ama y hemos sido hechos hermanos de Jesucristo
por su encarnación. "Precisamente en el interior de nuestra profesión
de fe descubrimos que la grandeza del hombre está profundamente vinculada con
la realidad de Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo" (LPNE 26) 18.
Por eso afirmamos que "la fe en Dios está estrechamente asociada con la
dignidad del hombre" (LPNE 20) y que, a la luz de esta verdad, los
atentados a la vida, desde su concepción hasta su muerte natural, los ataques
a la familia, la insuficiente extensión de la educación y su carencia de
valores, la destrucción de personas y pueblos adquieren una mayor
dramaticidad.
De
entre todas las heridas a la dignidad, en 1990 los obispos argentinos
destacábamos una que conserva toda su actualidad en el umbral del nuevo
milenio, la «justicia demasiado largamente esperada»: "La justicia,
derecho fundamental de las personas y comunidades, exige superar con apremio
las múltiples situaciones en que es conculcada. Una de las más clamorosas es
el problema de la pobreza, que se extiende y agrava hasta dimensiones
infrahumanas de miseria…" (LPNE 13).En nuestra Carta pastoral de 1998
recordamos una vez más la urgencia y profundidad de esta problemática:
"Somos conscientes de las dificultades en que vive nuestro pueblo. Éstas
provienen en gran parte de la cultura ambiente que propone el competir y el
éxito económico como valores supremos. Y, sobre todo, nos duele la
situación de penuria, y hasta exclusión total, que esta filosofía y
práctica económicas van provocando y que afectan más gravemente a los más
pobres" (CMGD 3). El neoliberalismo imperante tiende a proponerse como
"justificación ideológica de algunas actitudes y modos de obrar en el
campo social y político que causan la marginación de los más débiles"
(EA 56).
Hoy,
con tristeza y preocupación, constatamos que la pérdida del sentido de
justicia y la falta de respeto hacia los demás se han agudizado y se han
convertido en una enorme situación de inequidad, arraigada profundamente
entre nosotros. Constituyen una gravísima corrupción moral. Por eso
exhortamos a cada uno de los argentinos a mirar su propio corazón, sus
opciones concretas y su forma de actuar, para preguntarse si no está
participando también él, en mayor o menor grado, en la construcción de esa
red de inmoralidad que conduce a la pobreza y favorece tantas formas de
violencia y egoísmo. Cada uno, según sus posibilidades y responsabilidad,
debe cooperar para eliminar estas verdaderas estructuras de pecado19.
12.
El alimento para el amor y la justicia
El
año 2000 nos presenta el desafío de redescubrir el compromiso de Dios con el
mundo20, su reino de justicia y paz como horizonte de la sociedad,
su amor preferencial por los pobres, débiles y sufrientes y su llamado a
recrear la convivencia social mediante la práctica de la justicia y de la
caridad. Jesús a través de su Iglesia nos regala su presencia sustancial en
la Eucaristía, fuente y culmen de toda la vida cristiana.
La
Eucaristía es escuela de amor a Dios y de amor al prójimo. La misma fe que
reconoce a Jesús en el Sacramento del Amor debe descubrirlo, contemplarlo y
servirlo en los más necesitados, especialmente en los más pobres, con
quienes ha querido identificarse con una ternura especial y a quienes llama
"mis hermanos más pequeños" (Mt 25, 40). Jesús está presente en
el Santísimo Sacramento, de modo que al comer su Cuerpo y beber su Sangre se
abran los ojos de nuestra fe para saber vivir como verdaderos hijos de Dios y
descubrir las otras formas de su presencia, particularmente en el hermano
injustamente postergado y necesitado21, donde Jesús prolonga su
pasión. Al escuchar su Palabra y al reconocerlo en la fracción del Pan,
nosotros, como los discípulos de Emaús, sentimos que nuestro corazón arde
de amor apasionado y compasivo22. El encuentro con Él robustece la
caridad para poder perseverar en el amor a pesar del desgaste del tiempo. Por
todo esto es esencial que nuestras comunidades redescubran el significado del
domingo y de la asamblea que lo celebra.
13.
Presencia que invita a la conversión y a la amistad
Esta
presencia especial de Jesús en la Eucaristía es una permanente invitación
al encuentro con Él, que ha querido entrar en nuestra historia para hacernos
partícipes de su vida divina. Saber que allí está nuestro Redentor, el que
nos amó hasta el fin, no puede dejarnos indiferentes. Él está allí para
encontrarse con nosotros, para ofrecernos un abrazo de amistad que calme
nuestras angustias y alivie nuestros cansancios. Él está allí para escuchar
aquello que con nadie podemos conversar. Está allí para decirnos lo que más
necesitamos escuchar. Está para alimentarnos en el camino y derramar su
Espíritu de vida en nuestros corazones, porque Él quiere sanar nuestra
debilidad, impulsarnos a la lucha por la verdad y la justicia, y preservarnos
de las atracciones del mal que nos seduce y enferma.
Pero
además, el Jubileo nos invita a redescubrir que Él está también presente
en su Palabra para alimentar nuestra fe, para iluminar nuestro camino, para
hablarnos de su amor, para llamarnos a la justicia y a la paz. Leer su Palabra
en oración, escucharla con deseo en la Misa, es estar ante Él, como el amigo
que se sienta a sus pies, prestándole atención, recibiendo su luz23.
Además, Jesús está presente en todos los Sacramentos, en los pastores que
actúan en su nombre, en los hermanos unidos, en las devociones y en la
alabanza de su Pueblo, y viene a nuestro encuentro en cada ser humano –sobre
todo en los pobres y enfermos– y en cada acontecimiento de nuestra vida24.
El Jubileo nos invita a reconocer estas presencias para renovar nuestro
encuentro con Cristo vivo. La conversión, actitud característica del Año
Santo25, es el fruto de habernos dejado encontrar por Él y es
también el camino para una intimidad mayor con Él26. Esta actitud
se concreta de modo especial en la celebración frecuente del sacramento de la
reconciliación.Queremos recorrer como Pueblo de Dios este camino de
conversión, ayudándonos y estimulándonos unos a otros, para que el rostro
de Cristo se refleje cada vez mejor en las personas y en las estructuras de su
Iglesia amada.
III - EN EL FINAL DE LOS TIEMPOS...
"Porque nosotros creemos que Jesús murió y resucitó: de la misma
manera, Dios llevará con Jesús a los que murieron con Él" (1 Tes
4,14).
"Yo
hago nuevas todas las cosas" (Ap 21,5).
"El
que garantiza estas cosas afirma: «¡Sí, volveré pronto!». ¡Amén! ¡Ven,
Señor Jesús!" (Ap 22,20). (1 Tes 4,14).
"Yo
hago nuevas todas las cosas" (Ap 21,5).
"El
que garantiza estas cosas afirma: «¡Sí, volveré pronto!». ¡Amén! ¡Ven,
Señor Jesús!" (Ap 22,20).
14.
El mal que nos agobia y nos detiene
Jesús
resucitado está presente, vivo entre nosotros, pero el estado en que se
encuentra nuestro mundo parece decirnos otra cosa. Cristo, hecho un niño
indefenso en Belén e indefenso también en la cruz, ha querido someterse a
los límites de esta historia. Es cierto que es el Hijo de Dios, es verdad que
ha resucitado glorioso27. Pero Él ha querido depender de nuestra
pobre libertad, enferma y débil. Es cierto que Él tiene la iniciativa, que
Él nos ofrece su gracia, pero nuestra capacidad de elegir y las consecuencias
del pecado hacen que podamos decirle que no; Él ha querido respetar esa
libertad. Eso nos permite vivir una historia donde podemos caer y levantarnos,
retroceder y volver a avanzar; eso mismo, que nos parece valioso, es lo que
explica tantas injusticias, tanta violencia, tanta incertidumbre y tanto
dolor.
15.
¿Qué se puede esperar?
La
cercanía del tercer milenio ha puesto en primer plano la cuestión del futuro
de la humanidad y ha favorecido la difusión de una gran variedad de ideas
sobre lo que vendrá. Para algunos, el mundo está cerca de su final
catastrófico, la destrucción estaría a las puertas y hasta tendría fecha
precisa. Extrañas predicciones, antiguas y nuevas, asegurarían que el fin
está cerca. Para otros, el universo está en su infancia, recién ha
concluido su primera etapa de vida; ha comenzado una nueva era. Hay quienes
piensan que simplemente no hay futuro, el porvenir posee tan poco significado
como lo tiene el presente y lo tuvo el pasado. Otros viven como si todo se
redujera al instante, al hoy y aquí, para alcanzar el mayor bienestar
posible. El tiempo se contrae en el hoy, sin memoria del ayer y sin apertura
al mañana; el futuro sería una ilusión que distrae del presente e impide
vivirlo a fondo. La falsa idea de la reencarnación, la afirmación de que
tenemos varias vidas sucesivas, lamentablemente gana hoy adeptos, incluso
entre los cristianos.
Esta
breve descripción, ciertamente incompleta, refleja la actualidad del tema del
futuro y la importancia de la reflexión sobre la historia. Es evidente que el
modo como las personas y los grupos sociales conciben el fin de los tiempos
tiene un gran impacto sobre la manera de afrontar el presente. El camino de la
vida es muy diferente de acuerdo al final que uno presienta o imagine. ¿Es
acaso lo mismo si al fin del camino no hay nada ni nadie, o si en la meta de
la existencia hay una Presencia y un abrazo? Peregrinar la vida, engendrar y
educar hijos, construir historia, apostar al amor y forjar futuro no tienen
los mismos motivos si el vacío lo ha de devorar todo o si al final nos espera
Alguien. La situación cultural actual, crecientemente plural, nos invita a
redescubrir la originalidad del mensaje judeo-cristiano sobre la historia: un
camino personal y comunitario con origen, sentido y plenitud final en Dios.
16.
Preparando el futuro
Una
cosa hay cierta para los creyentes: el conjunto de esfuerzos realizados por el
hombre a lo largo de los siglos para lograr mejores condiciones de vida
responde a la voluntad de Dios. Esta enseñanza vale igualmente para los
quehaceres más ordinarios de la vida. Por eso, las personas que mediante su
trabajo procuran el sustento para sí y su familia y realizan generosamente
una tarea en la sociedad, desarrollan la obra del Creador, sirven al bien de
sus hermanos y contribuyen a que se cumplan los designios de Dios en la
historia de nuestra patria28. Más aún, creemos que nuestro
trabajo cotidiano prepara el "material del reino de los cielos" (GS
38) y que todos los frutos de nuestro esfuerzo, realizados con la ayuda del
Espíritu de Jesucristo, "volveremos a encontrarlos limpios de toda
mancha, iluminados y transfigurados" en el reino futuro, cuando, vencida
la muerte, se consumará la obra de Dios, ahora misteriosamente presente29.
Los creyentes encontramos en nuestra fe un nuevo motivo para trabajar en la
edificación de un mundo más humano. La esperanza en un futuro más allá de
la historia nos compromete mucho más con la suerte de esta historia. ¡Cómo
deseamos que esta esperanza activa empape la conciencia y la conducta de cada
uno de nuestros hermanos! Pero, estas mismas convicciones que reflejan el
significado profundo del esfuerzo cotidiano y del trabajo, también revelan
con mayor hondura la gravedad de algunas situaciones, como por ejemplo, la
problemática del desempleo y de la precariedad laboral, una verdadera
enfermedad social muy extendida entre nosotros. Muchos que quisieran colaborar
para construir esta historia común están privados de la posibilidad de
trabajar, y ni siquiera pueden encaminar su propia familia hacia un futuro
mejor.
17.
Una promesa que supera toda expectativa
A
quienes ponen su confianza en un progreso científico ilimitado, a quienes
confían casi religiosamente en mecanismos socio-económicos para la
edificación de una nueva humanidad, como la absolutización de las leyes del
mercado, a quienes se desalientan por los múltiples indicadores negativos que
hacen temer por el futuro de la familia humana, a aquellos a quienes el futuro
angustia, les anunciamos la verdad de la esperanza cristiana. El camino de la
historia debe abrirse a una plenitud que la humanidad no puede alcanzar por
sí misma. La historia está abierta a la acción de Dios, que transformará
este mundo de una manera que no sospechamos. La segunda venida de Jesucristo
que esperamos, la parusía, consumación de su obra y plenitud final del
tiempo y de la historia humana, no será sólo continuación del presente,
mera prolongación de lo que somos, sino también novedad que irrumpe, gracia
que nos sale al encuentro. Ese futuro reclama nuestro esfuerzo, pero es, ante
todo, el fruto de un amor más grande. La comunidad humana reconciliada en
Cristo es el futuro prometido a cada mujer y varón. Éste es el sentido
profundo de lo que proclamamos al final del Credo: "creemos en la
resurrección de la carne y en la vida eterna".
18.
Una esperanza para todos
Un
anuncio cargado de esperanza, que brota del encuentro con Jesucristo, el
«crucificado que resucitó»30, ilumina nuestra situación marcada
por tantas limitaciones y pecados. ¡Jesús volverá!: al final de los tiempos
vendrá a consumar su triunfo y secará toda lágrima, "y no habrá más
muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó. Y no
habrá allí ninguna maldición…Tampoco existirá la noche" (Ap 21,4;
22,3.5). ¡Jesús irrumpirá como Juez! En el atardecer de la vida de cada uno
y en el crepúsculo de la historia universal seremos juzgados en el amor.
¡Jesús reinará! Toda la creación, recogida en Él, será ofrecida al Padre
para que circule plenamente por ella la vida de la Trinidad. ¡Jesús hará
nuevas todas las cosas! Entonces será la reunión final de toda la familia
humana. "Dios será todo en todos" (1 Co 15,28), ya que la creación
y la humanidad serán "la morada de Dios entre los hombres: Él habitará
con ellos, ellos serán su pueblo, y el mismo Dios estará con ellos" (Ap
21,3).
19.
La fortaleza del Pueblo creyente
De
modo particular en este año jubilar compartimos con todos nuestros hermanos
la riqueza de la fe y de la esperanza, y les deseamos con toda la fuerza de
nuestro corazón "que el Dios de la esperanza los llene de alegría y de
paz en la fe, para que la esperanza sobreabunde en ustedes por obra del
Espíritu Santo" (Rm 15,13). En este sentido, es necesario que apreciemos
los signos de esperanza presentes entre nosotros, a pesar de las sombras que
con frecuencia los esconden a nuestros ojos31. Uno de esos signos
es la fe de nuestro pueblo, sobre todo de los más sencillos, que en
situaciones angustiosas donde no parece haber una salida imaginable, son
capaces de aferrarse a Dios con todo el corazón. La confianza en un Amor que
los supera les ayuda a seguir caminando.
REFLEXIÓN FINAL
20.
Jesucristo ayer, hoy y para siempre
Nosotros
creemos y confesamos: ¡Jesucristo es el Señor del principio, de la plenitud
y del futuro de la historia! Nuestra meditación ha procurado desentrañar
algunos aspectos del potencial de luz, belleza y verdad, contenidos en este
anuncio apasionado. El encuentro con el Señor del principio de la historia
nos abre a una nueva comprensión de las grandes cuestiones acerca de nuestro
origen y nuestra identidad. El encuentro con el Señor de la plenitud de los
tiempos nos revela el sentido más profundo de este tiempo humano; también
nos permite vislumbrar la riqueza de la providencia de Dios y la gravedad de
la responsabilidad que tenemos para lograr una historia más justa y plena. El
encuentro con el Señor del final de la historia nos descubre un panorama
original sobre el futuro de la humanidad y del mundo material, hoy tan
amenazado. La esperanza y el trabajo, el don y la tarea, la alegría y el
dolor se abren al encuentro definitivo con el Padre, el Hijo y el Espíritu
Santo.
21.
Un Pueblo que se convierte y renueva
La
Iglesia se sabe enviada por Jesucristo vivo al encuentro de los seres humanos
de todos los tiempos. Por eso, cuando la familia humana comienza a transitar
un nuevo milenio, ella quiere renovarse en su vocación de acompañar y servir
a la humanidad. La Iglesia del tercer milenio, arraigada en los sentimientos
de Cristo Jesús, quiere experimentar como suyos los gozos y las esperanzas,
las tristezas y las angustias de los hombres de este nuevo tiempo; desea
ardientemente sentirse íntima y realmente solidaria del género humano en
esta etapa del camino32. Esta vocación a la compañía y la
solidaridad es la que se expresa cuando afirmamos que la Iglesia es el Pueblo
de Dios peregrino. Pero por el mismo hecho de ser peregrina, sabe que también
sus hijos –desde los laicos hasta los obispos– cometen errores, caen, se
resisten a la conversión. Por eso reconoce que debe estar dispuesta a pedir
perdón y a renovarse permanentemente bajo el impulso del Espíritu Santo. Sin
embargo, la Iglesia es siempre, con sus luces y sus sombras, signo e
instrumento de salvación para todos los hombres33.
En
este tiempo de gracia hacemos llegar a todos esta invitación: ¡Recibamos el
Espíritu Santo que brota del Corazón de Cristo resucitado! ¡Dejemos que
Dios nos renueve y nos reconcilie en nuestras familias, en nuestras
comunidades cristianas y en nuestra sociedad! ¡No nos resistamos a cambiar lo
que debe ser transformado! ¡Ofrezcámonos a Jesús como instrumentos para
construir la nueva civilización de la justicia y el amor! ¡Trabajemos todos
a la luz del Señor de la historia!
22.
La madre que consuela y anima
Hoy
la Iglesia en la Argentina se lanza a esta permanente peregrinación como un
niño confiado, porque puede tomarse de la mano de su Madre, la Virgen
Santísima. Junto a la cruz de Jesús estaba la madre, y a su lado el
discípulo amado en nombre de toda la Iglesia. Y en ese momento sagrado Jesús
nos dijo: "Ahí tienes a tu madre" (Jn 19,27). María vive gloriosa
con Jesús y está con cada uno de nosotros ofreciéndonos la ternura y el
vigor de su presencia materna. Ella sabe que las grandes cosas deben
construirse con valentía, cada día, en medio de las cosas pequeñas, con la
entrega y la prontitud propias de quien imita a Jesús en el amor hasta la
muerte de cruz. Ella, que nos visitó en Luján, en Itatí, en el Valle de
Catamarca, en el Milagro de Salta, y en tantos otros lugares de nuestra
tierra, nos alcance de su Hijo la generosidad, la valentía y la honestidad
necesarias para construir un mundo distinto y una historia mejor.
Santa
María, Madre de Dios y Madre nuestra, ruega por nosotros, para que podamos
escuchar a Jesús que nos dice: "Tengan confianza" (Mt 9, 22),
"Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo" (Mt 28,20).
Los Obispos de la República Argentina 79ª Asamblea Plenaria San Miguel,
13 de mayo de 2000 San Miguel, 13 de mayo de 2000. Memoria de Nuestra Señora
de Fátima
Siglas
CEA:
Conferencia Episcopal Argentina
CMGD:
Conferencia Episcopal Argentina, Compartir la multiforme Gracia de
Dios, Oficina del Libro de la CEA
DP:
IIIª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Documento
de Puebla, Oficina del Libro de la CEA
EA:
Juan Pablo II, Exhortación apostólica Ecclesia in America, Oficina
del Libro de la CEA
ECC:
Conferencia Episcopal Argentina, El Evangelio ante la crisis de
la civilización, Oficina del Libro de la CEA
GS:
Concilio Vaticano II, Constitución Gaudium et Spes
ICN:
Conferencia Episcopal Argentina, Iglesia y comunidad nacional,
Oficina del Libro de la CEA
IM:
Juan Pablo II, Bula Incarnationis Mysterium, Oficina del Libro
de la CEA
LG:
Concilio Vaticano II, Constitución Lumen gentium
LPNE:
Conferencia Episcopal Argentina, Líneas Pastorales para la
Nueva Evangelización, Oficina del Libro de la CEA
SC:
Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium
SD:
IVª Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Santo
Domingo
SRS:
Juan Pablo II, Carta encíclica Sollicitudo rei socialis
TMA:
Juan Pablo II, Exhortación apostólica Tertio Millennio
Adveniente
Notas
(1)
Cf. Lc 4,18-19.
(2)
Cf. IM 8.
(3)
Cf. GS 10; 45.
(4)
Cf. GS 54.
(5)
Cf. Rm 8,29; Ef 1,5.
(6)
Cf. EA 5; 32.
(7)
Cf. ICN 8, 79
(8)
Cf. ECC 4-6.
(9)
Cf. Heb 4,15.
(10)
Cf. 1 Co 1,18ss.
(11)
Cf. Heb 8,14.
(12)
Cf. EA 8-12.
(13)
Cf. Ecle 3,1-8.
(14)
Cf. Ecle 1,9-10.
(15)
Cf. TMA 10.
(16)
Cf. Mc 14,35.4.
(17)
Cf. Jn 12,27.
(18)
Cf. GS 22
(19)
Cf. SRS 36; SD 243.
(20)
Cf. Jn 3,16.
(21)
Cf. Mt 25,31-46.
(22)
Cf. Lc 24,32.
(23)
Cf. Lc 10,39.
(24)
Cf. SC 7; DP 196.
(25)
Cf. IM 11.
(26)
Cf. EA 26.
(27)
Cf. Rm 1,4.
(28)
Cf. GS 34.
(29)
Cf. GS 39.
(30)
Cf. Mt 28,5-6; Mc 16,6; Lc 24,6.
(31)
Cf. TMA 46.
(32)
Cf. GS 1.
(33)
Cf. LG 1.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2269, del 7 de junio de
2000 |