Documento aprobado en la 79ª Asamblea Plenaria de la Conferencia
Episcopal Argentina, celebrada en San Miguel del 8 al 13 de mayo de 2000. El
texto que aquí se entrega es una selección de párrafos de dicho
Documento, entregada a los periodistas asistentes a la Conferencia de Prensa
del sábado 13 de mayo de 2000, al término de la Asamblea episcopal. El
documento completo será dado a conocer el martes 30 de mayo en la sede de
la Conferencia Episcopal.
Estamos celebrando el Gran Jubileo porque hace 2000 años nacía Jesús de
Nazaret, el Hijo de Dios hecho hombre. Ahora que la familia humana se
encamina a un nuevo milenio de SU historia, la Iglesia Católica hace
memoria de la primera Navidad, en la que el Hijo de Dios ingresaba como
hombre en el tiempo y en la historia. La puerta de la basílica de san
Pedro, que Juan Pablo II abrió en la Navidad de 1999, es un signo de que la
gracia de Dios que Jesús nos trajo se ofrece con abundancia a los que
iniciamos este tramo de la historia. Es una oportunidad para que la Buena
Noticia anunciada a los pobres acerca de la llegada de un tiempo de
liberación y libertad, se haga carne en iniciativas de justicia y santidad1.
Es ocasión para escuchar la invitación de Jesús resucitado que nos dice:
«Yo estoy junto a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre,
entraré en su casa y cenaremos juntos" (Ap 3,20). Esta puerta abierta
nos permite ingresar en la Iglesia donde recibimos la invitación a un
conjunto de pensamientos, actitudes y sentimientos con los cuales los
seguidores de Jesús debemos vivir la memoria que funda la esperanza y
emprender el camino del tercer milenio2.
2. Meditación y confesión de fe al comenzar un nuevo milenio (tercer
párrafo)
El
milenio que amanece es una nueva oportunidad que Dios mismo nos está
ofreciendo. Es el Dios creador, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, por
quien fuimos llamados a formar un solo Pueblo, que es la Iglesia, y en la
cual, ayer, hoy y siempre, se encuentra la vida y la salvación. Por 1a
gracia que Dios nos da, la celebración de los Misterios, la proclamación
de la Palabra, el testimonio de los santos, podemos responder con confianza,
mirando con esperanza el futuro. Por eso los obispos argentinos hemos
iniciado un renovado itinerario de reflexión, diálogo y participación en
orden a preparar, con el Pueblo de Dios, un nuevo documento que actualice
las «Líneas para la Nueva Evangelización» (CEA, 1990), destinado a los
inicios de este milenio. En esta ocasión y para ayudar a vivir el sentido
de este tiempo particular con una mirada impregnada de fe y esperanza,
compartimos esta meditación, que es, al mismo tiempo, una confesión de fe
en Jesucristo, Hijo del Padre y dador del Espíritu Santo. Él es la clave,
el centro y el fin de toda la historia, el gozo del corazón humano y la
plenitud total de sus aspiraciones3.
4. Nacidos del amor
Los
seres humanos tenemos un origen común. Todos hemos sido creados por el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Dios está al comienzo de la vida de
cada varón y mujer. Nuestro origen no reside en la casualidad. No
provenimos de una fuerza sin nombre y sin rostro. No somos el fruto de una
lucha, de un capricho o de una mera ley de la naturaleza. Nuestro origen es
un Dios que ama.
Que
este mensaje llegue al corazón de los que transitan la existencia en la
angustia o la rebelión por no hallar sentido al haber nacido, a los hombres
que, cuando se remontan hacia el pasado, experimentan el dolor de no haber
sido queridos y valorados; a los que cuando buscan en la fuente de sus
vidas, descubren violencia y agresión; a aquellos que, revisando su
historia personal, no encuentran sino pobreza y desamparo; a la multitud de
quienes, en el correr de los acontecimientos, quedan atrapados en la
inmediatez de lo cotidiano.
A
ellos y a todos les recordamos que nuestro origen, y por tanto nuestra
identidad, están en Dios, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que es la
fuente inagotable y primera de nuestra existencia. En el principio de cada
uno de nosotros está la iniciativa divina, libre y gratuita. Hemos sido
pensados y queridos por Él. Por ello toda vida humana debe ser considerada
sagrada e inviolable.
Más
aún, el Padre nos ha creado en su Hijo Jesucristo y nos ha destinado a
reproducir su imagen4. «¡Miren cómo nos amó el Padre! Quiso
que nos llamáramos hijos de Dios, y nosotros lo somos realmente» (I Jn 3,
l). Por eso, nuestra identidad y vocación más profunda es la de ser hijos
e hijas. En su ser más íntimo ninguno de nosotros es huérfano. Sabernos
redimidos por Cristo, renacidos del Espíritu, sentirnos y comportarnos como
hijos del Padre, es el corazón de la vida cristiana.
9. El Señor del tiempo y de la historia
Todo
esto nos lleva a confesar lo que creemos, y lo que creen también las otras
Iglesias y Comunidades eclesiales hermanas: ¡Jesucristo es el Señor del
tiempo y de la historia!
Jesús
es Señor de la historia por su nacimiento. Siendo la plenitud de la Vida ha
sido enviado a poner «su carpa» en medio de nuestras vidas pequeñas para
hacerlas grandes y luminosas. Vivió como uno de nosotros y no tuvo
vergüenza de llamarse hermano nuestro. El tiempo humano del nacimiento, del
crecimiento, del trabajo humilde, de la vida familiar, ha sido visitado por
la eternidad.
Jesús
es Señor de la historia por su pasión y su muerte. No se alejó de las
historias de los seres humanos reales ni esquivó la conflictividad que
atraviesa el tiempo de los hombres. Vivió expuesto al rechazo y al dolor;
hasta que le llegó su «hora», tan temida5 y tan ansiada6,
en la que padeció la violencia, la tortura y la muerte en cruz. El pesebre
y el calvario, su nacer y el morir son los primeros modos del señorío del
Hijo de Dios sobre la historia. Él es Señor haciéndose niño, servidor y
mártir.
Jesús
es Señor de la historia por su resurrección. La vida y la muerte entran en
la vida eterna del Hijo. En su cuerpo resucitado una parte de este mundo ya
alcanzó la plenitud definitiva y la eternidad ha acogido para siempre al
tiempo y a la historia. Su vida resucitada atrae nuestras vidas caminantes
para que lleguen también a la luz que no tiene ocaso.
Jesús
es Señor de la historia por su nueva presencia a partir de Pentecostés. El
Espíritu Santo hace presente a Jesús resucitado en cualquier tiempo y
circunstancia histórica. Gracias a la acción del Espíritu, ya no habrá
ninguna historia humana, ningún tiempo, que no pueda tener al Hijo de Dios
como compañero de camino. Su presencia es más profunda que cualquier
soledad.
Jesús
es Señor de la historia porque nos da la certeza de que la historia de cada
ser humano concluye en el Dios que quiere que todos se salven. Es la
coronación de la vocación trascendente a la que los hombres estamos
llamados.
11. La enorme inequidad que interpela a todos (cuarto párrafo)
Hoy,
con tristeza y preocupación, constatamos que la pérdida del sentido de
justicia y la falta de respeto hacia los demás se han agudizado y se han
convertido en una enorme situación de inequidad, arraigada profundamente
entre nosotros. Constituyen una gravísima corrupción moral. Por eso
exhortamos a cada uno de los argentinos a mirar su propio corazón, sus
opciones concretas y su forma de actuar, para preguntarse si no está
participando también él, en mayor o menor grado, en la construcción de
esa red de inmoralidad que conduce a la pobreza y favorece tantas formas de
violencia y egoísmo. Cada uno, según sus posibilidades y responsabilidad,
debe cooperar para eliminar estas verdaderas estructuras de pecado7.
12. El alimento para el amor y la justicia (segundo párrafo)
La
Eucaristía es escuela de amor a Dios y de amor al prójimo. La misma fe que
reconoce a Jesús en el Sacramento del Amor debe descubrirlo, contemplarlo y
servirlo en los más necesitados, especialmente en los más pobres, con
quienes ha querido identificarse con una ternura especial y a quienes llama
«mis hermanos más pequeños» (Mt 25, 40). Jesús está presente en el
Santísimo Sacramento, de modo que al comer su Cuerpo y beber su Sangre se
abran los ojos de nuestra fe para saber vivir como verdaderos hijos de Dios
y descubrir las otras formas de su presencia, particularmente en el hermano
injustamente postergado y necesitado8, donde Jesús prolonga su
pasión. Al escuchar su Palabra y al reconocerlo en la fracción del Pan,
nosotros, como los discípulos de Emaús, sentimos que nuestro corazón arde
de amor apasionado y compasivo9. El encuentro con Él robustece
la caridad para poder perseverar en el amor a pesar del desgaste del tiempo.
Por todo esto es esencial que nuestras comunidades redescubran el
significado del domingo y de la asamblea que lo celebra.
17. Una promesa que supera toda expectativa
A
quienes ponen su confianza en un progreso científico ilimitado, a quienes
confían casi religiosamente en mecanismos socioeconómicos para la
edificación de una nueva humanidad, como la absolutización de las leyes
del mercado, a quienes se desalientan por los múltiples indicadores
negativos que hacen temer por el futuro de la familia humana, a aquellos a
quienes el futuro angustia, les anunciamos la verdad de la esperanza
cristiana. El camino de la historia debe abrirse a una plenitud que la
humanidad no puede alcanzar por sí misma. La historia está abierta a la
acción de Dios, que transformará este mundo de una manera que no
sospechamos. La segunda venida de Jesucristo que esperamos, la parusía,
consumación de su obra y plenitud final del tiempo y de la historia humana,
no será sólo continuación del presente, mera prolongación de lo que
somos, sino también novedad que irrumpe, gracia que nos sale al encuentro.
Ese futuro reclama nuestro esfuerzo, pero es, ante todo, el fruto de un amor
más grande. La comunidad humana reconciliada en Cristo es el futuro
prometido a cada mujer y varón. Éste es el sentido profundo de lo que
proclamamos al final del Credo: «creemos en la resurrección de la carne y
en la vida eterna».
20. Jesucristo ayer, hoy y para siempre
Nosotros
creemos y confesamos: ¡Jesucristo es el Señor del principio, de la
plenitud y del futuro de la historia! Nuestra meditación ha procurado
desentrañar algunos aspectos de la potencia de luz, belleza y verdad,
contenidos en este anuncio apasionado. El encuentro con el Señor del
principio de la historia nos abre a una nueva comprensión de las grandes
cuestiones acerca de nuestro origen y nuestra identidad. El encuentro con el
Señor de la plenitud de los tiempos nos revela el sentido más profundo de
este tiempo humano; también nos permite vislumbrar la riqueza de la
providencia de Dios y la gravedad de la responsabilidad que tenemos para
lograr una historia más justa y plena. El encuentro con el Señor del final
de la historia nos descubre un panorama original sobre el futuro de la
humanidad y del mundo material, hoy tan amenazado. La esperanza y el
trabajo, el don y la tarea, la alegría y el dolor se abren al encuentro
definitivo con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. 21. Un Pueblo que se
convierte y renueva (segundo párrafo)
En
este tiempo de gracia hacemos llegar a todos esta invitación: ¡Recibamos
el Espíritu Santo que brota del Corazón de Cristo resucitado! ¡Dejemos
que Dios nos renueve y nos reconcilie en nuestras familias, en nuestras
comunidades cristianas y en nuestra sociedad! ¡No nos resistamos a cambiar
lo que debe ser transformado! ¡Ofrezcámonos a Jesús como instrumentos
para construir la nueva civilización de la justicia y el amor! ¡Trabajemos
todos a la luz del Señor de la historia!