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PRESENTACIÓN DEL DOCUMENTO
"Jesucristo, Señor de la historia"


Realizada por monseñor Estanislao Esteban Karlic, arzobispo de Paraná y Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en Buenos Aires
30 de mayo de 2000


1. Su origen

La misión profética de la Iglesia implica el deber de anunciar permanentemente el Evangelio a los hombres de su tiempo, para que la luz de la Palabra de Dios los oriente y los encamine hacia su plena realización como personas individuales y como pueblo.

Esta misión se debe cumplir auscultando los signos de los tiempos, que nos indican problemas y necesidades a los que debemos atender y a cuya solución debemos contribuir. Cuando íbamos a retomar el ejercicio de las instituciones democráticas, los Obispos argentinos pensamos conveniente ofrecer una síntesis de la doctrina social y en 1981 publicamos "Iglesia y comunidad nacional", que fue un instrumento realmente útil para muchos. Más adelante creímos oportuno orientar en términos generales la acción pastoral en el país, y se elaboró "Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización", en 1990, que también fueron y siguen siendo valiosas.

Hace cuatro años, la Conferencia Episcopal pensó que, frente al Tercer Milenio que se aproximaba, sería muy oportuno hacer junto a nuestro pueblo, una profunda reflexión sobre el misterio de Jesucristo, que iluminara las mentes y sostuviera el corazón de los hombres al emprender un nuevo milenio de la historia. Pensamos entonces que debíamos preparar un documento de fuste sobre Jesucristo como Señor del tiempo y de la historia, que por la envergadura de su doctrina, mantuviese su validez más allá de una coyuntura y se prolongase en el tiempo, sirviendo como punto de referencia a eventuales escritos y acciones posteriores. El documento, por lo tanto, no es para una coyuntura singular, sino que propone una doctrina fundamental, muy breve, sobre Jesucristo, como Señor del tiempo, teniendo expresiones muy ricas y felices de cristología -estudio sobre Cristo- y sobre Teología de la historia, que lo hacen muy luminoso no sólo para este momento del comienzo del siglo y del milenio, sino para más adelante.


2. Su estilo

El estilo es a modo de una confesión de fe en Jesucristo, profesada con profunda convicción, madurada en la meditación y proclamada con humilde y sincera pasión. Es, como dice el documento, un "anuncio apasionado" del misterio de Jesucristo en su relación con el tiempo y la historia, que ayuda a vivir la verdad de que la encarnación del Hijo de Dios es asunción real de la naturaleza humana y por eso, es también asunción del tiempo y de la historia.


3. Su contenido

El contenido es una reflexión referida a Jesucristo en el principio, en la plenitud y en el final de los tiempos, haciendo ver que, según nuestra fe, el misterio del hombre y la historia sólo se esclarece en el misterio de Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre.

Hemos hecho el esfuerzo por exponer esta verdad de modo que sirva a la Iglesia para asimilar su riqueza, y para orientar su vida espiritual y pastoral, y que sea útil para los que no comparten nuestra fe en lo que decimos del hombre, de su dignidad, igualdad y solidaridad, de su libertad y responsabilidad.

Es no sólo una confesión de fe, sino también una confesión de esperanza y un compromiso de solidaridad justa y caritativa, todo fundado en la vocación del hombre a la santidad y a la eternidad. Juan Pablo II dice en Tertio Millennio adveniente, que el cristianismo es la religión de la gloria, porque todos los hombres están llamados a participar de la gloria de Dios en Cristo Resucitado, ya desde la historia, por la nobleza y santidad de su vida. Queremos confesar este destino del hombre en el comienzo del Milenio, para inspirar nuestras acciones individuales y sociales, aunque en la cultura contemporánea se den tantos hechos contrarios a esta concepción antropológica. Sabemos que la vocación a la auténtica grandeza del hombre debe ser proclamada con mayor claridad y fortaleza cuando es mayor el peligro de olvidarla y conculcarla. En realidad, la grandeza del hombre siempre está en peligro porque siempre es obra de la frágil libertad humana, no sólo de la libertad de Dios, pero sin duda que nuestro tiempo, en que se ha proclamado "la muerte de Dios" y "la muerte del hombre" padece una tremenda crisis moral que exige las verdades más profundas y los más ricos valores. Nosotros los confesamos en Jesucristo, que se hace Señor de la historia por su amor, que empieza en su encarnación redentora, haciéndose niño, esclavo y mártir, por su resurrección y su presencia entre nosotros en la Iglesia gracias a su Espíritu Santo, por la certeza que sostiene nuestros pasos en el camino de tierra y tiempo que es nuestra historia. La presencia compañera y salvadora de Cristo "es más profunda que cualquier soledad" (9).


4. Salvación en la historia

Esa cercanía íntima de Jesucristo es en medio de la historia. "Dios ha salvado al hombre por Jesucristo en el tiempo y en la historia. Por eso decimos que la salvación no se realiza al margen de la historia. No estamos llamados a salvarnos "de" la historia, sino "en ella…" y añade: "Creemos que lo inédito de este tiempo es una ocasión para dejarnos sorprender por Dios; que una época nueva de la historia humana es una oportunidad para abrirse al Eterno viviente" (10). En realidad cada instante es capaz de las maravillas de la salvación, que acaban de realizarse cuando la libertad del hombre y de los pueblos se abre a la invitación de Jesucristo y a la moción de su Espíritu.

En esta historia, se da por cierto una "enorme inequidad". El tener fe nos permite ver mejor su gravedad, y nos obliga más al compromiso solidario para combatirla. El documento dice "que la fe en Dios está estrechamente asociada con la dignidad del hombre y que, a la luz de esta verdad, los atentados a la vida, desde su concepción hasta su muerte natural, los ataques a la familia, la insuficiente extensión de la educación y su carencia de valores, la destrucción de personas y pueblos, adquieren una mayor dramaticidad" (11).

De entre todas las heridas a la dignidad, en 1990 los obispos argentinos destacábamos una que conserva toda su actualidad en el umbral del nuevo milenio, la "justicia, demasiado largamente esperada". Una injusticia real que lleva a la pobreza "que se extiende y se agrava hasta dimensiones infrahumanas de miseria" (11) en la marginación trágica de los más débiles.

"Hoy, con tristeza y preocupación, constatamos que la pérdida del sentido de justicia y la falta de respeto hacia los demás se han agudizado y se han convertido en una enorme situación de inequidad, arraigada profundamente entre nosotros. Constituyen una gravísima corrupción moral. Por eso exhortamos a cada uno de los argentinos a mirar su propio corazón, sus opciones concretas y su forma de actuar, para preguntarse si no está participando también él, en mayor o menor grado, en la construcción de esa red de inmoralidad que conduce a la pobreza y favorece tantas formas de violencia y egoísmo. Cada uno, según sus posibilidades y responsabilidad, debe cooperar para eliminar estas verdaderas estructuras de pecado." (11)


5. Necesidad del auxilio del Señor

La lucha contra toda inequidad, contra toda forma de pecado, se hace con la gracia de Dios, que nos ha dejado la presencia de su Hijo en la forma más honda y maravillosa en la Eucaristía, sacramento del sacrificio redentor, que los católicos debemos celebrar especialmente cada domingo para sostenernos en la lucha por la fidelidad al Evangelio, lucha que sólo termina con la vida propia. La Eucaristía es el alimento que nos asimila a Jesús y nos impulsa por el Espíritu al amor de Dios Padre y la amistad fraterna con todos los hombres. Y la Eucaristía, además, abre los ojos para descubrir la presencia de Dios en otros modos y medidas, en la vida cotidiana en la Iglesia y en el mundo: en la proclamación de la Palabra y en la celebración de los sacramentos; en el encuentro con los hombres y en la vivencia de los acontecimientos ordinarios y extraordinarios.

La plenitud de los tiempos es Jesucristo mismo, y desde El, nos llega la luz y la gracia para construir la historia justa y santa en la que el rostro de Cristo ha de manifestarse más vivamente en su Iglesia.


6. División del documento

En la reflexión final el documento ofrece una excelente síntesis de su contenido. En el párrafo N° 20, que titula "Jesucristo ayer, hoy y para siempre" dice así: "Nosotros creemos y confesamos: ¡Jesucristo es el Señor del principio, de la plenitud y del futuro de la historia! Nuestra meditación ha procurado desentrañar algunos aspectos del potencial de luz, belleza y verdad contenidos en este anuncio apasionado. El encuentro con el Señor del principio de la historia nos abre a una nueva comprensión de las grandes cuestiones acerca de nuestro origen y nuestra identidad. El encuentro con el Señor de la plenitud de los tiempos nos revela el sentido más profundo de este tiempo humano; también nos permite vislumbrar las riquezas de la providencia de Dios y la gravedad de la responsabilidad que tenemos para lograr una historia más justa y plena. El encuentro con el Señor del final de la historia nos descubre un panorama original sobre el futuro de la humanidad y del mundo material, hoy tan amenazado. La esperanza y el trabajo, el don y la tarea, la alegría y el dolor se abren al encuentro definitivo con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo" (20).


7. Conclusión

Y los Obispos, antes de encomendar la Argentina a la Virgen Santísima, recordamos nuestra misión de servicio del Evangelio a los hombres de nuestro tiempo, para acompañarlos en el camino de la verdad y el bien, de la justicia, la libertad y la paz. Reconocemos que podemos fallar y pecar, y que debemos estar dispuestos "a pedir perdón y a renovarnos permanentemente bajo el impulso del Espíritu Santo". Pero queremos vivir la verdad de Jesucristo, Señor de la historia, que ha liberado nuestra libertad para el amor, el de Dios y el de los hombres. Los Obispos no hemos querido contribuir a una cierta cultura, del escepticismo y del desaliento, sino a una cultura de la fe y de la esperanza, de la caridad y la libertad, que se reconoce frágil cuando mira las fuerzas humanas, pero que se descubre fuerte cuando confiesa que Jesucristo es el Señor de la historia, que nos acompaña siempre y en todas partes, y que es el mismo ayer, hoy y para siempre.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2269, del 7 de junio de 2000


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