La celebración del año jubilar, a través de sus
múltiples signos y expresiones, nos ha permitido meditar y vivir
intensamente el misterio de la Encarnación redentora del Hijo de Dios, y
nos ha ido conduciendo a la glorificación de la Trinidad.
Al finalizar este Año de Gracia del Señor nos
dirigimos con la mente y el corazón a ustedes, queridos sacerdotes, que
son nuestros primeros colaboradores en la misión de anunciar a
"Jesucristo, el mismo ayer, hoy y para siempre" (Heb 13,8).
Nos anima y consuela encontrar en ustedes "una ayuda a nuestra
limitación, que necesitamos para ejercer el sacerdocio apostólico"
(Oración consecratoria de los presbíteros). La ordenación nos ha
conferido un modo específico de vivir en comunión el llamado universal a
la santidad y a la misión.
Con ustedes compartimos la tarea pastoral de la
Iglesia, y sabemos que tratan de vivir esta solicitud en los diversos
frentes misioneros, afrontando grandes desafíos, no pocas veces entre
serias dificultades y muchos sacrificios.
La preparación y celebración del Gran Jubileo nos ha
comprometido en el esfuerzo de llevar el anuncio de la vida y del amor
misericordioso del Padre a todos los hombres y mujeres de nuestro pueblo.
Ha sido un tiempo rico de iniciativas, donde reconocemos y agradecemos el
trabajo incansable de ustedes, así como de innumerables laicos y
consagrados. Confiemos a la Santísima Virgen María, Madre de los
sacerdotes, esta generosa dedicación pastoral, para que siga produciendo
frutos abundantes y duraderos.
Una familia sacerdotal reunida
por la unidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo
Este año el Santo Padre Juan
Pablo II escribió desde el Cenáculo su carta anual a los sacerdotes, y
nos invitaba a encontrarnos allí espiritualmente, junto a Jesús y los
apóstoles en la Cena, sintiéndonos como en nuestra casa. Su invitación
nos pide revitalizar nuestra comunión sacerdotal según el modelo de la vida
apostólica. La escena pascual del lavatorio de los pies vuelve a
comprometernos a vivir el ministerio episcopal y presbiteral, a semejanza
de Cristo, en la comunión eclesial y al servicio de nuestras comunidades.
Dios nos conceda ayudarnos unos a otros, en este camino, con amor
fraterno.
Deseamos ardientemente que la comunidad apostólica del
Cenáculo, imagen de la Trinidad, sea el modelo de la comunión del
presbiterio junto a su obispo en cada una de nuestras diócesis. Jesús,
orando por nosotros, nos pide amarnos como Él nos ama; permanecer en Él,
como Él permanece en el Padre; recibir el Espíritu de la Verdad. Su
oración nos llena de esperanza: "Que todos sean uno: como tú,
Padre, estás en mí y yo en ti" (Jn 17,21).
Queridos sacerdotes: al concluir este año jubilar
queremos comprometernos junto con ustedes a vivir el sa-cerdocio
ministerial en este rico conjunto de relaciones que brotan de la Trinidad,
se manifiestan en la Encarnación del Hijo y se prolongan en la comunión
de la Iglesia.
El don inefable de la
Eucaristía
En la última Cena el Señor, que
nos amó hasta el fin, nos dejó un signo de su amor en la Eucaristía,
memorial de su Pascua, y nos mandó celebrarlo hasta su vuelta. Los
Apóstoles fueron así constituidos sacerdotes de la Alianza Nueva y
Eterna. También nosotros, por la ordenación, participamos del sacerdocio
de Cristo. En el cumplimiento de su mandato: "Hagan esto en memoria
mía", reconocemos el corazón de nuestra misión.
Hemos procurado vivir un año intensamente
eucarístico. Una significativa expresión de esta vivencia fue el
"Encuentro Eucarístico Nacional" realizado en Córdoba, el
pasado septiembre. Anhelamos que el gozo y el compromiso manifestado por
tanta gente sea perdurable. Es un desafío para todos.
La Eucaristía es manantial y cumbre de la vida
eclesial. Al celebrarla cotidianamente en cada comunidad ofrecemos, con
nuestras pobres manos, la Pascua del Señor, que es fuente de conversión,
comunión y solidaridad. La Eucaristía es también centro de nuestra
espiritualidad sacerdotal y fuente de la caridad pastoral. A todos los
sacerdotes nos conmueve y anima recordar las palabras escuchadas en
nuestra ordenación: "Considera lo que realizas e imita lo que
conmemoras, y conforma tu vida con el misterio de la cruz del
Señor".
Dios nos conceda vivir desde este misterio central de
la Eucaristía, y con una entrega más intensa, todo nuestro ministerio
consagrado a la Palabra de Dios, la celebración de los misterios y la
conducción pastoral. La gracia jubilar renueve en nuestros corazones el
deseo de crecer en santidad, ejerciendo el ministerio sacerdotal y
confiando siempre más en Jesús, Buen Pastor, que nos ha llamado. La
Iglesia en su sabidu-ría y experiencia nos entrega la Liturgia de las
Horas y nos recomienda la lectura orante de la Biblia como búsque-da
permanente del Señor. María, la Virgen oyente y oferente, nos siga
ayudando a crecer en apertura de corazón y fidelidad
El "don" y el
"misterio" que hemos recibido
La Iglesia nos ha regalado a los
sacerdotes, en este último tiempo, un tesoro doctrinal sobre nuestra
vocación, vida y ministerio. Hemos tenido la oportunidad de profundizar
la naturaleza y la misión del sacerdocio ministerial, tanto en la
vocación del clero dioce-sano como del religioso. Todo esto nos marca un
camino claro y seguro para ofrecer nuestra vida de pastores a la glo-ria
de Dios y al servicio del pueblo. Sin embargo para un ejercicio gozoso y
fe-cundo del ministerio no basta una doctrina actualizada. Es necesario un
corazón ardiente de caridad, una honda fe en lo que realizamos, el
equilibrio interior, afectivo y espiritual, y sólidos vínculos de
comunión eclesial.
El Gran Jubileo de la Encarnación nos ha invitado de
nuevo a meditar en el misterio de nuestra identificación con
Cristo Sacerdote. Mantener una actitud contemplativa y agradecida nos
permite reavivar el don de Dios recibido por la imposición de las
manos (cf. 2 Tim 1,6), para realizar con renovada alegría
nuestra vocación apostólica. La vivencia confiada y alegre del don del
celibato será la fuerza íntima de la entrega generosa.
Una entrega pastoral
generosa, siguiendo a Cristo
Al visitar las comunidades en las
que ustedes ejercen el ministerio pastoral, percibimos cómo el pueblo
creyente quiere y escucha a sus sacerdotes. Vemos además que quienes no
participan activamente en la vida eclesial, o incluso quienes profesan
otra fe, por lo general los valoran y respetan. Esta estima nace de la
proximidad con el pueblo, el interés de ustedes por la gente, la
preocupación por sus angustias y necesidades, la capacidad de escucha, la
sencillez, la austeridad de vida, el celo apostólico, la dedicación al
ministerio, el reflejo de una interioridad de oración, la fraternidad
sacerdotal, la disponibilidad. Son éstas algunas de las actitudes que las
comunidades valoran en sus sacerdotes... ¡No las defraudemos!
Comprendemos las dificultades en que se desarrolla hoy
el ministerio presbiteral y la vasta cantidad de requerimientos, que
llevan a hacer del sacerdote un hombre múltiple. Sabemos también de los
riesgos que esto entraña, y a los cuales nosotros mismos estamos
expuestos en el ministerio episcopal: activismo pastoral, oración escasa,
descuido de la dirección espiritual y del estudio, falta de unidad
interior en la dispersión de actividades que llevan al cansancio o la
inseguridad. Reconocemos también cuánto se desgasta la entrega generosa
por los conflictos, la rutina o la soledad. Están además presentes en
nuestra oración quienes por múltiples motivos no han continuado en el
ejercicio del ministerio sacerdotal.
En este ministerio sufrimos personalmente las
dificultades que experimen-ta la gente de nuestras comunidades: so-ledad,
cansancio, enfermedad, ancianidad, fracasos e incomprensiones. Muchas
veces vivimos en carne propia la angustia de tantos pobres y desocupados
que golpean a las puertas de nuestras parroquias y comunidades, en busca
de una ayuda que quisiéramos dar, pero no siempre podemos. No obstante
sabemos que el Espíritu Santo nos sostiene y fortalece en el camino
emprendido hasta la meta definitiva.
Los invitamos a mirar el camino recorrido en la vida
sacerdotal con gratitud a Dios. ¡Las manos de ustedes no están va-cías
de ofrendas de caridad pastoral! ¡Cuántas casas del pueblo o del barrio
visitadas! ¡Cuántas familias con las que han compartido un momento
importante de sus vidas, de gozo o de dolor, llevando la esperanza que
nace de la fe! ¡Cuánto perdón entregado, gracia comunicada, consuelo
ofrecido en gestos y palabras! ¡Cuántos pobres, débiles, enfermos, han
encontrado fuerzas en la caridad de la co-munidad cristiana animada por su
pastor! Lo importante es que, en ese paso cotidiano, con ustedes haya
llegado la misericordia del Padre, en la voz de ustedes haya hablado
Jesús, por las manos de ustedes haya pasado la gracia y la bendición del
Espíritu Santo.
Los invitamos a seguir caminando alegres en la
esperanza, viviendo la ca-ridad del pastor, que es el principio in-terior
y dinámico capaz de unificar las múltiples actividades del sacerdote. En
medio del desaliento del mundo, hemos sido llamados al sacerdocio para ser
testigos de una victoria, la de Jesucristo, el Hombre Nuevo que hace
hombres nuevos. Nuestra gente necesita ver en nosotros, en la comunión
del presbiterio junto a su obispo y en nuestra caridad pastoral, el rostro
de una Iglesia esperanzada, misionera, mística, solidaria, que sea luz en
las tinieblas.
Queridos sacerdotes: reconocemos que no pocas veces
nuestras debilidades y negligencias, o la falta de diálogo y
acompañamiento frente a las difi-cultades que ustedes afrontan, pueden
haber causado incomprensiones y distanciamiento entre nosotros; por todo
ello pedimos perdón. A todos nosotros, obispos y sacerdotes, Jesucristo
nos mira y nos envuelve con su misericordia, como a Mateo, a Natanael, a
Pedro... Somos pecadores y cada uno de nosotros conoce sus propias
miserias y cuánto hieren al pueblo que se nos ha encomendado. Todos
sentimos necesidad de pedirle con confianza a Jesús que nos mire cada
día de nuevo, nos perdone y nos fortalezca para seguir respondiendo a su
llamado. El Señor, que nos ha constituido ministros de la
Reconciliación, nos la ofrece también en este sacramento, al que debemos
acudir con frecuencia. Anhelamos que uno de los frutos de este año
jubilar sea un espíritu de reconciliación que, vivida ante todo entre
nosotros, se proyecte a la sociedad entera.
Tengan siempre la seguridad de que nosotros, sus
obispos, queremos caminar con ustedes por los senderos del Evangelio, y,
junto a todo el pueblo de Dios, ser el signo vivificante que trae a
nuestra sociedad argentina la esperanza que no defrauda: Jesucristo,
Señor de la historia.
Un dinamismo de fraternidad y
comunión
En su carta anual también nos
pedía el Papa Juan Pablo II "que la imagen de Cristo, rodeado por
los suyos en la última Cena, nos lleve a cada uno de nosotros a un
dinamismo de fraternidad y comunión..."
Hemos sido constituidos pastores para la comunidad
eclesial, pero ello exige vivir muy intensamente la ínti-ma fraternidad
sacramental del presbi-terio, unido en y con el obispo. La cari-dad
pastoral nos pide que, para no correr en vano, trabajemos en comunión.
Así encontraremos la unidad de nuestra propia vida en la unidad misma de
la misión de la Iglesia.
Al escribir esta carta renovamos nuestro compromiso
episcopal de acompañarlos como padres y amigos en la vocación común que
nos une con Cristo, Sumo Sacerdote y Buen Pastor, y en la misión común
al servicio de todos, para la que fuimos consagrados sacramen-talmente por
el Orden Sagrado.
Les pedimos de corazón que eviten el aislamiento, que
sigan fomentando los espacios presbiterales fraternos, pequeños
cenáculos para orar, estudiar, pensar la pastoral, descansar, crecer en
la amistad y el servicio mutuo. La vida fraterna es fuente de sereni-dad,
consuelo y alegría en el ejercicio del ministerio. Acompañemos muy de
cerca a los presbíteros enfermos y an-cianos; a aquellos más necesitados
de ayuda espiritual y afectiva, material y pastoral; a los que atraviesan
dificultades y están necesitados de comprensión y escucha; a los
sacerdotes jóvenes que comienzan la hermosa y di-fícil misión de
evangelizar y edificar la Iglesia en Cristo Cabeza. La soli-citud por la
Iglesia se manifieste en ustedes de un modo especial como dis-ponibilidad
para ayudarse mutuamente en el ejercicio del ministerio, y en las
múltiples responsabilidades a las que el Señor los llama.
Que el ejemplo de quienes nos precedieron en este
oficio de amor al servicio de nuestro pueblo, nos estimule a redoblar
nuestros esfuerzos por los senderos de la fidelidad y la entrega diaria,
como el Siervo de Dios José Gabriel Brochero, cuyo testimonio nos marca
un derrotero a seguir en el espíritu de la caridad pastoral.
Queridos sacerdotes: apreciamos grandemente la entrega
y la fidelidad con que buscan responder a su vocación, y estamos seguros
que Dios las ha de premiar con nueva fecundidad para la Iglesia de nuestra
Patria.
Confiemos nuestro sacerdocio a María Santísima,
nuestra Madre de Luján, quien comenzó a manifestar la maternidad hacia
la Iglesia precisamente en el Cenáculo, uniendo a los Apóstoles en la
oración y acompañándolos en la espera del don del Espíritu Santo,
cumplimiento de la promesa de Jesús. Queridos sacerdotes, con gratitud
hacia ustedes, los abrazamos y los bendecimos.
Los Obispos de la Argentina, San Miguel, 11 de noviembre de 2000, memoria de San Martín de Tours