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HOMILÍA DE MONSEÑOR ESTANISLAO KARLIC
EN LA MISA DE APERTURA
(81ª Asamblea plenaria de la cea)



1. Bendito de Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que hoy nos consagra en la Eucaristía para iniciar la octogésima primera Asamblea Plenaria.

Creemos que la Eucaristía es la fuente y la culminación de toda la vida cristiana y, por lo tanto, de nuestro servicio episcopal, porque contiene el misterio de Cristo en la plenitud de su Pascua.

Empezamos agradeciendo por sentirnos amados por el Señor que nos reúne hoy por la fuerza del Espíritu y empezamos pidiendo para nosotros humildad y obediencia a las inspiraciones y a los impulsos de su gracia para poder conducir a la Iglesia en la Argentina.


2.
Es la primera asamblea del año, del siglo y del milenio. Queremos identificarnos con la Iglesia entera, que conduce Juan Pablo II, para participar de su sabiduría, su amor y su esperanza, para que podamos escribir con nuestra acción pastoral, la parte de la historia santa que Dios Padre ha dispuesto en su Providencia.

En «Novo millennio ineunte» el Santo Padre nos dice que, saliendo de la celebración del Jubileo, «...ahora ya no estamos ante una meta inmediata, sino ante el mayor y no menor comprometedor horizonte de la pastoral ordinaria», y que «dentro de las coordenadas universales e irrenunciables, es necesario que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial, como siempre se ha hecho. En las Iglesias locales es donde se pueden establecer aquellas indicaciones programáticas concretas... que permiten que el anuncio de Cristo llegue a las personas, modele a las comunidades e incida profundamente mediante el testimonio de los valores evangélicos en la sociedad y en la cultura»(29).

Poco antes había dicho el Papa que «no se trata de inventar un nuevo programa. El programa ya existe... Se centra... en Cristo mismo, al que hay que conocer, amar e imitar, para vivir en él la vida trinitaria y transformar con él la historia, hasta su perfeccionamiento en la Jerusalén Celeste».

En el plan y la acción pastoral, el mismo siempre en su esencia, se tiene en cuenta dice el Santo Padre, el tiempo y la cultura que permiten que se vayan manifestando las riquezas insondables de Cristo y su Evangelio (cfr. 29).


3.
El Papa nos dice que para emprender el camino difícil, maravilloso y apasionante del Nuevo Milenio, hemos recibido como herencia del Gran Jubileo, el encuentro con Cristo y cuando precisa su pensamiento, escribe: «Si quisiéramos individuar el núcleo esencial de la gran herencia... no dudaría en concretarlo en la Contemplación del rostro de Cristo: contemplado en sus coordenadas históricas y en su misterio, acogido en su múltiple presencia en la Iglesia y en el mundo, confesado como sentido de la historia y luz de nuestro camino» (15).

Es lo que queremos hacer: renovados por la gracia del Jubileo, mirar, escuchar, seguir a Cristo, Buen Pastor, para realizar su designio de amor en la Argentina.

Es lo que ya expresamos , a nuestra medida, con el documento «Jesucristo Señor de la historia». Allí decíamos, confesando nuestra fe, que Jesucristo, estuvo «en el principio del tiempo», se hizo hombre «en la plenitud de los tiempos» y nos acompaña siempre hasta «el final de los tiempos», y quisimos iluminar con la verdad del Evangelio el corazón de los fieles.

El Papa nos invita a contemplar el rostro de ese Cristo que es Hijo eterno del Padre, rostro doliente, hasta el extremo de la Cruz y de su grito: ¿Por qué me has abandonado? y rostro glorioso por la resurrección, que trae el gozo y la paz a sus discípulos y al mundo.


4.
Hemos venido aquí antes que nada, a contemplar a Cristo, y así intentar encontrar los caminos por los que nuestro pueblo, nuestros hermanos, se acerquen al Señor y también lo contemplen.

A El lo encontraremos en su Palabra acogida con fe, en la Eucaristía celebrada con gozo, en la convivencia y el diálogo vivido como búsqueda fraterna de la sabiduría pastoral.

A El lo queremos acercar a los hermanos por la Liturgia, acción sacramental de Cristo por medio de su Iglesia, para santificación de los fieles.

A El lo queremos celebrar especialmente en el Domingo, que recibe su verdadero sentido por y desde la Eucaristía, presencia de Cristo en su Pascua.

En ella se recuerda la pasión del Señor, se llena de gracia el corazón del hombre, y se le da una prenda de la Iglesia futura.

Es decir, se contempla el rostro del Señor, se participa de su gracia para santificación de la vida del hombre, y se intensifica el dinamismo hacia el futuro absoluto de la eternidad, la escatología que se adelanta en cada acto de amor pleno de los creyentes.

El domingo, que es día del Señor es también día del hombre, porque sólo en el misterio del Verbo Encarnado se ilumina el misterio del hombre. Quiera Dios que llenando el domingo con el misterio de Cristo que muere y resucita para salvarnos, en la paz del descanso laboral, rescatemos más ricamente el corazón de nuestros hermanos para la verdad del Evangelio y la vida de la gracia.


5.
El Papa nos enseña que debemos Caminar desde Cristo. Sin El, nada podemos, con El todo lo podemos. «Da lo que mandas, y manda lo que quieras», decía San Agustín.

El está con nosotros. Nos emociona siempre la escena de Emaús. Y nos sostienen las palabras del Resucitado, «Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,20).

El Señor no está sólo al lado nuestro, sino en nosotros mismos. Cristo es nuestra vida. San Pablo exclama: «Vivo yo, mas ya no yo, sino que Cristo vive en mí». En verdad, es la Santísima Trinidad la que habita en nosotros y nos santifica con su presencia.

Esta vida santa es la vocación universal de todos los hombres. Dice el Papa que no es vocación «solo para algunos genios de la santidad», sino para todos. «Es el momento, -son palabras de Papa-, de proponer de nuevo a todos con convicción este alto grado de la vida cristiana ordinaria». Y nos escoge a tener «una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona», una pedagogía que debe distinguirse en «el arte de la oración». En este contexto nos recuerda «las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia» (31).

¿Puede la Iglesia atreverse a hablar de la santidad a un mundo herido por el relativismo escéptico y por la anomia moral, ganado en gran parte por la idolatría del placer, del tener y del poder, que ha perdido el sentido del pecado?

¿Podemos en la Argentina llamar a los jóvenes a la santidad de la palabra que no miente, del pacto que se cumple, de la sexualidad que se honra con honestidad?

¿Podemos llamar al trabajo para todos, al trabajo honesto y justamente retribuido?

¿Podemos llamar a la responsabilidad de todos en la esperanza de todos?

¿Podemos pedirnos la justicia y la solidaridad en toda la vida social y política?

El Papa nos pide que la santidad de todos sea la perspectiva de nuestro trabajo pastoral.

Ser santos no significa evadirse del mundo, sino meterse más hondamente en él, asumirlo por entero, desde su raíz y en todos los momentos, para sanarlo de sus enfermedades, convirtiéndonos primero nosotros y para elevarlo a la dignidad de la vida de los hijos de Dios.

Quiera Dios que esta Plenaria misma, sirva realmente para encontrar los caminos de santificación de nuestro pueblo.

Duc in altum. Mar adentro, a las honduras del misterio, el de Dios y así el de los hombres.

No temamos, abramos las puertas a Cristo.


6.
Habiéndonos llamado a la pastoral de la santidad y de la oración, nos convoca al amor, a la vida de la caridad, que el Espíritu Santo derrama en nosotros, y así nos exhorta a amarnos los unos a los otros como El nos ha amado (cfr. Jn 13, 34).

«La caridad es verdaderamente el corazón de la Iglesia» dice el Papa, y continúa con esa cita tan famosa de Santa Teresita: «Comprendí que la Iglesia tenía un Corazón y que este Corazón ardía de amor. Entendí que sólo el amor movía a los miembros de la Iglesia... Entendí que el amor comprendía todas las vocaciones, que el Amor era todo».

Por eso el Papa nos pide «Hacer de la Iglesia la casa y la escuela de la comunión», y nos dice: «éste es el gran desafío que tenemos ante nosotros» (43).

Sólo respondiendo a él, seremos fieles al designio de Dios y a las profundas esperanzas de los hombres.

Esta comunión que se funda en el misterio de la Santísima Trinidad y del Cuerpo Místico, nos exige ver el rostro de Cristo en el del prójimo y considerar al otro como «uno que me pertenece». Como nadie es extraño a Cristo, porque El por su encarnación redentora «se ha unido, en cierto modo, con todo hombre» (GS 22), también hay que decidir que nadie es extraño a otro hombre, porque todos estamos llamados, por nuestra única vocación divina, a comulgar en el Señor.

En esta vocación se funda la dignidad, la igualdad y la fraternidad de los hombres. La pregunta que debemos hacernos es si «damos espacio» al hermano para recibirlo como un don para mí, y si yo antes me ofrezco como servidor de su persona y su destino por el amor.

Queremos desde nuestro ministerio, enseñar que esta espiritualidad de comunión debe tener su real vigencia en la vida de la Iglesia, y debe tener su consecuencia en la vida económica y social, política y cultural, porque debe abrazar toda la conducta humana.

No debemos ceder en la exigencia de la caridad, de la espiritualidad de comunión por muy profundo que sea nuestro egoísmo. Es más, el misterio de amor misericordioso de Jesús se manifestó en la culminación del pecado del hombre que fue su pasión y muerte.

Con la verdad de la comunión con Dios, luchar por la comunión con todos los hombres. Cada día. Para superar las pequeñas y grandes brechas: en las familiares, las económicas, las sociales, las políticas, las religiosas y las culturales; las que hoy hemos creado, y las que hemos creado antes, que son un peso grandeque oscurece nuestro sueño y hace más lento nuestro paso como nación.

La caridad que reclama la reconciliación de todos los argentinos será un pedido humilde y perseverante a Dios, y un llamado profundo que haremos a nuestros hermanos. Queremos proclamar la profecía del futuro, que en el designio de Dios es de comunión, que supone que las personas se quieren como hermanos desde sus corazones. Porque Dios los quiere, es posible y es debido.

La caridad que es esencialmente universal, tiene también, por exigencia de su misma esencia, opción preferencial por los pobres, en general, y por todos los menores.

Esta caridad, gratuita y espléndida, que rompe los esquemas y supera los cálculos de la pura razón, es la que debe tener la prioridad en la pastoral y en la vida de los fieles.

Por gracia de Dios es hoy posible. Es la libertad del hombre, el hombre libre, quien debe abrirse a la belleza de sus maravillas, para que la Iglesia sea para el mundo sacramento de salvación.

Por esta caridad queremos construir la civilización del amor, que supone a la cultura de la vida en lugar de la cultura de la muerte, la cultura de la solidaridad y la comunión en lugar de la cultura del egoísmo y la fractura.


7.
Estamos recibiendo a dos nuevos cardenales, por los cuales nos sentimos como argentinos, más cercanos al corazón del Papa, así de la Iglesia y así de Cristo Nuestro Señor.

Agradecemos profundamente al Santo Padre su predilección y su confianza.

Felicitamos a nuestros hermanos en el Episcopado por la novedad de su servicio universal que les exigirá más hondura en el amor de su entrega.

El Papa ha querido, nos decía hoy un hermano Obispo, que el término del Jubileo fuese comienzo de un proceso.

Que esta Plenaria sea parte de ese proceso que el Papa quiere conducir para servir y santificar el mundo y su historia.

María, Madre de la historia, porque Madre de Cristo, sea quien nos acompañe en esta marcha, porque Jesús le dijo: Mujer, he ahí a tu hijo. Somos nosotros. Amén.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2317 del 16 de mayo de 2001


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