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HOMILÍA
DEL CARDENAL
JORGE MARio bergoglio, sj
Pronunciada en la 81ª Asamblea Plenaria de la CEA
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios nos pone delante tanto del principio de
unidad de toda comunidad de la Iglesia como del instrumento de disgregación y
destrucción. El principio de unidad es Jesús y nuestro recurso a El: «cuida
Señor a tu Iglesia con amor incansable». Cuántas veces repetimos esto y
apelamos a ese amor incansable que congrega. Es el principio de unidad de la
Iglesia, el rostro, la piedra angular. Es Cristo y nuestra confiada oración. Es
una versión cotidiana de la confesión de Pedro: «Vos sos Cristo, el Hijo de
Dios vivo y por lo tanto, como dijiste que lo harías: congregá a tu Iglesia,
uníla».
El instrumento de destrucción de la Iglesia, de disgregación,
aparece cuando una comunidad cristiana empieza a surgir. «Al ver esa multitud
los judíos se llenaron de envidia». La vieja envidia. «Por la envidia del
diablo entró el pecado del mundo», dice la Palabra. Esa vieja envidia cainista
que siembre el demonio y no puede tolerar el crecimiento armónico de la
Iglesia. Desarmoniza, destruye y detrás de toda desunión está El, inspirado,
el «padre de la mentira» y, hasta disfrazado de celo apostólico, de celo por
la Gloria de Dios porque esos judíos, de los que habla la Palabra, defendían
la gloria de Dios. Pero uno ve el espíritu por el cual están conducidos. Es
propio del «padre de la mentira», cuando siembra algo, provocar tres cosas en
una comunidad: toda tentación de él crece, se contagia y se autojustifica y acá
crece la ira de esta gente, lo persiguen. Contagian e instigan a esas «señoras
gordas» que pertenecían a la aristocracia para que vayan a la autoridad y les
digan: «vamos, muevan la cosa», se apoyan en los poderes temporales y buscan
alianzas y se justifican diciendo que se hace por la gloria de Dios.
Sin embargo, los apóstoles -dice el texto- estaban llenos de
alegría, sencillos. Persecuciones por fuera y angustias por dentro, dirá San
Pablo. Y la misma alegría en medio de eso. La alegría que tuvieron Pedro y
Juan cuando les dieron la paliza y salían contentos de haber sufrido algo por
el Señor Jesús. Y no pierden el coraje. El coraje de seguir anunciando la
Palabra y seguir uniendo a la comunidad. Es el mismo coraje que los lleva, la
misma parrecía, que los lleva a hablarle al Señor y a pedir en su nombre que
haga gestos. Recurrir al principio de unidad profundamente. Y el Señor que
dice: «Si ustedes me piden algo a mi nombre yo lo voy a hacer». Y eso el Señor
se lo dice a hombres frágiles. Pero a hombres frágiles que han sentido la
caricia de su misericordia y eso les da fuerzas para recurrir a su Señor.
Descansan en la misericordia de su Señor que se hace promesa de escuchar todo
lo que piden.
Ojalá nuestras comunidades, cuando el demonio siembra la
discordia, la envidia y nos alarmanos, como dice Pedro, por todo ese incendio
que se ha levantado entre ustedes, podamos reposar nuestro corazón en la
misericordia de nuestros hermanos como lo reposamos en la misericordia de Jesús
para pedir. Así iremos uniéndonos en bien de nuestras comunidades.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2317 del 16 de mayo de 2001
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