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Homilía
de monseñor
Estanislao Esteban Karlic
Arzobispo de Paraná y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en
la Eucaristía de apertura de la 82ª Asamblea Plenaria, en la casa "María
Auxiliadora", San Miguel, 12 de noviembre de 2001
1.
El Jubileo del año 2000 nos ha dejado como herencia el encuentro
con Cristo, nos dice el Papa en
Novo Millennio Ineunte.
Es El quien resume el amor de Dios Padre por nosotros, los hombres,
y es El el Señor de nuestras vidas y de nuestra historia.
De esta herencia preciosa tomamos conciencia profunda los Obispos
que participamos del Sínodo y nos enriquecimos con ella para
considerar con sabiduría y serenidad la situación de nuestro mundo
convulsionado por los males tremendos de la pobreza, la enfermedad y
la guerra, que ha adquirido en nuestros días la forma espantosa del
terrorismo; de nuestro mundo oscurecido por la falta de verdad y de
certeza, entristecido por la orfandad de Dios Padre; perplejo ante
la contradicción de una libertad que esclaviza al otro que es más
pequeño, de una igualdad y de una fraternidad que no se realizan
por los egoísmos de individuos, de grupos y de naciones.
2.
Los Obispos argentinos, hoy reunidos en Asamblea Plenaria, también
nos sentimos herederos del Jubileo, con la riqueza infinita del
encuentro con Jesucristo vivo. A El lo queremos acoger en esta
Eucaristía, con la intimidad que sólo es posible para Dios.
Necesitamos su auxilio y fortaleza, su sabiduría y su consuelo.
Queremos ser sus servidores, sus sacramentos, signos e instrumentos
de su misericordia, para que la Argentina sea cada vez más una
nación de hermanos. Hemos empezado hoy a considerar las
preocupaciones y las esperanzas de nuestro pueblo, hemos comenzado
también ya a soñar con El, porque todo tiempo es capaz de las
bendiciones de Dios y de la grandeza del hombre con su sabiduría,
su libertad y su amor. Todo tiempo es capaz de una historia grande y
santa, por la nobleza de la respuesta del hombre al llamado de Dios.
Queremos vivir nosotros en primer lugar, la nobleza y la santidad de
los hijos de Dios e invitar a todos nuestros hermanos a la oración
y al seguimiento de Jesús. Así, y sólo así, nuestra vida
llegará a tener la plenitud, el esplendor, que todos ansiamos; una
existencia sostenida por la esperanza que no defrauda, porque se
funda en la promesa de Jesús de estar siempre con nosotros hasta el
fin de los tiempos.
3.
Duc in altum, Navega mar adentro, nos dice el Papa con palabras del
Señor. Son palabras para todos los fieles del mundo, también para
los argentinos. Estamos invitados por el Señor a la tarea difícil
y sacrificada de responder a los problemas contemporáneos. Aunque
nuestros males son profundos y prolongados, no por ello ha cambiado
nuestro destino divino. Estamos siempre ante el misterio de
iniquidad del pecado y el misterio de piedad de la misericordia de
Dios. Es el combate espiritual que debemos enfrentar individuos y
pueblos. Pero sabemos para consuelo y esperanza, que donde abundó
el pecado, sobreabundó la gracia, según nos enseña San Pablo.
Reconozcamos primero, que somos amados por Dios con amor gratuito y
fiel. Y así reconozcamos nuestros pecados, con arrepentimiento
sincero y con propósito firme de cambio de conducta, para abandonar
toda corrupción moral en la familia y en la sociedad, en la
economía y en la política, para no mentir ni robar, para no odiar
ni oprimir, para realizar la justicia y la solidaridad, para
defender la vida y la familia, para reconciliarnos en la sociedad,
cada uno en el ámbito de su vida cotidiana.
4.
Duc in altum, Navega mar adentro. Los primeros interpelados somos
nosotros, los Obispos. Lo oímos en el Sínodo, cuando se
describían las cualidades que deben tener los pastores. Queremos
exhortar a navegar mar adentro a todos nuestros hermanos. Porque,
con palabra de San Agustín debemos decirles: "para ustedes
somos obispos" en este camino de la vida, en la que "con
ustedes somos cristianos".
5.
Queremos contemplar el Rostro de Cristo para llenarnos de su
misterio de gloria. Rostro del Hijo que nos comunica el ser hijos de
Dios. Rostro doliente, que nos hace capaces de completar en nosotros
su pasión salvadora. Rostro del Resucitado que nos comunica la vida
divina de la gracia.
No es otra la esperanza, sino Cristo que muere y resucita para
nuestra salvación. En El, tenemos esperanza de la gloria y de todo
lo que nos prepara y nos conduce a ella en esta tierra. Por grande
que sea nuestro pecado, tenemos esperanza en nuestra conversión
cotidiana y en la conversión de nuestros hermanos a los que
servimos precisamente por el Evangelio de la gracia y las virtudes.
Es difícil hacer comprender a quienes tienen la fe debilitada o no
la tienen, que somos ministros de la gracia y de la vida moral. No
somos una institución más entre las instituciones del mundo, que
nosotros valoramos, con las cuales, sin embargo no podemos
identificarnos. Somos signo e instrumento de la acción salvadora de
Cristo, que continúa obrando en la Iglesia.
El Papa nos pide, a todos en la Iglesia, la santidad. Empezando el
Tercer Milenio, los pastores nos comprometemos a buscar con más
fervor la santidad para nosotros mismos para ser más dóciles
servidores del Señor; santidad que no es sino imitar a Jesucristo,
en todos sus momentos, y de un modo absolutamente único, en su
sacrificio redentor. Pedimos la gracia de presidir realmente a
nuestro pueblo en el camino de la vida santa, con nuestro ministerio
y con nuestra propia existencia. Lo debemos hacer dentro del
misterio de comunión que es la Iglesia, y en el seno del colegio
episcopal, que formamos todos los Obispos del mundo, con el Papa y
bajo su autoridad. Así acabaremos de vivir nuestro ministerio, en
la misión incansable que busca a todos los hombres y a todo el
hombre, en un auténtico diálogo, que, en el respeto sincero del
otro, está animado por el deseo generoso de comunicar y compartir
los bienes de la fe y de la gracia con todos los hombres.
6.
¿Quién piensa la Argentina? Todos los argentinos tenemos esta
deuda. Nuestro servicio del Evangelio quiere proclamar la verdad de
que el Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre se haga hijo
de Dios y viviendo en la gran familia de hermanos que es la Iglesia,
transmita los grandes valores humanos y cristianos de fraternidad y
solidaridad a la sociedad que lo rodea. Con el Papa queremos decir
que "las estructuras del pecado /.../ sólo podrán ser
vencidas mediante el ejercicio de la solidaridad humana y cristiana
a la que la Iglesia invita y que promueve incansablemente"
(Oruro, 11.5.1988). "Solamente una solidaridad basada en el
amor y fruto del mismo ofrecerá esperanzas de un fundamento estable
a la construcción de una sociedad justa y fraterna" (Santa
Cruz, Bolivia, 13.5.1988). Trabajamos así para que haya trabajo y
pan en cada mesa de familia, para que nuestros niños y jóvenes
sean sanos, estudien y crezcan en su cultura, y así vivan en la
esperanza y en la paz.
7.
"Tú nos convocas. Aquí estamos, Señor, cercanos a María,
que desde Luján nos dice: ¡Argentina! ¡Canta y camina!
Jesucristo, Señor de la historia, te necesitamos, amén".
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2344 del 21 de noviembre
de 2001 |