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NECESITAMOS RESPUESTAS EJEMPLARES


Homilía pronunciada por Mons. Estanislao Esteban Karlic, arzobispo de Paraná y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en la eucaristía de apertura de la 83ª Asamblea Plenaria, en la casa "María Auxiliadora", San Miguel, 22 de abril de 2002



1. La Eucaristía es fuente y culmen de toda la vida de la Iglesia, porque en ella se hace presente Jesucristo Nuestro Señor con la riqueza de su Pascua.

Con esa riqueza queremos empezar nuestra asamblea, que se reúne para vivir el misterio de nuestro episcopado, que en virtud de su naturaleza misma, cuando obra en comunión, se enriquece y se hace capaz de hacer mayor bien.


2. Nuestra acción episcopal debe ser esencialmente espiritual, religiosa, sobrenatural. No tiene por fin propio la riqueza, el poder, ni otro bien natural. Su razón de ser es la gloria de Dios y la vida de la gracia de los hijos de Dios. Por eso los Obispos junto con los presbíteros, proclamamos el Evangelio de la Redención de Jesucristo, celebramos los sacramentos que nos perdonan los pecados y nos incorporan a la vida nueva de hijos de Dios, y enseñamos la ley moral, los diez mandamientos, que se resumen en el amor a Dios y al prójimo.

Nuestro apostolado, lo sabemos bien, se extiende a toda la vida del hombre como individuo y como sociedad, y debe iluminar y rescatar todos los tiempos de la historia de los pueblos, porque Dios es Padre y Señor de todos los hombres.

Todo se orienta a que el "hombre viejo", se transforme en "hombre nuevo", como lo es Jesús, para que viva la dignidad de hijo de Dios en santidad y justicia, sabiendo que es la única creatura que Dios ama por sí misma, que debe ser libre con la auténtica libertad que es para el servicio del amor, y que no puede ser sometida al dominio de ninguna otra creatura, que debe ser señora del universo para transformarlo embellecerlo y utilizarlo en su trabajo, creatura cuyo destino es la vida eterna.

Todo el hombre debe ser asumido por la vida de Cristo, sanado de sus males, y elevado a la dignidad de "hombre nuevo", de hijo de Dios en Cristo. Y debe ser orientado a que en todas sus opciones libres se rija por el Evangelio. Por eso queremos combatir la pobreza y la enfermedad, la mentira y la codicia, la lujuria y la opresión.

Sabemos que no todos nos aceptan, pero a todos ofrecemos el servicio de nuestro ministerio, porque Cristo murió y resucitó por todos, sabiendo también que Dios obra en los que exteriormente están alejados de la Iglesia por medios que no siempre podemos conocer.


3. Con este deseo universal de servir a la vida de hombres y pueblos, en el marco propio de nuestro ministerio, accedimos al pedido de que ofreciéramos un ámbito espiritual y moral, para favorecer y garantizar el diálogo entre los diversos sectores de la sociedad argentina. Hemos querido actuar como casa de familia, que es casa de hermanos, que se abre para que ellos se encuentren, se entiendan y estrechen sus lazos. No hemos sido un miembro más del diálogo, sino quienes prestaban su presencia y su palabra para mantener los encuentros en el nivel de la búsqueda del bien común, de la buena voluntad, del combate contra el egoísmo, la hipocresía, la corrupción y la inicua defensa de beneficios sectoriales. No ha sido fácil. Pero se intentó vivir la verdad del designio de Dios de que "el hombre es hermano del hombre" y se procuró combatir todo aquello que corrompe la libertad y "transforma al hombre en lobo del hombre".

Los esfuerzos prolongados, acompañados por la experiencia de las Naciones Unidas, procuraban encontrar caminos para la amistad social, que es el auténtico vínculo de la sociedad, amistad que exige siempre una auténtica conversión personal.

Damos gracias a Dios por haber prestado un servicio, un servicio de paz de los hermanos, en medio de tantas ansiedades, incertidumbres y perplejidades.


4. Somos conscientes de que las convergencias y las soluciones son difíciles de formular y más aún de realizar. Porque exigen la conversión del corazón. Se han dado pasos importantes. Quiera el Señor regalar buenos frutos. Pero la responsabilidad es de todos los argentinos, de sus dirigentes, y en un modo especial, de los dirigentes políticos.

Los Obispos hemos hablado y actuado no porque tuviéramos certeza de resultados positivos, que ciertamente anhelamos, sino porque teníamos el deber de obrar. Tenemos el mandato de Jesús de predicar el Evangelio y de iluminar todos los acontecimientos humanos con la Palabra del Señor. Después de haber interpelado así la conciencia de los interlocutores, no queda sino esperar con respeto la respuesta del otro. Nuestra palabra y nuestro servicio se dirige a hombres libres. Y ante la libertad del otro, quedamos inermes, esperando, y sabiendo que la verdad tiene fuerza por sí misma, y que Dios interpela la conciencia de los hombres con la virtud del Espíritu, maestro interior.

La palabra del Evangelio nunca es coercitiva. Cuando el misionero la proclama al no creyente, sólo le queda esperar la respuesta generosa de su fe.

De modo semejante, fue la actuación de los obispos y laicos que en nombre de la Iglesia estuvieron en la Mesa del Diálogo.

El bien común de la Argentina, que es para todos, debe ser obra de todos. Su responsabilidad es de todos.

Necesitamos respuestas ejemplares, que recreen la confianza del pueblo. El pueblo confía en aquellos que lo sirven porque lo aman. Quien sirva y ame primero, con sabiduría y sacrificio, sin cálculos y con austeridad, creará confianza y recreará el tejido social, la amistad social de Argentina.


5. Es preciso tener grandes testimonios de nobleza en la vida social y política. Sabemos que el Reino de Dios debe prepararse en medio de las turbulencias de la historia humana. Pero Dios actúa en aquellos que descubren su vocación de servicio a la comunidad. Hemos de repetir que el servicio político es una de las grandes manifestaciones de la caridad fraterna, cuando se lo vive libre de los injustos intereses personales o sectoriales. A la política también se la puede asumir en la nobleza de la conducta humana, purificándola de sus corrupciones, y elevándola a las alturas del hombre nuevo, el que nosotros sabemos, ha sido renovado por Jesucristo Nuestro Señor.


6. María, Madre del Hijo de Dios y Madre de todos los hombres, es Madre de nuestra Patria. A ella le encomendamos el diálogo cotidiano de nuestro pueblo, para que se construya siempre con gozo y esperanza.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2367 del 1 de mayo de 2002


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