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NUESTRA MISIÓN ES EVANGELIZAR


Homilía de Mons. Eduardo Vicente Mirás, arzobispo de Rosario y
Presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, en la Misa de apertura de la
85º Asamblea Plenaria del Episcopado Argentino.


Queridos hermanos:

Unidos al Señor en esta Eucaristía, comenzamos la octogésima quinta Asamblea Plenaria del Episcopado Argentino, pidiéndole que ilumine nuestros trabajos e inspire las acciones que debamos promover en nuestra pastoral.

Ayer domingo meditamos el evangelio en el que Cristo nos renueva el mandamiento del amor (Jn.15,9-17) y nos ofrece su amistad, dándonos a conocer todo lo recibido del Padre. Allí reafirma que nos eligió Él para este ministerio y nos destinó a ir al mundo a fin de dar frutos de salvación.

Hoy, la Palabra de Dios proclamada en esta liturgia, nos enfrenta a la promesa del Paráclito. El Espíritu de Verdad que proviene del Padre, da testimonio de Jesús, abriéndonos camino para que también nosotros demos testimonio de El hasta con la propia vida, si fuera necesario. Y nos advierte que la predicación de la Verdad siempre será  fuente de persecución, seguramente sorda y no cruenta, pero constante y agobiadora, porque el mundo prefiere con facilidad la cómoda anchura del propio parecer, la falta de compromiso y aún la mentira, antes que la rectitud de vida y la verdad, propuestas en el evangelio. Tan fuerte es este desacierto que muchos creen estar obrando lo justo al oponerse a los valores cristianos, considerados como una rémora, y al negar aquellos otros que surgen del mismo orden natural, que la Iglesia no podría abandonar jamás.

Nuestra misión es evangelizar. Proclamar los principios del evangelio y también reafirmar los de la moral natural que la Iglesia, conformada por todos los fieles cristianos, nunca puede callar ni mucho menos traicionar, porque es la "Esposa fiel de Cristo" de quien no puede apartarse.

En muchas circunstancias del confuso y difícil momento que ha pasado el país, tuvimos que darle singular colaboración. Baste recordar el marco ofrecido para el diálogo que buscó unir a la ciudadanía dispersa y proyectar una Nación posible. No faltó la necesaria y repetida exposición de los principios de moral pública y privada en la enseñanza de los pastores; el intento de extender el conocimiento de la Doctrina Social en defensa de los derechos inalienables de la persona: como el derecho a nacer, al trabajo, a la vida digna, a participar activa y democráticamente en la acción política; y la denuncia profética de toda corrupción. A ello debemos sumar el testimonio de la caridad, que no puede faltar en la Iglesia, en la incesante colaboración fraterna para con los más necesitados, en especial mediante las obras realizadas por Caritas. Todo sostenido por la constante plegaria, a la que invitamos a cada uno de los hombres y mujeres de buena voluntad, orando a Cristo, el Señor de la historia, para que bendiga y ayude al país.

Desde el comienzo guardábamos clara conciencia de que nuestras palabras y acciones serían recibidas de corazón por los fieles cristianos y por la mayoría del pueblo, cosa que agradecemos vivamente, pero también sabíamos que, de uno u otro modo, serían rechazadas con respuestas de diversos tonos y actitudes por quienes se sintieran objetados en su modo de pensar o en sus propios intereses. Este rechazo muchas veces se viste de ruindad. El Señor, en su providencia, ha permitido que lo experimentaran algunos de nuestros hermanos.

Los versículos de Los Hechos de los Apóstoles (16,11-15) proclamados en la primera lectura, al recordarnos la obra del Espíritu entre los habitantes de Filipos: las conversiones, los bautismos y la permanencia de la predicación en la ciudad, también nos muestran la pronta respuesta de los intereses espurios que se opusieron a la enseñanza de Cristo, y llevaron a Pablo y a Silas al vejamen de los azotes y la cárcel, de la que milagrosamente los sacó el Señor. Es el paradigma de la predicación evangélica que ha recorrido toda la historia.

Pero, en definitiva, la buena nueva de Jesús acabó abrazando al mundo. Antes o después, irremediablemente la verdad triunfa sobre la mentira y el amor se impone a todos los odios. Es que la muerte y la resurrección de Cristo que subió a la derecha del Padre para interceder por nosotros, no fueron en vano. El grano de trigo caído en el surco del mundo para morir en él, dio mucho fruto y lo dará  siempre. Si no hubiese muerto hubiera quedado sólo, nos enseña el Maestro.

La alegría de la resurrección que aún estamos celebrando en el ciclo litúrgico, nos mueve a pedir las luces del Espíritu y a renovar nuestro ruego de fortaleza y arrojo para ser siempre auténticos testigos y mensajeros del evangelio de la vida, sabiendo que Jesucristo es la piedra angular y que en ningún otro se halla  la salvación que estamos llamados a ofrecer al mundo (Hech.4,11-12). Él acompaña nuestro empeño evangelizador y misionero también en este momento de la historia que siempre es tiempo de esperanza.

Empeño evangelizador que requiere organización. Para planificar la tarea pastoral de los próximos años, nuestra Asamblea tendrá  como eje el estudio y la aprobación definitiva de las Líneas para la Nueva Evangelización, dentro del espíritu de la "Novo millennio ineunte". Líneas que llamamos "Navega mar adentro", tomando la frase de Lucas (5,4), en la preciosa escena de la primera pesca milagrosa.

El camino de la Iglesia se interna hoy en el mar proceloso de los confusos problemas morales y religiosos de la postmodernidad y requiere ser abordado con nuevos métodos y expresado con un nuevo lenguaje que haga posible hacer presente a la sociedad actual, la eterna y única verdad de salvación: "Jesús es el Hijo de Dios" (cf.IJn.4,15). Solamente la fe en Él nos iluminará y nos dará el arrojo que necesitamos para afrontar la renovación de la vida cristiana por el camino de la santidad a la que nos llama a todos. A nosotros siempre nos corresponderá señalar la ruta del acercamiento a Jesucristo, y proponer ante el mundo los grandes valores del evangelio: justicia y caridad: honestidad y pureza de vida; amor desinteresado al prójimo; y la primacía de la verdad.

También dedicaremos un tiempo al tema de la Catequesis, buscando ofrecer a los agentes de pastoral y a los fieles, textos de sólida doctrina con metodología adecuada a las distintas edades y pasos de la iniciación. "La formación del cristiano, –decía el Papa a los Obispos italianos–, y la transmisión de la fe a las nuevas generaciones, tienen importancia decisiva, especialmente en el actual contexto social" (20-05-2003).

Junto a María que nos acompaña en nuestra oración llena de esperanza, rogamos al Espíritu que venga sobre nosotros como en Pentecostés, para fortalecer nuestra fe y hacer más fructífera la tarea pastoral que la Iglesia nos ha encomendado.


San Miguel, lunes 26 de mayo de 2003

Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2425 del 11 de junio de 2003



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