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MISA INICIAL "POR LA ELECCIÓN DEL ROMANO PONTÍFICE"


Homilía de monseñor Domingo Salvador Castagna en la misa inicial del la
89ª Asamblea Plenaria del Episcopado (18 de abril de 2005)



Nuestra 89 Asamblea Plenaria se celebra en condiciones históricamente excepcionales. Han concluido las exequias del inolvidable Papa Juan Pablo II  y hoy se ha iniciado el Cónclave que elegirá a su sucesor. La Iglesia, y esta Asamblea de sus Pastores, está en oración. Muy lejos de las especulaciones periodísticas queremos observar un prudente y piadoso silencio y, con esas disposiciones,  aguardar la aparición del nuevo Sucesor de Pedro. La partida de Juan Pablo II ha dejado un mensaje que será preciso recoger y desentrañar. El rasgo característico de su extenso Pontificado fue el de un Pastor de la Iglesia que ofrece su vida por amor, hasta perderla. Como Obispos, en comunión con quien sea el Papa y con todo el Colegio Episcopal, somos Pastores del Pueblo de Dios. Nuestro modelo es Cristo, nuestro ideal de vida es su entrega hasta la muerte. Algunos hermanos nuestros
del pasado y del presente constituyen para nosotros orientación y estímulo. Me refiero a los santos Pastores que indican el camino de acceso y muestran, en sus fisonomías propias, un calco personal del divino Modelo. Acaba de extinguirse la vida de uno de ellos la de Juan Pablo II tan cercano en el tiempo. Su valiente diálogo con el mundo ha dejado abierto un rumbo pastoral a seguir. Ha demostrado que Cristo viene ahora ‘para salvar, no para juzgar’, ‘para los pecadores, no para los justos’, ‘para los enfermos, no para los sanos’. Esa misión de Pastores, ejemplarmente cumplida por Jesús, exige claridad en la enseñanza y misericordia en los gestos. Para lograrlo necesitamos la intimidad con el Maestro, que Juan Pablo II cultivó en su continua y fervorosa oración. Allí  -en esa intimidad- el Señor sopla sobre sus discípulos y les infunde obsequiosamente su Espíritu.

Nos hallamos como enfrentados con un mundo al que le debemos el Evangelio, todo el Evangelio, el mismo que predicaron los Apóstoles y sus sucesores, hasta nuestros días. Nuestra sociedad, originariamente cristiana, está sufriendo un preocupante distanciamiento de su fuente evangélica. No es el caso de señalar culpables sino de acortar caminos de regreso. Juan Pablo II, fiel a la integridad del Evangelio, supo tender puentes y devorar esas enormes y abismales distancias. Recordemos que lo ha llorado el mundo, no únicamente la Iglesia; me refiero al mundo aún distante, el que supo aceptarlo como persona aunque no lograra digerir la totalidad y solidez de su apostólica palabra. Su ejemplo ha abierto un estilo pastoral que no deja problema sin examinar, ni situación humana sin iluminar desde la fe. Ha presentado la imagen de un Pastor valiente que no temió proclamar el mensaje de Cristo en los lugares socialmente más inhóspitos y ante los protagonistas más poderosos y temibles del mundo de la política, de la economía y de la cultura. Nos corresponde recoger ese legado  -¡No teman!-  fue su insistente exhortación evangélica. ¡Cuántas veces lo habrá formulado para sí mismo, en los momentos más dolorosos de su soledad de Pastor Universal! La Iglesia - especialmente sus Pastores - se encuentra con un mundo contradictorio, a veces adverso. La reacción evangélica que corresponde a esa inocultable situación es la dádiva de la propia vida por amor. Los gestos que la expresan fueron ejemplarmente puestos por Cristo y sus mejores seguidores: la firmeza de la verdad y la ternura de la misericordia. La sociedad, que parece objetar impiadosamente a la Iglesia a su doctrina y a sus consecuentes exigencias morales, no es su enemiga. Es el herido, por causa del error y de la corrupción, que necesita a su Médico; es el errante y desorientado caminante que clama por su Pastor.

Nos hallamos, queridos hermanos Obispos, ante el desafío de acudir al clamor dolorido de nuestro pueblo con una Verdad que, al confesarse mayoritariamente católico, debiera serle familiar. Pero, no es así. Cuántas veces nos hemos preguntado si nuestra acción evangelizadora no ha resultado débil e insuficiente y, por lo mismo, necesitada hoy de inmediatos y urgentes ajustes. Hemos escuchado, de las especulaciones de los medios que intentan tantear posibilidades de sucesión papal, que casi la mitad de los católicos del mundo están en Latinoamérica. Pero, ¿cuántos de ellos son cristianos o viven en coherencia con el bautismo recibido? ¿cuántos de ellos no se han "pasado de bando" ingresando a otros grupos religiosos o engrosando el amplio margen del secularismo y de la incredulidad? ¿cuántos viven cómodamente una religiosidad sin compromisos en esta sociedad de tantos bautizados que exhibe el escándalo de la injusticia, de la corrupción, del crimen organizado, del atropello a los derechos esenciales del hombre? Juan Pablo II  demostró un valor excepcional al aceptar el desafío proveniente del mundo contemporáneo. Ese sendero está definitivamente abierto a la Iglesia del presente y del futuro.

Nos corresponde transitar esa senda, trazada en medio de una conflictiva realidad nacional, y avanzar sin temor. Es imperioso que la Iglesia en la Argentina cobre mayor conciencia de su responsabilidad evangelizadora e integre a todos sus miembros en el servicio humilde y cordial que deben a sus conciudadanos. En muchas ocasiones hemos llamado a todos los católicos a testimoniar la fe en el seno de una sociedad que descree del discurso y sólo parece respetar a los testigos. Juan Pablo II es fervorosamente aclamado como santo. El testimonio de su santidad ha sido más poderoso, en vista a una propuesta de conversión, que su iluminadora palabra. La conmoción producida por su presencia, en los individuos y en las muchedumbres, tiene como explicación su innegable configuración con Cristo, el Buen Pastor que da la vida. El  ‘amén’  postrero, exhalado de  sus labios ya agonizante ha sido registrado tibiamente por causa de la exaltación mediática que produjo su agonía y su muerte. Su vida dijo "amen" a la voluntad del Padre y partió a celebrar la Pascua definitiva.  Nuestra Asamblea 89 coincide con el estado de Sede Vacante y la iniciación del Cónclave que elegirá al Sucesor inmediato de Juan Pablo II. Es probable que en el transcurso de la misma recibamos la noticia de su elección y su nombre. Durante nuestras deliberaciones y trabajos, al servicio de la Iglesia y del pueblo argentino, mantendremos una confiada invocación al Espíritu Santo. Que María, Madre de la Iglesia, acompañe a nuestros hermanos Cardenales participantes del Cónclave. Con motivo del trascendental servicio que van a cumplir celebramos esta Eucaristía.


Mons. Domingo Salvador Castagna,
Vicepresidente 2º de la Conferencia episcopal y arzobispo de Corrientes



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