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QUEREMOS
SER NACIÓN
1.
«Hoy
la patria requiere algo inédito», dijimos los Obispos reunidos en la
Asamblea Plenaria de mayo pasado. Y ello, porque inédita es la crisis que
nos sacude a los argentinos, e inédita ha de ser la respuesta que hemos
de darle. Crisis inédita, porque no es sólo coyuntural, sino crisis histórica,
que supone un largo proceso de deterioro en nuestra moral social, la cual
es como la médula de la Nación, que hoy corre el peligro de quedar
paralizada.
2. Cuando los pueblos
reconocieron que la crisis que sufrían era fruto del propio actuar,
y no perdieron su tiempo en responsabilizar de la misma sólo a los
otros, pudieron enfrentarla con éxito, y muchas veces realizaron
una obra admirable de reconstrucción.
3. Los Obispos no pretendemos
hacer un diagnóstico completo de la crisis argentina. En cierto
modo, lo hicimos en "Iglesia y Comunidad Nacional",
publicado en 1981, cuando buscábamos caminos para salir de la larga
noche en que estaba sumido el País. Desde entonces la crisis se ha
profundizado. Hoy queremos señalar algunas de las enfermedades
sociales más graves que padecemos, de reflejo político y económico,
pero que tienen origen moral.
4.
La primera es el endiosamiento del Estado. En las décadas
de los años 20 y 30 el estatismo cundía en Europa, encarnado en
diferentes regímenes políticos de derecha y de izquierda. Aquí
también le abrimos las puertas, y pronto se instaló como ideología
en la conciencia colectiva. De allí surgió una interpretación
cuasi mágica del Estado, que todavía hoy inmoviliza al hombre
argentino. El Estado aparece una especie de dios, que todo lo puede,
al cual nada malo le podría pasar. Por lo tanto se le puede pedir y
exigir cualquier cosa.
5.
Ahora cunde la ideología contraria: el envilecimiento
del Estado, propio del más crudo liberalismo. Alarmados por los
peligros del estatismo, se procedió a vender las empresas del
Estado, pero sin un diseño racional del mismo. No se tuvo
suficientemente en cuenta que éste es un instrumento creado para
servir al bien común, y para ser el garante de la equidad y de la
solidaridad del entramado social. Tampoco se organizó previamente
una red adecuada de contención social, dando lugar a la
marginalidad y la exclusión creciente.
6.
La crisis histórica que vivimos se debe en gran medida a
que los argentinos no hemos elaborado todavía la crítica a esta
doble ideología. Nos cuesta entender que ninguna de las dos respeta
a la persona humana. Una la despersonaliza, y la otra la vuelve
indefensa.
7.
Además, debemos reconocer otras dos enfermedades: la
evasión de los impuestos, y el despilfarro de los dineros del
Estado, que son dineros sudados por el pueblo. Ambas comprometen la
equidad social y la justa distribución del ingreso.
8.
Por todo ello, el comienzo de este milenio nos encuentra
con una pesada carga, que hemos llamado "deuda social" o
"la gran deuda de los argentinos", que grava el futuro de
nuestro pueblo. Ante tal situación, que amenaza derivar en anarquía
social de imprevisibles consecuencias, nos hacemos y proponemos
varias consideraciones.
a)
A los cristianos en la sociedad terrena. Siendo tan numerosos,
debemos concluir que no estamos exentos de responsabilidades en esta
crisis. Por lo mismo, debemos cotejar nuestra conducta social con el
Evangelio, asumir nuestro puesto en la superación de la misma, aun
a precio de grandes sacrificios, y crecer en nuestra conciencia como
ciudadanos. No podemos ser peregrinos del cielo, si vivimos como
fugitivos de la ciudad terrena.
b)
A nosotros los pastores. Si bien hemos multiplicado los mensajes
dedicados a iluminar la situación del País con la doctrina social
de la Iglesia, debemos examinar si lo hacemos en forma suficiente,
con la debida pedagogía, procurando que los fieles laicos asuman su
estudio, difusión y aplicación a la realidad. Ha de ser claro a
todos que en esta crisis no queremos ocupar un lugar que no nos
corresponde. Por ello pedimos a todos los actores sociales que actúen
según su responsabilidad en el marco de las instituciones
republicanas.
c)
A los dirigentes de la sociedad de todos los órdenes. En
noviembre pasado los exhortábamos a la magnanimidad. Dada la
gravedad de la hora y la responsabilidad que les cabe en la situación
del País, como también la capacidad que tienen para levantarlo de
la presente postración, los exhortamos nuevamente a asumir el papel
que la Providencia y el pueblo argentino les han encomendado. Y lo
hacemos con las palabras de Pablo VI en Bogotá: «A Uds. se les
pide generosidad... Tengan Ustedes, señores del mundo e hijos de la
Iglesia, el espíritu instintivo del bien que tanto necesita la
sociedad... Perciban y comprendan con valentía las innovaciones
necesarias para el mundo que los rodea... La promoción de la
justicia y la tutela de la dignidad humana sean su caridad. Y no
olviden que ciertas crisis de la historia habrían podido tener
otras orientaciones, si las reformas necesarias hubiesen prevenido
tempestivamente, con sacrificios valientes, las revoluciones
explosivas de la desesperación «.
d)
A los que han recibido más bienes materiales, o gozan de
privilegios. Les recordamos un principio básico de la moral:
que el derecho de propiedad no debe jamás ejercitarse con
detrimento de la utilidad común. Si se llegase al conflicto entre
los derechos privados adquiridos y las exigencias comunitarias
primordiales, toca a los poderes públicos procurar una solución
con la activa participación de las personas y de los grupos
sociales.
e)
A los trabajadores de todos los sectores. Les recordamos el
principio del bien común que, respetado, hace que sean justos sus
reclamos, incluso el recurso a la huelga, pero fuera del cual éstos
se convierten en injusta agresión contra el todo social, y pueden
dificultar grandemente la reconstrucción de la Argentina.
9.
Sabemos que en la crisis que vivimos se suman múltiples
factores, propios y ajenos, entre los que se destaca la muy pesada
deuda externa, que aumenta cada día más y nos dificulta crecer.
Pero no nos cabe duda que un pueblo unido, que mire con valentía la
situación actual, sabrá reconocer la gravedad de la crisis y
asumir la responsabilidad que le cabe en la misma, pondrá en marcha
los reservas espirituales que posee, y acabará por imponer respeto
a las demás naciones del concierto internacional para lograr un
trato justo.
10.
A Jesucristo, cuyo nombre fue invocado en los orígenes
de nuestra Patria, dirigimos nuestra súplica ferviente:
"Jesucristo,
Señor de la historia, te necesitamos. Nos sentimos heridos y
agobiados. Precisamos tu alivio y fortaleza. Queremos ser Nación,
una Nación cuya pasión sea la verdad y el compromiso por el bien
común. Danos la valentía de la libertad de los hijos de Dios para
amar a todos sin excluir a nadie, privilegiando a los pobres, y
perdonando a los que nos ofenden, aborreciendo el odio y
construyendo la paz...".
129ª reunión de la Comisión Permanente de la Conferencia
Episcopal Argentina Buenos Aires, 10 de agosto de 2001.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2330
del 15 de agosto de 2001 |