|
PARA QUE RENAZCA EL PAÍS
Declaración de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal
Argentina al término de su 131ª reunión, los días 20 y 21 de marzo
de 2002
1.
La
celebración de la Semana Santa y de la Pascua de Resurrección es una
ocasión para que los Obispos, reunidos en la Comisión Permanente de
nuestra Conferencia Episcopal, nos dirijamos una vez más a nuestro
pueblo. Los cristianos proclamamos que en Cristo muerto y resucitado
la Vida triunfa sobre la Muerte, la gracia de Dios sobre el pecado y
la alegría definitiva sobre el dolor de este valle de lágrimas. Cristo
es garantía de que los hombres podemos convertirnos y transformarnos
profundamente, y ser artífices de la reconstrucción de la Patria.
2. Recientemente hemos peregrinado a Roma para venerar la tumba de los
apóstoles Pedro y Pablo y para abrazar fraternalmente al Papa Juan
Pablo II. La enseñanza del Papa, que entonces hemos recibido, es muy
certera y digna de ser tomada en consideración: “Sólo una propuesta de
los valores morales fundamentales, como son la honestidad, la
austeridad, la responsabilidad por el bien común, la solidaridad, el
espíritu de sacrificio y la cultura del trabajo, en una tierra como la
vuestra que la Providencia ha creado fértil y fecunda, puede asegurar
un mejor desarrollo integral para todos los miembros de la comunidad
nacional”.
3.
En
nuestra reunión extraordinaria de enero pasado decíamos que no debemos
equivocarnos considerando este momento crítico como uno más y sin
poner los remedios morales e institucionales necesarios. Tenemos un
país frenado por falta de acuerdo y de grandeza de sus actores
políticos, sociales y económicos, e incapaz de dar respuesta apropiada
a la gravedad de esta crisis terminal. Los intereses sectoriales y
corporativos siguen queriendo imponer su fuerza en desmedro del
interés general. En gran parte del pueblo hay deseos de una Argentina
nueva, pero no encuentra en sus dirigentes la voluntad suficiente para
cambiar los errores que nos han degradado tanto. Hay un vacío de la
dirigencia que impide encontrar los caminos de la honesta
representatividad política, de la equidad social y de la seguridad
jurídica. Es preciso renunciar a las formas inmorales de actuar en la
vida pública y a los irritantes privilegios. También es necesario
reparar todo daño ocasionado y restituir todo lo que se haya obtenido
ilícitamente.
Como
dirigentes religiosos, los Obispos no rehusamos continuar examinando
nuestra responsabilidad sobre la situación del país.
4.
En los
meses pasados todo el pueblo argentino ha sufrido las consecuencias de
medidas económicas y financieras muy graves, que han afectado a la
moneda, al valor y disponibilidad de los ahorros, a las fuentes de
trabajo y a las relaciones con los demás pueblos del mundo. Las
decisiones económicas también están sometidas a las normas morales.
Entendemos que las medidas tomadas, explicables en momentos de grandes
catástrofes sociales como las guerras, han herido gravemente la
confianza del pueblo en sus dirigentes y en el futuro del país. Es de
desear que sus cargas y consecuencias sean compartidas por todos y en
forma proporcional, comenzando por los que más tienen, sean individuos
o empresas, nacionales o multinacionales. Para exigir tanto sacrifico
al pueblo es preciso decidirse firmemente a erradicar la corrupción de
la vida política y social, a disminuir drásticamente el gasto
político, a encarar la postergada reforma del estado y a revertir la
enorme evasión impositiva de grandes sectores corporativos. Quienes
gozan de privilegios injustos deben saber que, aunque sean legales, no
dejan de ser inmorales.
5.
Ante la
pasividad de la dirigencia y a su escasa representatividad, es
explicable la aparición de formas nuevas de protesta social. Si bien
en algunos casos permiten entrever un interés renovado por participar
en la cosa pública, en otros son causa de preocupación, pues hieren
directamente los derechos de terceros y pueden desembocar en un
ambiente de anarquía generalizada. El enfrentamiento y la
descalificación como sistema, incluso mediante el uso irresponsable de
los medios de comunicación, se oponen a una convivencia plural y
madura.
6.
Frente a
esta panorámica, hemos de saber imitar a los pueblos que han sufrido
catástrofes iguales o peores, pero se han puesto a reconstruir su
patria con tesón. No negamos el derecho a reclamar lo propio. Pero
alentamos a todos a trabajar con esfuerzo y sacrificio. El que tiene
trabajo ha de sentir la vocación a realizarlo con espíritu de servicio
y esmero. El que no lo tiene ha de procurarlo en la medida de lo
posible, ofreciendo a cambio su habilidad y capacitándose
permanentemente para ello. No hay nada más triste para el trabajador
que dejarse despojar de su natural honradez y laboriosidad, y crearse
la imagen de ser un perpetuo dependiente de la dádiva ajena. La
comunidad entera, por su parte, debe ser solidaria con los que no
tienen trabajo. Acompañamos de todo corazón a todos los que sufren.
Valoramos muy especialmente a tantos voluntarios que con generosidad
sirven y ayudan a los más necesitados y desposeídos.
7.
Desde
mediados del año pasado, voces de las principales corrientes políticas
y de muchos sectores de la sociedad nos han alentado a los Obispos a
animar un diálogo nacional, que nos ayudase a los argentinos a salir
del estado de crisis. No sin cierta aprehensión, nos decidimos a
acompañar la Mesa del Diálogo Argentino convocada por el Presidente de
la Nación y contando con los auspicios de las Naciones Unidas.
Valoramos el esfuerzo que la Mesa viene realizando, pero debemos
recordar lo que dijimos a su inicio: “El Diálogo argentino para que
tenga eficacia y también credibilidad ha de despertar en la dirigencia
política, financiera, sindical y empresarial, la necesidad de gestos y
signos que muestren un sincero deseo de cambios reales y profundos”.
Por lo mismo, exhortamos a los poderes del Estado a promover con leyes
sabias los acuerdos a los que va arribando la Mesa, para que en forma
progresiva y rápida se concreten las reformas que la Argentina
necesita. En especial, la reforma de la política y del Estado. Esta
responsabilidad justifica y puede ennoblecer la actual transición.
8.
Agradecemos el gesto fraterno de varios pueblos e Iglesias de América
y de Europa que en este momento nos tienden una mano generosa. En la
emocionada expresión “Argentina nos duele,” escuchada en España, se
resume el sentimiento de todos ellos. Les agradecemos de corazón. Y
confiamos en hacernos dignos de ese afecto y solidaridad.
También
nos parece importante que los organismos internacionales de crédito
tengan la comprensión y la responsabilidad necesarias en este momento
crítico del país, que presenta signos dramáticos de una creciente
pobreza y peligro de enfrentamientos sociales.
9.
El
misterio de la muerte y resurrección de Jesucristo que nos disponemos
a celebrar, nos dice que hemos de morir a todo lo que haya de malo en
nosotros para resurgir a la Vida nueva. Nada más mortal que el pecado
en todas sus formas, personal y social. Cada cristiano debe morir a su
pecado para poder ser un hombre nuevo. La Argentina debe morir a las
concepciones sociales corruptas de la vida política, económica, social
y cultural, para que pueda nacer un nuevo país regido por la verdad,
la justicia, el amor y la solidaridad. Pidamos esta gracia a
Jesucristo nuestro Redentor, que murió para salvarnos a todos.
Hagámoslo en unión con María, a quien en la cruz nos la dio por Madre.
Buenos Aires, 21 de marzo de 2002.
131ª reunión de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina
Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2362,
del 27 de marzo de 2002 |