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LA BUENA
NOTICIA DE LA VIDA HUMANA
Y EL VALOR DE LA SEXUALIDAD
Documento
de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina ante proyectos de ley de "Salud reproductiva".
Buenos Aires, 11 de
agosto de 2000
A la comunidad cristiana y a toda la sociedad:
1.
Quienes formamos la Iglesia, pueblo de Dios que peregrina en la Argentina, ante
proyectos de ley llamados de "salud reproductiva", que
intentan responder a una legítima preocupación social por la compleja
problemática implicada, nos hemos sentido llamados, una vez más, a la
reflexión sobre el misterio maravilloso de la vida y de la sexualidad
humanas.
2.
Fieles al proyecto de Dios, que con la Encarnación Redentora de Jesús
quiso compartir y acompañar el camino de los hombres, queremos estar
cerca de todas las familias que viven con responsabilidad y, en
ocasiones, con angustia, el discernimiento de una paternidad responsable.
Queremos acompañar a tantos jóvenes que necesitan una educación integral
para afrontar la vida, una educación para vivir la sexualidad en el marco
dignificante y liberador de la vocación al amor, y que muchas veces, en
cambio, son arrastrados por una mentalidad banalizadora, egoísta y
superficial, que los conduce al consumismo, a la desesperanza y a la
frustración.
3.
Abordar estos temas tan complejos en clave de solidaridad nos mueve,
no a la desesperanza, sino a la alabanza. Queremos alabar el amor de Dios
Padre que se ha revelado en la creación, uniéndonos admirados a su
complacencia por la obra de sus manos ("Vio Dios cuanto había hecho y
vio que era muy bueno..." Gen 1, 31), Queremos alabar la
sobreabundancia de su amor en la maravilla de la "nueva creación"
realizada por la Encarnación Redentora de su Hijo, que celebramos en este
Año Jubilar: todo hombre y todo el hombre elevado por la
gracia a la dignidad de hijo en el Hijo ("...envió Dios a su
Hijo...para que recibiéramos la condición de hijos" Gal 4,4).
Queremos invitar a todos a unirse a esta alabanza, reconociendo con gozo que
Dios amó tanto al mundo, a este mundo nuestro complejo y contradictorio en
que vivimos, que envió a su Hijo, no para condenarlo ni para destruirlo,
sino para salvarlo y ofrecerle la vida: "Yo he venido para que tengan
vida", nos dice Jesús, "y vida en abundancia" ( Jn 10,10).
4.
En la enseñanza secular de la Iglesia, que ha tenido expresiones
riquísimas en el Concilio Vaticano II y en los últimos Pontífices,
encontramos una luz que queremos compartir con todos porque, como nos
enseña Juan Pablo II, "el Evangelio de la vida no es exclusivamente
para los creyentes: es para todos. El tema de la vida y de su defensa y
promoción no es prerrogativa única de los cristianos. Aunque recibe de la
fe luz y fortaleza extraordinarias, pertenece a toda conciencia humana que
aspira a la verdad y está atenta y preocupada por la suerte de la
humanidad. En la vida hay seguramente un valor sagrado y religioso, pero de
ningún modo interpela sólo a los creyentes: en efecto, se trata de un
valor que cada ser humano puede comprender también a la luz de la razón y
que, por tanto, afecta necesariamente a todos" (Evangelium Vitae 101).
5.
En este marco se inscribe nuestra proclamación de la Buena Noticia de la
vida humana y la sexualidad, de su valor y su significado auténticos.
Es un mensaje sobre la vida humana y la sexualidad que es "Buena
Noticia" porque le revela al hombre la raíz de su dignidad y le abre
horizontes de liberación. Siendo "Buena Noticia", el mensaje de
la Iglesia sobre la vida y la sexualidad nunca va contra sino siempre
a favor de todo lo humano, de todas las mujeres y todos
los varones, y no busca sino promover una vida más plenamente humana.
Anunciar esta Buena Noticia es para la Iglesia una exigencia de su ser y de
su misión; es el aporte que nos sentimos urgidos a ofrecer en este momento
de la historia en el que, en el umbral del tercer milenio, se nos presenta
el renovado desafío de poner las bases de un auténtico humanismo. Por ello
nos comprometemos a proseguir educando en los valores y a profundizar el
difícil discernimiento de las situaciones particulares en diálogo con la
realidad.
6.
Reconocemos que los proyectos de ley presentados recogen algunas
preocupaciones legítimas y acuciantes que conciernen al misterio de la
vida y a su comunicación, y que se propone un marco legal de regulación
social que parece indispensable en el intento de resguardar la dignidad y la
libertad de todos. En efecto, todo ser humano tiene derecho a una
información veraz y razonable y a una formación integral, a la igualdad de
oportunidades en el acceso a los medios de salud, y a que se le permita usar
honesta y responsablemente de las posibilidades que ofrecen la ciencia y la
tecnología.
7.
La sexualidad humana, como don y tarea, requiere una educación para el
amor lejos de falacias facilistas, promotoras de una cultura de lo
superficial y efímero, que propician, sobre todo en los jóvenes, conductas
de riesgo que muchas veces pagan con la vida propia o con daños
irreparables sobre sí mismos y sobre quienes están junto a ellos. Con
profunda convicción, y queriendo hacer un aporte a la búsqueda de un marco
legal que permita una verdadera educación para el amor, proponemos como
anhelos algunos aspectos que consideramos indispensables:
l
Es necesario un marco legal que promueva
una verdadera cultura del discernimiento y la responsabilidad en el
ejercicio de la sexualidad y la comunicación de la vida; que asegure a
la familia la centralidad de su aporte, y promueva su rol social; que
afirme el derecho y el deber del "consentimiento informado"
de quienes acceden a los servicios de salud; que reconozca explícita y
plenamente el derecho a la objeción de conciencia por parte de los
prestadores de salud frente a prácticas que, aunque autorizadas por la ley,
fueren consideradas por ellos éticamente inaceptables.
l Es necesario un marco legal que
respete el derecho fundamental a la vida desde la concepción y excluya
en absoluto el crimen del aborto.
l
Es necesario un marco legal que, de ninguna manera, favorezca o consolide
situaciones de injusticia social, las cuales no se solucionan con la
promoción de una actitud antinatalista y se agravan con la práctica
deshumanizada de la sexualidad.
l
Es necesario un marco legal que honre la vida humana; y ayude a
afianzar en nuestra Patria la cultura de la vida, evitando manipulaciones
que dañan la dignidad de las personas.
l
Es necesario un marco legal que reconozca y defienda el derecho-deber de
los padres, insustituible e inalienable, a la educación moral de sus
hijos.
8.
Tenemos la convicción que para edificar una sociedad en la que se
reconozca y tutele la dignidad de cada persona, todos, y en particular
los responsables de la vida pública, estamos "llamados a servir al
hombre y al bien común, con el deber de tomar decisiones valientes en favor
de la vida, especialmente en el campo de las disposiciones
legislativas."
"...Nadie puede abdicar jamás de esta
responsabilidad, sobre todo cuando se tiene un mandato legislativo o
ejecutivo, que llama a responder ante Dios, ante la propia conciencia y ante
la sociedad entera de decisiones eventualmente contrarias al verdadero bien
común. Si las leyes no son el único instrumento para defender la vida
humana, sin embargo, desempeñan un papel muy importante y a veces
determinante en la promoción de una mentalidad y de unas costumbres".
"...La Iglesia sabe que, en el contexto de las
democracias pluralistas, es difícil realizar una eficaz defensa legal de la
vida por la presencia de fuertes corrientes culturales de diversa
orientación. Sin embargo, movida por la certeza de que la verdad moral
encuentra un eco en la intimidad de cada conciencia, anima a los políticos,
comenzando por los cristianos, a no resignarse, y a adoptar aquellas
decisiones que, teniendo en cuenta las posibilidades concretas, lleven a
restablecer un orden justo en la afirmación y promoción del valor de la
vida. En esta perspectiva, es necesario poner de relieve que no basta con
eliminar las leyes inicuas. Hay que eliminar las causas que favorecen los
atentados contra la vida, asegurando sobre todo el apoyo debido a la familia
y a la maternidad: la política familiar debe ser eje y motor de todas las
políticas sociales. Por tanto, es necesario promover iniciativas sociales y
legislativas capaces de garantizar condiciones de auténtica libertad en la
decisión sobre la paternidad y la maternidad; además, es necesario
replantear las políticas laborales, urbanísticas, de vivienda y de
servicios para que se puedan conciliar entre sí los horarios de trabajo y
los de la familia, y sea efectivamente posible la atención a los niños y a
los ancianos" ( Evangelium Vitae 90).
9.
Ya en el año 1983 la Conferencia Episcopal Argentina expresaba su certeza
en que " Dios, que es amor, ha hecho al hombre semejante a El y, por
lo tanto, llamado a vivir el amor. Esta es la vocación fundamental que trae
al mundo todo ser humano.
El amor es el factor unificante de todo el variado
dinamismo de la persona. Por eso tiene que ser vivido integrando en el
mismo, de forma equilibrada, la dimensión espiritual con la corporal. Él
ha de asumir, otorgar sentido y unificar todas las actividades y formas de
expansión de la persona.
Así se comprende que la sexualidad, que marca
profundamente la totalidad de la persona, ha de ser integrada como una
fuerza de comunión. El hombre no la posee para gozar de ella con actitud
egoísta buscando exclusivamente el placer, sea en forma solitaria, sea en
encuentros ocasionales. «Ella se realiza de modo verdaderamente humano,
solamente cuando es parte integral del amor con el que el hombre y la mujer
se comprometen totalmente entre sí hasta la muerte» (Familiaris Consortio
11).
Este amor que expresa y fomenta a la vez la unión del
varón y la mujer, está llamado al mismo tiempo a ser fecundo. Dios mismo
lo ha orientado hacia la procreación y educación de los hijos. De esta
manera, el cariño recíproco y generoso de los esposos se prolonga y se
hace más sólido en los hijos que ellos crían y educan. La sexualidad,
pues, posee un doble sentido: une a los esposos en un amor creciente y los
hace fecundos en ese amor.
Así pues, el matrimonio es el lugar propio y adecuado
de la relación sexual humana en el cual, esposo y esposa, sostenidos
por la gracia de Dios, pueden expresar y realizar su amor de una manera
comprometida, duradera, libre de egoísmo, abierto a la fecundidad,
responsable ante la sociedad " (Dios, el hombre y la Conciencia 70-73).
10.
Creemos con Juan Pablo II que "la banalización de la sexualidad es uno
de los factores principales que están en la raíz del desprecio por la vida
naciente: sólo un amor verdadero sabe custodiar la vida. Por tanto,
no se nos puede eximir de ofrecer sobre todo a los adolescentes y a los
jóvenes la auténtica educación de la sexualidad y del amor, una
educación que implica la formación de la castidad, como virtud que
favorece la madurez de la persona y la capacita para respetar el significado
«esponsal» del cuerpo.
La labor de educación para la vida requiere la
formación de los esposos para la procreación responsable. Esta exige,
en su verdadero significado, que los esposos sean dóciles a la llamada del
Señor y actúen como fieles intérpretes de su designio: esto se realiza
abriendo generosamente a la familia a nuevas vidas y, en todo caso,
permaneciendo en actitud de apertura y servicio a la vida incluso cuando,
por motivos serios y respetando la ley moral, los esposos optan por evitar
temporalmente o a tiempo indeterminado un nuevo nacimiento. La ley moral les
obliga de todos modos a encauzar las tendencias del instinto y de las
pasiones y a respetar las leyes biológicas inscritas en sus personas.
Precisamente este respeto legitima, al servicio de la responsabilidad en la
procreación, el recurso de los métodos naturales de regulación de la
fertilidad: éstos han sido precisados cada vez mejor desde el punto de
vista científico y ofrecen posibilidades concretas de adoptar decisiones en
armonía con los valores morales. Una consideración honesta de los
resultados alcanzados debería eliminar prejuicios todavía muy difundidos y
convencer a los esposos y también a los agentes sanitarios y sociales, de
la importancia de una adecuada formación al respecto. La Iglesia está
agradecida a quienes con sacrificio personal y dedicación con frecuencia
ignorada trabajan en la investigación y difusión de estos métodos,
promoviendo al mismo tiempo una educación en los valores morales que su uso
supone" (Evangelium Vitae 97).
11.
Nos parece indispensable recordar también, como lo enseña el Catecismo de
la Iglesia Católica que: "La fecundidad es un don, un fin del
matrimonio, pues el amor conyugal tiende naturalmente a ser fecundo. El
niño no viene de fuera a añadirse al amor mutuo de los esposos; brota del
corazón mismo de ese don recíproco, del que es fruto y cumplimiento. Por
eso la Iglesia, que «está en favor de la vida» (Familiaris Consortio 30),
enseña que todo «acto matrimonial debe quedar abierto a la transmisión de
la vida» (Humanae Vitae 11). «Esta doctrina, muchas veces expuesta por el
Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido
y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos
significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado
procreador» (Humanae Vitae 12; cfr. Pío XI, Casti connubii 53-60).
Llamados a dar la vida, los esposos participan del poder creador y de la
paternidad de Dios (cfr. Ef 3, 14; Mt 23, 9). «En el deber de transmitir la
vida humana y educarla, que han de considerar como su misión propia, los
cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y en cierta
manera sus intérpretes. Por ello, cumplirán su tarea con responsabilidad
humana y cristiana» (Gaudium et Spes 50, 2).
El carácter moral de la conducta, cuando se trata de
conciliar el amor conyugal con la transmisión responsable de la vida, no
depende sólo de la sincera intención y la apreciación de los motivos,
sino que debe determinarse a partir de criterios objetivos, tomados
de la naturaleza de la persona y de sus actos; criterios que conserven
íntegro el sentido de la donación mutua y de la procreación humana en el
contexto del amor verdadero; esto es imposible si no se cultiva con
sinceridad la virtud de la castidad conyugal " (Catecismo de la Iglesia
Católica 2366-2372).
12.
Nuestra
breve declaración, ciertamente, no agota la consideración sobre este
aspecto tan complejo y fascinante de la vida y su comunicación, por eso
invitamos a los fieles y a la sociedad, a la atenta consideración de la
enseñanza que nos ha ofrecido el Papa Juan Pablo II en "Evangelium
Vitae". Creemos que a las puertas del tercer milenio Dios nos
ofrece a todos la oportunidad de renovar en conciencia nuestra decisión
responsable de construir una Patria de hermanos , en la que todos podamos
vivir dignamente, y en la que todos "tengan vida, y vida en
abundancia" ( Jn 10,10).
Comisión ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, 11 de
agosto de 2000.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2 280
del 23 de agosto de 2000 |
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