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LA DEMOCRACIA Y SUS EXIGENCIAS ANTE EL PROCESO ELECTORAL
Declaración de la Comisión Nacional de Justicia y
Paz , dada en la localidad de Tanti, provincia de Córdoba, el 20 de agosto de 1999.
I
El pueblo argentino ha optado
decididamente por convivir en relaciones humanas democráticas, no solo desde el punto de
vista de las estructuras políticas que adopta la forma republicana, sino también en el
sentido más amplio de un profundo estilo de vida.
Con luces y sombras, altas y bajas, a lo largo de la
historia los argentinos nos esforzamos en el camino hacia la construcción de esa
convivencia democrática plena. El último esfuerzo ha completado 15 años, pudiendo
asegurarse que se ha confirmado y ratificado aquella decisión que viene desde los albores
de la independencia (1).
El convencimiento de la convivencia democrática se afianza con el devenir del tiempo,
estando (parecería que definitivamente) alejada la posibilidad de aventuras contrarias.
La Iglesia aprecia el sistema democrático
(2). Nuestra democracia no presenta niveles de perfección, y por
ello es dablé poner de relieve el sentido y dirección de la tarea que debemos realizar.
II
La democracia republicana requiere
condiciones esenciales que es necesario estructurar y respetar.
a) El estado de derecho es condición necesaria para
establecer una verdadera democracia (3). El
sometimiento a la ley de gobernantes y gobernados. El respeto irrestricto al ordenamiento
jurídico, comenzando por la Constitución Nacional es imperativo insoslayable para una
vida civilizada.
b) La división y equilibrio de los poderes
(ejecutivo, legislativo y judicial) en sus propias esferas de competencia, sin
avasallamientos ni dependencias, configuran la esencia del respecto a las instituciones y
a las garantías de los derechos de todos los ciudadanos (4).
c) La presencia y participación de
partidos políticos que reflejen las distintas corrientes de opinión y opciones en la
construcción del bien común.
Son instrumentos inderogables en una democracia y que los obliga severamente a descartar
una función de meras empresas electorales (5), con despiadadas y huecas
luchas internas por predominios que sólo buscan la satisfacción de intereses y
apetencias personales o de grupo (6).
Los partidos políticos deben ser
escuelas de educación cívica y de esclarecimiento político mediante la formación de
sus adherentes, el estudio de los problemas de la sociedad y la elaboración de programas
de gobierno concretos, claros y viables de accederse al poder.
d) La periodicidad de los mandatos
públicos. Para la democracia republicana, no es saludable la perdurabilidad en la
función. Los mandatos de duración razonable no implican proscripciones, discriminaciones
ni exclusiones, sino asegurar la alternancia en el poder que posibilita la renovación de
programas y proyectos.
III
Para una democracia plena y no
meramente de formas es necesario procurar ciertas metas y vivenciar valores. Una
democracia sin valores se desnaturaliza y se vuelve contra el hombre
(7).
Las normas morales universales y objetivas son el fundamento de una verdadera democracia
(8).
a) El reconocimiento y
afianzamiento de la dignidad de la persona humana. Es indispensable el respeto de sus
derechos fundamentales de todo orden (político, económico, social, religioso y cultural)
creando las condiciones de su ejercicio por cuanto en ellos encuentra el hombre su
desarrollo en plenitud. Cuando en una sociedad todos los hombres tienen la posibilidad de
su ejercicio, el bien común está asegurado.
b) El respeto a la vida desde la concepción en
el seno materno, hasta su muerte natural. El aborto voluntario es un crimen de
particular malicia, debiéndose luchar contra esa práctica, que lamentablemente se va
extendiendo (9) y hasta existen pretensiones de su
legalización.
c) Valorar, respetar y proteger la familia
legítima fundada en el matrimonio de hombre y mujer, evitando todo lo que daña su
unidad, estabilidad (10) y sano crecimiento.
d) Asegurar un alto grado de
participación efectiva de todos los ciudadanos y asociaciones intermedias en la
construcción del objetivo fundamental del bien común.
«En una democracia todos los ciudadanos deben
sentirse protagonistas y artífices responsables de su propio destino como pueblo. Cada
uno según su posibilidad, ha de contribuir al bien común que es la razón de existir de
la nación políticamente organizada»(11).
e) La valoración del trabajo humano
y su primacía por sobre el capital, la técnica y aún las estrategias económicas. El
derecho a obtener un trabajo con justa remuneración es prioritario en toda sociedad. La
desocupación es un ataque directo a la dignidad del hombre y un pecado social.
f) La economía debe ser humana y
para el hombre, asegurando un crecimiento de bienes y servicios, con justicia social. «No
puede haber democracia política verdadera y estable sin justicia social... No hay
posibilidad de progreso político o de crecimiento económico sin un paralelo desarrollo
social...»(12)
Juan Pablo II ha señalado en su
reciente documento «Iglesia en Améria» que «cada vez más, en muchos países
americanos impera un sistema conocido como neoliberalismo; este sistema
haciendo referencia a una concepción economicista del hombre, considera las ganancias y
las leyes del mercado como parámetros absolutos en detrimento de la dignidad y del
respeto de las personas y de los pueblos. Dicho sistema se ha convertido, a veces, en una
justificación ideológica de algunas actitudes y modos de obrar en el campo social y
político, que causan la marginación de los más débiles».(13)
g) Asegurar el acceso de todos a la educación y
a los bienes de la cultura. Todos los hombres por ser persona tienen el derecho
inalienable a una educación que responda al propio fin, al propio carácter, al
diferente sexo y que sea conforme a la cultura y a las tradiciones patrias y abierta a las
relaciones fraternales de los pueblos.(14)
h) Erradicar el fenómeno ampliamente extendido
de la corrupción que ha llegado hasta los ámbitos más impensados. Promover la
práctica de valores como la verdad, la honradez, la laboriosidad y el servicio al bien
común han de contribuir a erradicar este mal de la sociedad.(15)
i) El rostro humano de una sociedad se revela en la opción
preferencial por los pobres y marginados. Los derechos humanos
son un simple enunciado cuando la vida se desarrolla en condiciones de pobreza
generalizada y estructuras económicas injustas que originan grandes desigualdades.(16)
j) La integración de los pueblos y
especialmente entre las naciones latinoamericanas es un imperativo de los nuevos tiempos,
en un marco de respeto a las individualidades culturales, colaboración recíproca,
intercambios equitativos y solidaridad internacional.(17)
k) Es imperioso dar pasos eficaces para una
total y profunda reconciliación nacional. De lejos vienen antiguos
enfrentamientos y resentimientos que no se han superado hasta el presente,
no obstante el esfuerzo, que es dable reconocer, que han hecho ciertos
sectores. No se ha llegado a la paz en cada uno de los corazones que es
desde donde se construye la paz profunda y verdadera en el seno de la
sociedad. Es necesario apaciguar los espíritus en la concreción de una
nación reconciliada. Ello requiere, gestos, actitudes y comportamientos
acordes, no siendo suficiente simples expresiones de deseos. (18)
IV
La Iglesia no ha dejado de repetir que la democracia
cuando es auténtica, es una resonancia del Evangelio en el orden temporal en cuanto
significa la sustancial igualdad entre los hombres, implica la lucha por la verdad y la
justicia, privilegia la libertad responsable y promueve la amistad
social. (19)
Esta democracia auténtica fundada
en la verdad requiere de la participación y esfuerzo de todos. Nadie puede ser excluido
ni auto excluirse.
«No hay democracia posible sin una leal
convergencia de aspiraciones e intereses entre todos los sectores de la vida política con
miras a armonizar el bien común, el bien sectorial y el bien personal, buscando una forma
de convivencia y desarrollo de la pluralidad dentro de la unidad de objetivos
fundamentales»(20).
El país se abre a un proceso electoral que
desembocará en la renovación de autoridades en los albores del nuevo milenio.
Tiempo oportuno para la reflexión de todos los
sectores, para analizar, corregir y proponer.
En esta etapa tienen un papel protagónico
fundamental los partidos políticos y quienes aspiran a desempeñar cargos públicos. Al
ciudadano le cabe la grave responsabilidad de elegir a los mejores.
Para los primeros es procedente recordar la
exhortación de los obispos americanos en Santo Domingo, para que en
el ejercicio de su respetable misión al servicio de los pueblos, se empeñen en favor de
la justicia y del desarrollo integral, guiados por un indispensable imperativo ético en
sus decisiones (21).
Para los electores, que es un deber elegir con
racionalidad y prudencia entre quienes por su ideario político y su conducta garanticen
las justas aspiraciones del pueblo argentino, desterrando el actuar por sentimientos
ciegos, por la inercia de la tradición o por espíritu sectario.(22)
Del acierto en el rumbo que se elija y de los
hombres que conducirán los destinos de la nación dependerá en gran parte la posibilidad
del crecimiento de nuestra incipiente democracia en libertad, igualdad y justicia.
En la ciudad de Córdoba, localidad de Tanti, a los
veinte días del mes de agosto del año mil novecientos noventa y nueve.
Comisión Nacional de Justicia y Paz.
Presidente: Dr. Armando S. Andruet (h), Vicepresidente:
Pbro. Dr. Julio Méndez, Tesorero: Arq. Humberto Terrizzano, Secretario: Prof.
Horacio Ghilini, Obispo Asesor: Mons. Gerardo Farrell. Miembros: Lic.
Ludovico Videla, Sr. Carlos Custer. Consultores Permanentes: Dr. Julio C. Alzueta,
Lic. Javier Alonso Hidalgo, Dr. Javier Grau Riembau, Ing. Florencio Amaudo, Lic. Luis
Zone, Dr. Pedro Lella, Dr. Carlos Sanz, Lic. Joaquín Reynoso, Prof José M. Vera, Lic.
Alejandro Llanes Navarro. Dr. Armando S. Andruet (h), Vicepresidente:
Pbro. Dr. Julio Méndez, Tesorero: Arq. Humberto Terrizzano, Secretario: Prof.
Horacio Ghilini, Obispo Asesor: Mons. Gerardo Farrell. Miembros: Lic.
Ludovico Videla, Sr. Carlos Custer. Consultores Permanentes: Dr. Julio C.
Alzueta,
Lic. Javier Alonso Hidalgo, Dr. Javier Grau Riembau, Ing. Florencio Amaudo, Lic. Luis
Zone, Dr. Pedro Lella, Dr. Carlos Sanz, Lic. Joaquín Reynoso, Prof José M. Vera, Lic.
Alejandro Llanes Navarro. Dr. Armando S. Andruet (h), Vicepresidente:
Pbro. Dr. Julio Méndez, Tesorero: Arq. Humberto Terrizzano, Secretario: Prof.
Horacio Ghilini, Obispo Asesor: Mons. Gerardo Farrell. Miembros: Lic.
Ludovico Videla, Sr. Carlos Custer. Consultores Permanentes: Dr. Julio C. Alzueta,
Lic. Javier Alonso Hidalgo, Dr. Javier Grau Riembau, Ing. Florencio Amaudo, Lic. Luis
Zone, Dr. Pedro Lella, Dr. Carlos Sanz, Lic. Joaquín Reynoso, Prof José M. Vera, Lic.
Alejandro Llanes Navarro.
Notas:
(1)
Cf. Iglesia y Comunidad
Nacional. C.E.A. números 111 y 112.
(2)
Cf. Centesimus annus, Nº 60; Pío XII. Radiomensaje de Navidad
(24.02.1944).
(3)
Cf. Iglesia en América Nº 56; Centesimus annus Nº 46.
(4)
Cf. Iglesia y Comunidad Nacional, Nº 120.
(5)
Cf. Iglesia y Comunidad Nacional, Nº 121.
(6)
«La vida política, como expresión madura de una sociedad, muestra
toda su noble condición de ejemplaridad y de mediación necesaria cuando -dejando de lado
una infecunda gimnasia hacia el poder, que desgasta y quita credibilidad- manifiesta una
sincera y comprometida búsqueda del bien común, que la justicia la reclama. La
política, iluminada por la ética, debe alimentarse de la verdad y la justicia, y
expresarse en el honesto testimonio de la idoneidad y asimismo en la capacidad de crear
las condiciones que posibiliten el desarrollo integral del hombre». Declaración del
Episcopado Argentino, 17 de abril 1999.
(7)
«Una democracia sin valores se convierte con
facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia».
Centesimus annus Nº 46; Veritatis splendor, Nº 101.
(8)
«En efecto, estas normas (morales universales) constituyen el
fundamento inquebrantable y la sólida garantía de una justa y pacífica convivencia
humana, y por tanto de una verdadera democracia, que puede nacer y crecer solamente si se
basa en la igualdad de todos sus miembros unidos en sus derechos y deberes... las reglas
morales fundamentales de la vida social comportan unas exigencias determinadas a las que
deben atenerse tanto los poderes públicos como los ciudadanos». Veritatis splendor, Nº
96/97.
(9)
Cf. Principios de orientación cívica para los cristianos, Nº 3.
(10)
Cf. Principios de orientación cívica para los cristianos, Nº 17.
(11) Ante la nueva etapa del país. (C.E.A. 12.11.83), Nº 2.
(12) Cf. Iglesia y Comunidad Nacional, Nº 126.
(13) Iglesia en
América, Nº 56.
(14) Cf. Gravissimum educationis, Nº 1; Gaudium et spes Nº
60.
(15) Cf.
Iglesia en América Nº 60.
(16) Cf. Conferencia de Santo Domingo, Conclusiones Nº 167; Documento
de Puebla Nº 31 a 39. «La economía globalizada debe ser analizada a la luz de los
principios de la justicia social, respetando la opción preferencial por los pobres, que
han de ser capacitados para protegerse de una economía globalizada, y ante las exigencias
del bien común internacional.» Iglesia en América, Nº 55.
(17) «La Iglesia no
acepta aquella instrumentación
de la universalidad que equivale a la unificación de la humanidad por via de una injusta
e hiriente supremacía y dominación de los pueblos o sectores sociales sobre otros
pueblos o sectores». Documento de Puebla Nº 425/427. «La Iglesia en América está
llamada no solo a promover una mayor integración entre las naciones, contribuyendo de
este modo a crear una verdadera cultura globalizada de la solidaridad, sino también a
colaborar, con medios legítimos, en la reducción de los efectos negativos de la
globalización como lo son el dominio de los más fuertes sobre los más débiles,
especialmente en el campo económico, y la pérdida de los valores de las culturas locales
a favor de una mal entendida homogenización». Iglesia en América, Nº 55.
(18) «Para
lograrla (la reconciliación) es
preciso que cada uno... aliente el diálogo sincero y racional como la única arma
aceptable para la lucha política, que más que la derrota del contrario tienda a lograr
la armonía de pensamiento y voluntades, adopte una actitud de condescendencia fraterna
hacia quienes se hayan equivocado o nos hayan hecho daño, procurando tomar la iniciativa
para el reencuentro con ellos, ejerza la justicia con rectitud y verdad sin espíritu de
venganza, fomente sentimientos de clemencia en la aplicación de las penas por los delitos
cometidos, hasta desembocar en el perdón sincero, el cual tiene su espacio propio no
sólo en las relaciones individuales sino también en las sociales». (Camino de
reconciliación, C.E.A. Nº 7). «A todos nos compromete la responsabilidad de darnos el
gesto de la reconciliación, siguiendo el camino de la verdad, de la justicia y del
retorno a Dios...» Conferencia Episcopal Argentina, 17 de abril de 1999.
(19) Cf.
Consolidar la patria en la libertad y
la justicia. C.E.A. 1985.
(20) Iglesia y
Comunidad Nacional, Nº 127.
(21) Documento de Santo Domingo. Mensaje a los pueblos de América Latina
y el Caribe, Nº 39.
(22) Cf. Camino de reconciliación Nº 14.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº
2234, del 13 de octubre de 1999
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