|
REFLEXIONES
SOBRE LOS ENCARCELADOS,
EN OCASIÓN DEL GRAN JUBILEO
Documento preparado por la Delegación Episcopal para la Pastoral
Penitenciaria, y debatido y aprobado por la 79ª Asamblea Plenaria de la
Conferencia Episcopal Argentina, celebrada en San Miguel del 8 al 13 de mayo
de 2000.
1.
El Jubileo es un tiempo en el cual la Iglesia, por misericordia de Dios,
ejerce su ministerio de reconciliación de manera extraordinaria para que
cada uno de nosotros se arrepienta de sus pecados y cambie su conducta;
poniéndonos así en condiciones de recuperar lo que con nuestras solas
fuerzas no podríamos alcanzar: la participación en la vida de Dios,
verdadera respuesta a las aspiraciones profundas del corazón humano1.
2.
En este espíritu jubilar nos dirigimos en primer lugar a los encarcelados
porque también ellos, como todos los hermanos, son llamados a buscar la
misericordia de Dios en el perdón, la conversión y la libertad interior.
3.
Conscientes de la situación de inseguridad reinante, que motiva
comprensibles reclamos por parte de la ciudadanía, compartimos el injusto
sufrimiento de tantas personas que son víctimas del accionar delictivo. Nos
preocupa el miedo que se vive en nuestra sociedad, miedo que limita,
paraliza y que es, a su vez, generador de nueva violencia. Sin embargo, en
este Gran Jubileo queremos hacer algunas reflexiones.
4.
Es verdad que el Estado de Derecho debe contar con leyes justas que
garanticen la paz social. Es necesario recordar que las leyes penales han de
imponer sanciones proporcionadas a la gravedad de los delitos. Por otro
lado, la administración de justicia debe caracterizarse por un sano
equilibrio entre firmeza y humanidad, celeridad en los procesos e
independencia de toda injerencia ajena a ella.
El
Estado tiene la misión de garantizar eficazmente las condiciones para que
la actividad judicial pueda cumplir adecuadamente sus fines. Es deber de la
sociedad entera contribuir a la justicia, nota esencial de una nación
políticamente madura.
5.
El Jubileo comporta una exigencia de hacer realidad una cultura de la
justicia, tanto en el orden institucional como en el nivel de los hábitos
profundos de los servidores de la sociedad: en el ámbito político,
económico, social, educativo y de los medios de comunicación social. Es
necesario superar actitudes de hipocresía social que fomentan la difusión
de la violencia y el crimen, al tiempo que reclaman mayor seguridad. Sólo
así será posible vencer el flagelo de la corrupción que afecta de un modo
tan hondo y extenso nuestra cultura actual.
6.
La necesaria celeridad de los procesos, a veces, se ve gravemente
entorpecida por el ingente número de causas y la escasez de medios humanos
y materiales para proveerlas adecuadamente. Es preciso, sin embargo, que la
lentitud de las causas sea combatida de todas las formas posibles, tanto por
el bien de los acusados como por el de la sociedad en su conjunto.
7.
De acuerdo con la Constitución Nacional destacamos la necesidad de mejorar
las condiciones de vida de los encarcelados, profundizar el esfuerzo
orientado a su reeducación y rehabilitación, incluyendo una adecuada
capacitación laboral, en orden a su reinserción social una vez cumplida la
pena. Es preciso, además, garantizar al encarcelado una completa asistencia
sanitaria. Lamentamos que en muchísimas cárceles tengan que convivir
encausados, procesados y condenados bajo el mismo régimen.
Conspira
directamente contra la calidad de vida en las cárceles el hacinamiento que
debe padecer los privados de la libertad, debido no sólo a la falta de
instalaciones dignas, sino también a la morosidad de los juicios: una gran
parte de dicha población está constituida por procesados sin sentencia
firme.
Siempre
ha de evitarse la imposición de sanciones al encarcelado que comporten
riesgo o perjuicio a su salud física, mental o a su vida de relación,
especialmente respecto al contacto con su familia.
8.
Valoramos la labor que realizan los Capellanes penitenciarios, consagrados y
fieles laicos en la asistencia y evangelización de los privados de libertad
y de sus familiares. Asimismo, destacamos –aun sin desconocer la
existencia de graves inconductas reglamentarias– la abnegación de
aquellos miembros del personal penitenciario que con la ejemplaridad de sus
conductas facilitan la recuperación de los privados de libertad.
9.
El Jubileo constituye una invitación a descubrir y realizar signos que
hagan visible la misericordia de Dios, lo cual es hoy especialmente
necesario en el orden de la caridad hacia quienes viven situaciones de
marginación2. Uno de esos signos, con relación a quienes están
privados de la libertad, podría ser el recurso más frecuente a la antigua
institución de la conmutación o reducción de penas.
Es
sin duda inquietante para muchos el pensar que personas que han delinquido
puedan quedar en libertad, pero es asimismo un signo de fortaleza y grandeza
de espíritu que una sociedad sea capaz no sólo de legislar sobre los
delitos y sancionarlos con severidad, sino también de ejercer la
misericordia hasta el perdón con aquellos que han demostrado
arrepentimiento por su delito, el dolor de haberlo cometido y los hábitos
de un cambio de conducta. Invitamos a cada encarcelado a una conversión del
corazón a Jesucristo, para reconciliarse con Él y la sociedad, en la cual
habrá de reintegrarse.
10.
Es necesario proceder de acuerdo con las leyes establecidas y se han de
someter las causas a un estudio personalizado considerando todas sus
circunstancias. A este fin, cuando fuere necesario, habrá de incrementarse
el número de juzgados de ejecución penal, de tal modo que los jueces
puedan atender de manera personal a los encarcelados y controlar
efectivamente la ejecución de las penas.
11.
Tanto para los cristianos como para todo hombre de buena voluntad, este año
jubilar ha de ser un momento privilegiado en el que se experimente la fuerza
renovadora del amor de Dios, que perdona y reconcilia3. Jesús
prosigue su presencia en quien está privado de libertad y nos dice
"estuve preso y me vinieron a ver" (Mt. 25, 36).
Que
nuestros hermanos encarcelados puedan compartir el gozo de este tiempo de
gracia jubilar y que la Virgen María, madre de todos los hombres, nos haga
muy sensibles a su dignidad y a sus necesidades.
Notas
(1)
Cfr. Juan Pablo II, Incarnationis misterium, n.2.
(2)
Cfr. Juan Pablo II, Incarnationis misterium, n.12.
(3)
Cfr. Juan Pablo II, Mensaje para la cuaresma de 2000, n. 4.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2265 del 17 de mayo de 2000
|
 |
Agencia
Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail:
info@aica.org - Sitio
en Internet:
www.aica.org
Copyright © 1996 / 2006
AICA. Todos los derechos reservados. |
|