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DIÁLOGO ARGENTINO


Alocución de monseñor Estanislao Karlic, presidente de la CEA, pronunciada el 14 de enero, junto al presidente de la Nación, doctor Eduardo Duhalde.


1.
El Diálogo Argentino que empieza en este día, ha de ser un noble servicio al país, que ha perdido el rumbo y necesita el sostén de la esperanza.

Queremos ser nación. Sabemos que la nación es don de Dios y obra de los hombres. Dios nunca falta a su palabra. Somos los hombres quienes podemos fallar y nosotros los argentinos hemos fallado, para dolor y confusión nuestra. Sin embargo, a pesar de la profundidad de la crisis los argentinos no queremos perder la esperanza. Estamos heridos, agobiados, perplejos, pero no desesperados.

Aquí estamos, frente a Dios y a nuestros hermanos del mundo, que nos miran asombrados.

Aquí estamos, reconociendo todos nuestra responsabilidad, intentando con humildad y fortaleza, salir de la postración a que nos ha llevado tanta corrupción, tanta mentira y tanta codicia. Debemos reconstruir la patria desde sus fundamentos, para hacerla más humana y justa, más fraterna y solidaria, capaz de los sueños y la audacia de los grandes pueblos de la historia.


2. Queremos ser nación. Una comunidad cuyo principio, centro y fin sea la persona humana en todas sus dimensiones. El bien común de la comunidad política debe ser entendido como "el conjunto de aquellas condiciones de vida social, con las que los hombres, familias y asociaciones pueden lograr más plena y fácilmente su perfección propia" (Gaudium et Spes 74).

Es muy importante que en este diálogo entre argentinos se destaquen los objetivos que se consideran claves para la acción de la sociedad y sus autoridades, sobre los cuales se pueda llegar a acuerdos fundamentales que sirvan para la marcha de un pueblo desconcertado, necesitado de metas racionales y de normas prudentes y estables.

Nos ha de entusiasmar construir juntos una patria de hermanos, en la cual el vínculo, más que la justicia, sea la fraternidad solidaria. La amistad social, según la Doctrina Social de la Iglesia, es una relación que procura proteger la dignidad de la persona y, en virtud de la fraternidad universal, intenta hacer iguales a los que encuentra desiguales. Esta es la ley que debe regir el proceso de la vida en comunión, en la cual se han de despertar las mejores cualidades de nuestro espíritu, nuestra reserva moral, que yace escondida en el fondo del alma de tantos argentinos.

Decíamos en la última declaración de la Comisión Permanente que la superación de la crisis exige la austeridad, el sentido de la equidad y de la justicia, la cultura del trabajo, el respeto de la ley y de la palabra dada. Y que, en orden a ello, es preciso elevar la calidad de la educación basándola en los inclaudicables valores puestos por Dios en el corazón del hombre; transformar la orientación de fondo de los medios de comunicación, evitando que sus programas sirvan para degradar al pueblo; modernizar el aparato productivo de modo que multipliquen los puestos de trabajo real; promover la reforma del Estado y de la política; afianzar la justicia, erradicando todo tipo de corrupción, privilegio y prebendas, y evitando el despilfarro de los fondos y bienes públicos.

Que en verdad el horizonte en el cual se traten los problemas no sea el privilegio injusto de personas, grupos o partidos políticos, sino el servicio de todos los habitantes de este suelo bendito, privilegiando a los pobres y enfermos, a los jubilados y a los desempleados, en fin, a los más necesitados, para que nadie quede excluido de los bienes de la sociedad.


3. El diálogo tiene su origen y su más alta expresión en la relación de Dios con el hombre. Este origen revela la naturaleza y manifiesta la dignidad del diálogo.

Pablo VI decía: "Antes de hablar es necesario no solamente escuchar la voz del hombre, sino también su corazón. El clima del diálogo es la amistad, más aún, es el servicio" (Ecclesiam suam 80). El que entre al diálogo pues, esté dispuesto a intentar hacer un amigo de aquel con quien dialoga y a quien quiere servir.

"El diálogo supone fundamentalmente la búsqueda solidaria de lo que es verdadero, bueno y justo para todo hombre" enseña Juan Pablo II.

La fuente, pues, es el deseo, original y libre, del bien de todos.

En el ejercicio del diálogo que hoy empieza, se ha de manifestar con honestidad el propio pensamiento, las propias intenciones, y escuchar atenta y respetuosamente los problemas y las razones de los otros.

Se ha de hablar con sabiduría y claridad, con mansedumbre, confianza y prudencia, con paciencia y perseverancia.

El triunfo se da en el consenso desde la objetividad de la verdad y la honestidad de los fines, no desde el frío interés egoísta de las partes. Su verdad debe ser buscada con esfuerzo, acogida con reverencia y agradecimiento, madurada con espíritu de sacrificio y el firme propósito de cumplir sus exigencias.

"El diálogo exige que cada uno acepte la diferencia y el carácter específico del otro, sin renunciar a lo que sabe que es verdadero y justo… Incluso en medio de las tensiones, oposiciones y conflictos"… Diálogo quiere decir ver en cada ser humano al prójimo y compartir con él la responsabilidad de cara a la verdad y a la justicia (Juan Pablo II, Florencia, 19.10.96).

El diálogo exige un cambio interior en las personas. Es preciso que nuestro corazón de piedra se transforme en un corazón de carne, un corazón humano, capaz de amar y servir.

Este cambio requiere el vigor y el coraje de la honestidad y la trasparencia, que con la ayuda de Dios siempre es posible. Sin esta grandeza espiritual en quienes se reúnan en este espacio de diálogo y en el pueblo entero de nuestra patria no tenemos derecho a pensar en un mejoramiento de la situación general porque en primer lugar la crisis es moral.

Mientras se desarrolla este Diálogo Argentino será muy importante, incluso para fortalecerlo, que el mismo gobierno y los distintos grupos convocados puedan poner signos auténticos de renovación que faciliten la necesaria credibilidad frente al pueblo.

La Argentina necesita de grandes dirigentes que ganen el corazón de su pueblo, especialmente de los jóvenes, con el heroísmo y la ejemplaridad de sus gestos más que con la elocuencia de su palabra.

Sólo así el diálogo no se transformará en un hecho sin trascendencia, en una mentira más, que dejaría a la nación sumida en peores condiciones de desaliento y frustración.

Los argentinos hemos de transitar el camino difícil de la paz que es el diálogo y no el de la violencia triste y dolorosa, que no es humana ni cristiana.


4. El Diálogo de los Argentinos ha sido convocado por el Presidente de la Nación, para reunir a los sectores representativos de todo el país y será conducido por quienes él haya dispuesto. El Señor Presidente ha solicitado el concurso y la asistencia técnica de las Naciones Unidas.

La Iglesia por su parte ofrece el ámbito, que no es principalmente físico sino espiritual. En total coherencia con su naturaleza, como lo enseña espléndidamente la doctrina del Vaticano II, la Iglesia como institución, no participa como un miembro más, sino como quien brinda un espacio de encuentro, en el que estén vigentes viva y cuidadosamente los grandes valores morales propios de un diálogo auténtico, algunos de los cuales quisimos destacar.


Conclusión

5. La gravedad de la situación nos reclama sabiduría, para encontrar la solución más acertada a los problemas, espíritu profético para señalar las grandes líneas irrenunciables de un proyecto digno de nación, y compromiso valiente de los argentinos como amigos y hermanos que queremos reconstruir la Patria.

"Invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia", con la conciencia de que la gran obra que es la nación merece la entrega y el sacrificio de todos y cada uno de los argentinos, marchemos sostenidos por la esperanza que no defrauda. Dijimos en la Oración por la Patria: "Tú nos convocas, aquí estamos, Señor".


Mons. Estanislao Esteban Karlic, arzobispo de Paraná y presidente de la Conferencia Episcopal Argentina


Buenos Aires, 14 de enero de 2002


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2353 del 23 de enero de 2002


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