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PALABRAS
AL SANTO PADRE JUAN PABLO II
Palabras de Mons.
Estanislao Esteban Karlic, Arzobispo de Paraná y Presidente de la
Conferencia Episcopal Argentina,
pronunciado
en nombre de los integrantes
del
segundo grupo de obispos de la República Argentina,
durante
la visita ad limina Apostolorum (Martes 5 de marzo de
2002)
Beatísimo Padre:
1. Hemos llegado
a Roma para encontrarnos con Su Santidad, con su sabiduría y su
amor, fundamentos de sus proyectos apostólicos, cuyo destino es la
gloria de Dios y cuyo camino es el hombre, su mundo y su historia.
El
primer grupo de obispos argentinos que lo visitó recibió de Su
Santidad un mensaje luminoso; a la vez grave y esperanzador, que nos
llenó de fortaleza y nos alentó a seguir en el duro combate por la
recuperación espiritual de nuestro pueblo.
2. Su Santidad ya
había entrado muy hondamente en la historia de la Argentina cuando
existían los delicados conflictos con el hermano país de Chile y
cuando había estallado la guerra de las Malvinas. En su último
mensaje, Usted Santidad, se ha mostrado otra vez como pastor y padre
–cercano y bueno, firme y prudente– que acompaña y orienta al
pueblo argentino. Queremos expresarle nuestra profunda gratitud por
todo ello.
3. En el
horizonte pastoral de nuestro país, se destaca la crisis general de
la vida económica, social y política, que es fundamentalmente
crisis moral. Sabemos que la profundidad y generalización de la
corrupción que nos afecta exige, junto a cambios de estructuras,
una conversión del corazón y de las costumbres, sumamente dura y
difícil.
Sólo
Dios salva a los hombres y a los pueblos, sólo Él cambia nuestro
corazón de piedra en corazón de carne. Reconocemos que nuestra
libertad no podrá responder sin la ayuda de Dios. Con su auxilio,
estamos iniciando un camino largo y fatigoso que reclama toda la
grandeza de nuestra caridad pastoral. Pedimos al Señor que toque
con su Espíritu el interior de los argentinos, para que –como el
hijo pródigo– nos levantemos con humildad y esperanza y, confesando
nuestro pecado, nos dejemos abrazar por Dios nuestro Padre y
comencemos un período nuevo de nuestra historia como Nación.
La
credibilidad de los argentinos, su confianza mutua, se ha de lograr
en un recíproco servicio de justicia y solidaridad que construya
cada día el tejido de la amistad social. No basta la justicia para
construir un pueblo. Es necesaria la amistad, que no es sino el amor
mutuo, el recíproco deseo de bien, propio de los amigos. Por eso
entendemos que hasta la misma democracia, como régimen político,
cuando no se funda en auténticos valores compartidos, se puede
convertir fácilmente en totalitarismo.
4. Los Obispos
hemos creído que era una obligación pastoral acoger el pedido de
crear en nuestra tierra un ámbito espiritual, que permitiera un
diálogo confiado y fructuoso entre los diversos sectores de la
sociedad y del Gobierno. Sin embargo, es nuestro profundo deseo que
los laicos, preparados con profundidad, actúen con eficacia y
autonomía para transformar el orden temporal que les es propio.
Ellos son las manos con que el Señor quiere construir una sociedad
digna de sus hijos, los hombres. El Evangelio y la Doctrina social
de la Iglesia los iluminará para proseguir –en medio de las
vicisitudes e incertidumbres del momento– la edificación del Reino
de Dios.
"Queremos
ser Nación", una nación cuya identidad sea la verdad y no la
mentira; el amor, y no el odio; el trabajo y el pan, y no el
desempleo y el hambre; la vida, y no la muerte; la familia, y no la
triste soledad; la libertad y la justicia; la solidaridad y la paz.
5. No podemos
dejar de manifestarle nuestro gozo, Santo Padre, porque beatificará
este año a la Madre María del Tránsito Cabanillas, admirable
mujer argentina que, en la escuela de San Francisco, se hizo íntima
de Jesús, y al Hermano Artémides Zatti, que nació en Italia e
imitando a Don Bosco, sirvió a pobres y enfermos en nuestra
Patagonia. El Señor nos llama a la santidad. Esta es la vocación
de todos y la razón última de la evangelización y de nuestro
ministerio.
6. Esperamos de
Dios misericordioso la renovación espiritual que ha de encender la
llama de la reserva moral de nuestro pueblo. Hay muchos argentinos
capaces de conducir con sabiduría y nobleza a nuestro pueblo y
hacer de él una nación de trabajo, libertad y fraternidad, de
cultura y paz, abierta a la esperanza y al futuro, rica en la
grandeza interior de su gente más que en los dones de la tierra,
rica en la simple piedad de los creyentes, expresada en sus
familias, parroquias y santuarios.
Como
en la Oración por la Patria, hoy le decimos a Jesús: "Aquí
estamos, Señor, cercanos a María, que desde Luján nos dice:
Argentina ¡canta y camina!"
Santo
Padre, ayúdenos a levantarnos de nuestras caídas y errores, a
cantar nuestra esperanza y a caminar en comunión, sin fracturas ni
exclusiones, hacia el futuro que el Señor nos tiene preparado.
Dios
bendiga a Su Santidad, por su caridad sacrificada y sin medida. Y,
por medio de su persona, bendiga a la Iglesia que peregrina en la
Argentina.
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2360 del 13 de marzo de 2002
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