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Ciclos
de Cultura Católica y Ética Social-2001
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Expositor: Dr. Miguel Angel Mirabella
De esta manera se vuelve una y otra vez al mismo movimiento pendular: la libertad absoluta termina en la indeterminación anárquica, a la que no se le puede pedir responsabilidades. Pero como los actos intencionales adjuntan responsabilidades, se acude al determinismo psicológico, circunstancial o cultural para evadirlas. Como es evidente, el problema no está en la supuesta incompatibilidad entre libertad y orden, sino en la confusión conceptual entre autodeterminación e indeterminación, confusión que oculta la implícita negación del límite ontológico y operativo de lo contingente, a partir de lo cual la libertad, como poder absoluto del hombre contingente, resulta ser una pretensión injusta y contradictoria. Si lo contingente es orden ordenado a un fin que lo trasciende, es más importante para él su sentido de ser que el hecho de ser tal cosa. En el caso del hombre le corresponde conocer y aceptar la justicia del orden natural y obrar en consecuencia, de modo que, gracias a la capacidad de autodeterminarse, pueda acceder al bien previsto para todo acto justo, es decir, para todo acto ajustado al orden natural. Conocer, aceptar y obrar conforme al orden natural imperante en el hombre y en el mundo, es iniciar el verdadero y único camino de liberación de todas aquellas limitaciones potenciales que pueden y en muchos casos, deben ser actualizadas. La actualización de las potencias naturales del mundo y del hombre, necesarias, oportunas o convenientes, representa la posibilidad de alcanzar el mayor bien o perfección. De esto se sigue que un acto intencional es verdaderamente liberador cuando alcanza el bien previsto en el orden. Por tanto, el bien será objetivo si el acto es justo y el acto será justo si se ajusta al orden natural. La persona humana puede asumir el fin meta de su naturaleza y servirse de él. Puede asumir a título propio, el compromiso de su perfección histórica y definir su personalidad. No obstante deberá asumir, más allá de todas sus limitaciones temporales, su fin destino. Este fin destino sólo se predica de las formas puras y de las personas humanas, en cada una de sus irrepetibles individualidades. Se trata del fin último, de la perfección adecuada y obligatoria que definimos como la perfección del hombre en la historia. En este compromiso, la libertad pasa a ser disposición de bien, aceptación de la original dependencia y subordinación explícita a todas las disposiciones providenciales. Por todo ello, la autodeterminación inteligente de cada persona supera los límites de la justicia como equidad, es decir, de la justicia según la ley, para trasladarse a la justicia ontológica de ser en el Ser y para el Ser, como su imagen y semejanza. Este estado de libertad perfecta, transforma la historia en un tiempo de espera y preparación para la vida eterna. Sin embargo, todo esto supone la aceptación de una dependencia original y final con el Ser Absoluto, dependencia que Satanás ha rechazado y con él sus seguidores. Por el contrario, para los hijos de Dios que por la fe y la razón natural han alcanzado sabiduría, ser libre es ser más plenamente hombre, es ser más plenamente ser, ser libre es ser más. Para la verdadera sabiduría, ser libre es aceptar el orden ontológico, el orden operativo y la jerarquía del bien, es vencer la tentación de negarse a ser en el Ser. De esta forma, la libertad del hombre se convierte en la posibilidad de ser, en la mayor perfección y santidad, semejante a Aquel de quien ya es su verdadera imagen.
Dentro de este contexto debe entenderse la relación entre la libertad y la autoridad. Dice Juan XXIII, (Pacem in Terris, nº 46): "Una sociedad bien ordenada y fecunda requiere gobernantes investidos de legítima autoridad, que defiendan las instituciones y consagren, en la medida suficiente, su actividad y sus desvelos al provecho común del país. Toda la autoridad que los gobernantes poseen proviene de Dios". (nº47): "La autoridad, sin embargo, no puede considerarse exenta de sometimiento a otra superior. Más aún, la autoridad consiste en la facultad de mandar según recta razón. Por ello, se sigue evidentemente que su fuerza obligatoria procede del orden moral, que tiene a Dios como primer principio y último fin".
Boletín Semanal AICA Nº 2321 del 13 de junio de 2001 |
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Agencia
Informativa Católica Argentina
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