|
Ciclos
de Cultura Católica y Ética Social-2001
|
|
|
Expositor: Dr. Gerardo Palacios Hardy
El mundo moderno está configurado por el liberalismo. El liberalismo moderno, si bien echa sus raíces en el nominalismo filosófico de los siglos XIII y XIV, el humanismo y la revolución fundamentalmente protestante del siglo XVI, constituye la aplicación práctica de las ideas de la Ilustración, es decir, de ese movimiento burgués nacido a mediados del siglo XVII en Francia e Inglaterra, que, con su fe ciega en la razón y la ciencia, instaura un antropocentrismo radical, basado en la autonomía completa del individuo. En total coherencia con la proclamación del individuo como principio y fin de la vida social, el liberalismo sanciona tres dogmas o postulados, a partir de los cuales se irá configurando la sociedad liberal. El primero de dichos postulados es la hipervaloración de la libertad individual; el segundo dogma del liberalismo proclama la absoluta autonomía de la razón individual; el tercer postulado liberal declara la soberanía absoluta de la naturaleza y la consecuente imposibilidad de relacionar al individuo con cualquier realidad sobrenatural.
De estos tres postulados esenciales del liberalismo, derivan varias consecuencias que servirán para la configuración de la sociedad y el Estado liberales. La más importante es la soberanía absoluta de la razón individual sobre la propia conducta. Como lógico corolario de semejante creencia, el poder político no será otra cosa que el que provenga de la muchedumbre constituida por cada una de esas razones individuales. Además, si la razón individual ejerce una soberanía absoluta sobre la conducta particular, el conjunto de las razones individuales, al que se da en llamar pueblo, ejercerá una soberanía no menos absoluta sobre la sociedad. La libertad del liberalismo es, en fin, una libertad sin deberes.
El sistema político inventado por el liberalismo para configurar a la sociedad y el Estado desde la impronta de sus postulados, fue bautizado como democracia. El individuo, en la democracia, solo e inerme, transfiere al Estado con su voto el poder de decidirlo todo, sin límite alguno, puesto que dicho individuo, conforme se le había inculcado, tampoco tenía un límite fuera de sí mismo. De este modo, el enaltecimiento de la libertad individual, que constituye la piedra angular de la democracia, culmina en un Estado que puede llegar a ser el más despótico de cuantos ha conocido la humanidad. El sufragio universal concedido a los individuos a cambio de sus derechos absolutos, produce la división de la sociedad, que se fragmenta en intereses de clase o de partido. ¿No es acaso forzoso que un sistema basado en concepciones tan erróneas y funestas acerca del hombre y la sociedad, entre más tarde o más temprano en crisis? Juan Pablo II lo ha expresado de manera admirable: "Una auténtica democracia es posible solamente en un Estado de derecho y sobre la base de una recta concepción de la persona humana... A este propósito, hay que observar que, si no existe una verdad última, la cual guía y orienta la acción política, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se convierte con facilidad en un totalitarismo visible o encubierto, como demuestra la historia" (cf. Juan Pablo II, Centesimus Annus, nº 46). Por otra parte, la democracia no ha querido presentarse como un sistema político más, sino que, en concordancia con el endiosamiento que hizo de su materia prima -el individuo-, se ha glorificado a sí misma, hasta identificarse con la virtud y la civilización.
Hay que recordar, una vez más, la doctrina de la Iglesia, que en numerosísimas ocasiones ha enseñado que "todas y cada una [de las formas de gobierno] son buenas, siempre que tiendan rectamente a su fin, es decir, al bien común, razón de ser de la autoridad social" (cf. León XIII, Au Milieu des Sollicitudes, nº 15). Pero además, de los documentos pontificios se infiere con claridad que la democracia puede ser auténtica o falsa, sana o enferma. Las condiciones para una sana democracia son que se reconozca que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres; que todo poder viene de Dios; que la política -y la economía- deben estar subordinadas a la moral y a la verdad; y que la moral y la verdad no dependen de apreciaciones subjetivas, sino que se corresponden con normas objetivas que cualquier persona puede llegar a descubrir con su razón. (Cfr. Pío XII Radiomensaje de Navidad 1945: "Benignitas et Humanitas") Como ha dicho Juan Pablo II en su encíclica Evangelium Vitae, la libertad debe tener un vínculo constitutivo con la verdad.
Boletín Semanal AICA Nº 2322 del 20 de junio de 2001 |
|
|
Agencia
Informativa Católica Argentina
|
|