Ciclos de Cultura Católica y Ética Social-2001
El hombre y la libertad - ¿Fatalidad? ¿Destino? ¿Azar?


CIES - Centro de Investigaciones de Ética Social
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LIBERTAD y cultura

Expositor: Dr. Gustavo A. H. Ferrari



El culto a una libertad desenfrenada es el centro de la cultura actual.

No hay otra realidad más omnipresente en las diferentes manifestaciones culturales que la convicción incuestionable –tanto que es dogma para los actuales comunicadores- que el hecho de poder decir, hacer, mostrar, escribir o cantar, cualquier cosa. Sea lo que sea y ofenda a quien ofenda.

Es más, la palabra ofensa les ofende, con la lógica contradicción del absolutista del poder, que no concibe una oposición a lo que quiere imponer en nombre de la mejor manera –la única que entiende- de "ser libre".

La fe, la intimidad, nada digamos del pudor, el orden, el respeto humano, los valores, el idioma, las palabras y hasta la propia dignidad del hombre son algunos de los nuevos sojuzgados por el absolutismo de los medios que hoy por hoy expresan la "cultura".

Se dirá, claro está, que cada uno tiene la "libertad" de ver o de no ver, de escuchar o no, de leer o de cualquier cosa, pero no se entenderá que la actualidad de los medios, si algo hace, es atropellar la libertad.

En efecto, esa supuesta "libertad" no existe y ya veremos la justificación de esta afirmación. Por otra parte, en su sentido vulgar, entendida como capacidad de optar, no es posible en la actualidad, de ninguna manera casi, aislarse de la presión de los medios.

Por ejemplo, aunque sólo se lo nombre para criticarlo, o nunca se lo haya visto en un programa entero, toda la Argentina conoce de la existencia de "Gran Hermano". Todos conocen el procedimiento, la palabra "nominaciones" y hasta el nombre de alguna o alguno de los participantes.

He allí una imposición. Un agravio a la libertad. Una tentación a la curiosidad que –de alguna manera- vicia la voluntad.

También, claro está, allí irá después con el mismo procedimiento contra la audiencia en general, para tentar las pasiones desordenadas, que nos esclavizan y deforman haciéndonos cada vez menos libres.

Por eso, apelarán a la morbosidad, al sexo desordenado, a la mostración de intimidades, "chusmeríos" y violencias para atraer al espectador que, normal y sano él, no puede sin un esfuerzo y lucha de su formación contra la tentación, evadirse fácilmente de las ganas de ver, escuchar o leer.

Entonces, un esclavo.

Más, si entendemos por cultura el proceso de relación personal intransferible que tiene el hombre con el orden natural y sobrenatural, constituyendo un conjunto de vinculaciones que lo relacionan con todo lo que hace a su naturaleza, evidentemente concluiremos que el mayor peligro de la actualidad es la distorsión que se provoca en ese vínculo.

La carga de contenidos viciados y viciosos que se presentan al hombre y especialmente, esa justificación que se utiliza para legitimarlos, la libertad, tergiversa esa relación.

Las nuevas reglas de la llamada "cultura moderna" establecen el desorden y, con ello, la desorientación para la libertad que, en su concepción precisa, es guiada por la inteligencia. La libertad no es entonces el principio del orden, no lo genera, sino que esto corresponde a la inteligencia, que, a su vez es, entonces, el fundamento de la libertad.

Concluimos pues, mal puede ser libre la conducta del hombre moderno cuando casi todo lo que guía al proceso cultural es la exacerbación de lo sensible, del sentimentalismo y la pasión sin limite moral alguno.

Cultura desordenada por las pasiones es igual a esclavitud del hombre. Sin inteligencia no hay libertad.

Y en la cultura moderna, animémonos a decirlo, no hay ninguna de las dos cosas.

Un segundo problema, es que este proceso no solamente se encuentra en los medios locales, que mediante leyes adecuadas o medidas de control familiar podría ser atenuado, sino que se asiste a la expresión cultural de la globalización, esto es la multiculturización a la que, con idéntico contenido y posición, es cada vez más difícil de evadir.

La Internet, los programas y contenidos educativos, la televisión y demás medios, todos enmarcan esta misma posición.

Sin embargo, debe decirse que, de ninguna manera la solución es la clausura de la realidad. Al contrario, en este caso, tanto las condiciones como los contenidos, como las circunstancias son aquellos objetivos que tenemos que atender pues, no nos equivoquemos,... no se trata de "matar al mensajero".

Dijo Juan Pablo II a las autoridades y representantes de partidos políticos de la Argentina (La Prensa, 7/4/1987): «Dentro de ese amplio marco de condiciones que configuran el bien común de la sociedad civil, corresponde ciertamente al Estado prestar una particular atención a la moralidad pública, a través de oportunas disposiciones legislativas, administrativas y judiciales, que aseguren un ambiente social de respeto de las normas éticas, sin las cuales es imposible una convivencia humana (...) Por otra parte, el fomento ininterrumpido de la moralidad pública es inseparable de las demás funciones del Estado. En efecto, sabemos muy bien que un deterioro progresivo de la moralidad pública crea peligros más o menos latentes contra los derechos y libertades del hombre, incluso contra la seguridad ciudadana; además pone en entredicho importantes valores de la educación y de la cultura común y, en definitiva, debilita los ideales de cohesión y sentido de la vida nacional».


Esta GUÍA-RESUMEN Nº 13 fue publicada en el 
Boletín Semanal AICA Nº 233
0 del 15 de agosto de 2001

 


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