Ciclos de Cultura Católica y Ética Social-2001
El hombre y la libertad - ¿Fatalidad? ¿Destino? ¿Azar?


CIES - Centro de Investigaciones de Ética Social
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LIBERTAD y liberación

Expositor: Dr. Carlos Daniel Lasa



El libre albedrío es la acción de la voluntad de obrar o de no obrar, de elegir una cosa u otra. Este libre albedrío deviene pleno cuando se ejerce en la línea de la tensión al bien infinito que es el objeto de la voluntad de la naturaleza humana. De allí que la libertad jamás constituya un fin en sí misma, sino un medio en orden a la consecución del Bien infinito.

El término "liberación" no se halla en contraposición al de libertad si se concibe como el conjunto de procesos que tienden a procurar y garantizar las condiciones requeridas para el ejercicio de una auténtica libertad humana. Una malentendida liberación (como la que pretende, por ejemplo, el marxismo, la teoría de Marcuse, el movimiento feminista, etc.), que desconozca la libertad inicial fundada en el orden del ser, conduce inexorablemente a la negación de la libertad. En el origen de este pensamiento ha ocurrido lo siguiente: extraviado el ser por parte de la inteligencia ha sido el mismo bien el que ha perdido también todo valor objetivo. Desligada la voluntad de la inteligencia, la primera se sitúa por encima de la segunda. La conclusión es simple: el reinado total y absoluto de la espontaneidad de la voluntad. El acto libre equivale, ahora, al acto espontáneo. Si ya no existe un ego cogito, el cual perdió su aliquid, es lógico pensar que la voluntad sea esencialmente arbitraria, autoposición de sí, poder absoluto. Esta postura conduce a sostener que ser libre equivale a poder hacer, es decir, poder hacer lo que quiero. Ser libre es seguir mi querer el cual coincide exactamente con mi deseo subjetivo. La libertad, entonces, se independiza del orden moral (ya disuelto desde que muere la metafísica), y se identifica con la desnuda espontaneidad a la que ahora se la llama "poder de obrar".

Esta doctrina empirista de la libertad es heredada por Kant quien observa que si su libertad, su autodeterminación se halla sometida a su sensibilidad, y ésta, a su vez, a las exigencias de la naturaleza en la cual reina la más absoluta necesidad (entiéndase, causa–efecto), ¿es que acaso puede autodeterminarse?, ¿es que queda espacio para ser libre?

La única salida lógica, una vez admitidos los presupuestos empiristas humanos por parte de Kant, es que la voluntad se dé a sí misma su propia ley. La voluntad es, de ahora en más, fin de sí misma: es totalmente autónoma. Vendrá luego Hegel y hará de la libertad la única y total realidad. Ya Fichte había expresado que nada había fuera de la conciencia. En efecto, si algo se hace presente a ella es porque ella misma lo quiere, a consecuencia de un libre acto de pensar. Todo es puesto por la conciencia; el ser, incluso, es producto de la conciencia. Es ella quien pone el ser, quien lo niega y lo supera. La libertad es el todo.

En esta concepción panlibertaria, la libertad es fin de sí misma. La inmanencia total ha hecho eclosión en la concepción de la libertad. La lógica que guía a no pocos de los denominados movimientos liberacionistas (v.g., algunas de las denominadas teología de la liberación, la posición de Marcuse, el movimiento feminista, etc.), es una lógica escindida del orden del ser, de la verdad y del bien. Por el contrario, la auténtica liberación, que es el resultado de un ejercicio auténtico de la libertad, supone la liberación de todo mal y el anclaje en el ser, la verdad y el bien. De modo tal que toda persona, siendo más buena, podrá ser plenamente libre. La auténtica liberación se asentará en aquellos procesos que se ordenen a procurar y garantizar las condiciones requeridas para el ejercicio de una auténtica libertad humana1 .


Magisterio de la Iglesia

Juan Pablo II, Veritatis Splendor, nº 84: «Según la fe cristiana y la doctrina de la Iglesia solamente la libertad que se somete a la Verdad conduce a la persona humana a su verdadero bien. El bien de la persona consiste en estar en la Verdad y en realizar la Verdad. La confrontación entre la posición de la Iglesia y la situación social y cultural actual muestra inmediatamente la urgencia de que precisamente sobre tal cuestión fundamental se desarrolle una intensa acción pastoral por parte de la Iglesia misma: La cultura contemporánea ha perdido en gran parte este vínculo esencial entre Verdad-Bien-Libertad y, por tanto, volver a conducir al hombre a redescubrirlo es hoy una de las exigencias propias de la misión de la Iglesia por la salvación del mundo. La pregunta de Pilato: ¿Qué es la verdad?, emerge también hoy desde la triste perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe quién es, de dónde viene, ni adónde va. Y así asistimos no pocas veces al pavoroso precipitarse de la persona humana en situaciones de autodestrucción progresiva. De prestar oído a ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el carácter absoluto indestructible de ningún valor moral. Está ante los ojos de todos el desprecio de la vida humana ya concebida y aún no nacida; la violación permanente de derechos fundamentales de la persona; la inicua destrucción de bienes necesarios para una vida meramente humana. Y lo que es aun más grave: el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es malo.»


Notas

(1) Cf. Instrucción sobre libertad cristiana y liberación, N° 31.


Esta GUÍA-RESUMEN Nº 1
6 fue publicada en el 
Boletín Semanal AICA Nº 2333 del 5 de setiembre de 2001

 


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