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Ciclos
de Cultura Católica y Ética Social-2001
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Expositor: Dr. Guillermo Romero
En el mundo que nos toca vivir, la investigación científica y la "ciencia" en especial tienen una connotación casi mágica ante la cual se inclinan muchos de nuestros contemporáneos. El cultivo de la ciencia siempre constituye una perfección, es decir siempre es un bien para la vida intelectual y para el hombre en su conjunto y por eso siempre se ha de defender y promover. Hoy en día no obstante, asistimos a una fractura en el seno mismo de nuestra cultura en donde el hombre y toda la realidad del cosmos quedan reducidos a su condición material y biológica respectivamente; por esto pertenece a la lógica de nuestro tiempo que las ciencias físico-matemáticas y la tecnología que de ellas deriva son las únicas ramas del saber que reciben el nombre de conocimiento científico en sentido estricto, y es tal la veneración que recibe este ídolo actual que pareciera no tener ningún límite. Pero, ¿qué es el conocimiento científico propio de las ciencias naturales en su actual grado de desarrollo?. Es el conocimiento que se obtiene por la investigación de los fenómenos naturales. Por investigación entendemos un procedimiento inductivo-deductivo destinado a promover la observación sistemática de un fenómeno en el ámbito humano, o a verificar una hipótesis formulada a raíz de precedentes observaciones. Santo Tomás de Aquino enseña que la norma moral y el valor moral se fundan en el bien moral. Este es en el orden moral el bien ontológico, que es convertible con el ser, es decir con el ente, y con la verdad. Es tarea de la razón práctica o recta ratio agibilium determinarlo. Pero también la razón práctica tiene como otro de sus hábitos propios, aparte de lo agible, es decir del orden moral, el orden técnico que pertenece a lo factible, es decir, esas operaciones de la razón práctica que pasan a una materia exterior transformándola, como sucede en todas las artes y técnicas, tanto útiles como bellas. Este mundo de la técnica es el mundo que fundado en las ciencias naturales va a dar origen al arte de la medicina y a la biotecnología. Tanto la ética como las ciencias ordenadas a la tecnología radican en el mismo sujeto que es la potencia de la razón práctica, y por eso es que desde el sujeto no hay repugnancia alguna entre el orden moral y el orden tecnológico. Desde el objeto tampoco repugna sino que más bien se sigue lógicamente, pues el deber ser se funda en el ser y el orden moral se funda en el orden ontológico.
Hoy día asistimos a la experimentación en el campo de la vida en muy variadas formas, desde la ingeniería genética que es la biotecnología en su más amplio desarrollo hasta diversas formas de experimentación con seres humanos que atentan contra la dignidad misma de la persona humana. Esta práctica se inicia el 25 de julio de 1978, día en que nace Louise Brown, el primer bebé de probeta, en tanto que en nuestro país dicha práctica tuvo inicio en 1984. Todas estas técnicas suponen la producción de numerosos embriones que no llegan a ser implantados, sino conservados en bancos, congelados, lo cual significa un atentado a la vida y un serio agravio a la dignidad del ser humano. Hacia el fin de la década de 1990 nace en Escocia la oveja Dolly, producto de la clonación realizada por el grupo investigador dirigido por los Dres. Wilmut y Campbell. No pasó mucho tiempo hasta que se empezó a jugar con la idea de clonar seres humanos. Al cabo de un tiempo se solicitaron primero fondos públicos y autorización para producir células estaminales a partir de los embriones congelados en banco, con la finalidad aparentemente benefactora de "luchar contra enfermedades incurables" como la E. De Alzheimer, etc. Con esos fines que parecen loables se lograba disimular el hecho de haber conseguido llegar a experimentar con seres humanos, lo cual había sido el propósito inicial. El paso siguiente fue impulsar proyectos de ley para lo que se denomina: clonación terapéutica, es decir la producción de embriones humanos por clonación a fin de conseguir células estaminales o células madres, destruyendo así a los embriones. Cabe decir que el embrión producido por clonación tiene la misma identidad de naturaleza que cualquier ser humano, de modo tal que experimentar con embriones clonados es lo mismo que hacerlo con embriones sobrantes de fecundación in vitro: una inmoralidad manifiesta y un crimen horrendo. En la actualidad con el desarrollo de las técnicas de las endonucleasas de restricción y el ADN recombinante se avanza en la ingeniería genética, que permite el desarrollo en el más alto nivel de las tecnologías orientadas a la producción de animales y vegetales transgénicos para la alimentación. Esto crea un futuro prometedor y auspicioso en vistas a paliar el hambre mundial, pero está a su vez preñado de peligros que los científicos así como los consumidores organizados en más de 250 agrupaciones de 90 países distintos, estudian a fin de poner freno a las ilimitadas posibilidades con que la ingeniería genética podría llegar a dañar el patrimonio genético de gran cantidad de especies. En este contexto se desarrolla y da a conocer el Proyecto Genoma Humano, que es el mapa genético del ser humano del cual se han conocido a febrero del 2001 el 95% de los genes que constituyen la totalidad del genoma humano.
La investigación y la experimentación en humanos tienen límites muy precisos: son los marcados por la moral. Tanto el análisis con los principios de Santo Tomás de Aquino como las numerosas referencias del Magisterio eclesiástico permiten un trato muy fecundo de estas realidades inéditas en la historia de la humanidad. Como contraparte el pensamiento ético del mundo pragmático y utilitarista justifica reducir la naturaleza del ser humano a su condición meramente biológica y materialista, aboliendo hasta la misma psicología del hombre y de ese modo se justifican cualquier invasión y atentado contra la dignidad misma del ser humano. Contra esto es que debemos luchar con toda lucidez y firmeza, recordando que la ciencia verdadera manifiesta al intelecto las riquezas de la Creación, que son reflejo del mismo Dios Creador. La ciencia que no orienta sus resultados hacia el fin último que es Dios y que busca conocer para oponerse conscientemente al plan de Dios, no proviene de un verdadero hábito de estudio, sino que es más bien curiosidad malsana. Esa pseudociencia en el estudio del hombre se pone como fin, en tanto que coloca al hombre como medio, alterando así el orden natural de las cosas.
Boletín Semanal AICA Nº 2334 del 12 de setiembre de 2001 |
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Agencia
Informativa Católica Argentina
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