Ciclos de Cultura Católica y Ética Social-2001
El hombre y la libertad - ¿Fatalidad? ¿Destino? ¿Azar?


CIES - Centro de Investigaciones de Ética Social
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LIBERTAD e historia

Expositor: Dr. Alberto Caturelli



Se puede comprobar en multitud de libros y revistas de distribución masiva y en programas de los llamados «medios» de in-comunicación social, un verdadero regreso de la necesidad (cósmica, psicológica, económica, mágica) que vuelve imposible una explicación fundada de la libertad y de la historia. Grave situación, porque es imposible fundamentar y hasta concebir la historia del hombre concreto, sin una previa filosofía de la libertad personal.

Cuando el hombre común dice que es libre porque «hace lo que quiere», no piensa que semejante «hacer» supone una opción inicial, un acto originario de querer eso que hay, es decir, una inicial opción por el ser que es lo primero querido como bien (es lo que llamo libertad originaria); así como el ser es participado en los entes (estas cosas) y él mismo no es susceptible de participar de nada, de análogo modo, el operar inicial supone que los actos libres no se identifican con la sustancia del ente finito (son operaciones por modo de participación) y remiten al Ipsum Velle subsistens (libertad imparticipada). Por eso, el acto del hombre que dice que puede «hacer lo que quiere», de-pende en su mismo operar del Agente absoluto que es Dios. Hay, pues, una determinación primera de la voluntad (voluntas ut natura) que ama el ser como bien (libertad originaria) y una indeterminación activa de la misma voluntad (voluntas ut facultas) en el tiempo en el cual elige los medios para el fin. Como todo acto libre es temporal, es siempre acto histórico presente; de donde se sigue que la historia no es los «hechos», objeto de la crónica, sino los actos personales; éstos, como toda operación, son actos segundos que remiten, en subordinación esencial, a la Causa eficiente que mueve todo acto desde el principio al fin (ontológicamente) aunque sólo la libertad finita elija los medios (moralmente) y pueda, sólo ella, obrar mal. Luego, la historia no es sólo la co-incidencia de la libertad finita y libertad infinita, sino la inextricable mezcla de bien y de mal en la interioridad del hombre.

La filosofía antigua, por su adhesión a-crítica y de hecho a los mitos pre-científicos, y pre-filosóficos de la necesidad, no pudo ni siquiera plantearse los problemas de la libertad y de la historia, al menos en sus fundamentos últimos. En cambio, la Revelación hebreo-cristiana, sobre todo mediante la noción de creación, al desmitificar el pensamiento antiguo, lo transfiguró permitiendo el progreso - un progreso inconmensurable- de la filosofía como saber natural y el recto planteo de los problemas de la libertad y de la historia. El mundo de Occidente, desde fines de la Edad Media, al absolutizar la Experiencia sensible, la Razón, la Materia y la Nada en el actual nihilismo, disolvió y aniquiló tanto la libertad cuanto la historia retornando al mito de la necesidad y la recurrencia perpetua. En el nihilismo contemporáneo, la libertad es arbitrariedad sin acto inicial ni final y la historia el oscuro reino del absurdo; dicho sea esto sin olvidar que en la medida en la cual se ha mantenido la linealidad de la historia, se pone en evidencia que el inmanentismo actual se ha limitado a una secularización del tiempo bíblico; es decir, se trata de una apropiación ilegítima de un dato esencial de la Revelación que rechaza.

Allende el fracaso (demoníaco) del inmanentismo ateo, la filosofía tradicional reconoce su insuficiencia para develar el último sentido de la libertad y de la historia; pero, al mismo tiempo, muestra que la única actitud verdaderamente filosófica es la disponibilidad (como potencia obediencial pasiva) respecto de la Palabra de Dios, si Dios se digna revelarse al hombre. Este es el momento del tránsito posible de la filosofía a la Teología que completa con la fe la insuficiencia de la filosofía. Así el hombre sabe no sólo que «el bien que quiero no lo hago; antes bien, el mal que no quiero, eso hago» como exclama San Pablo (Rom. 7,19); sino que esto mismo es reato del primer pecado que descalabró la justicia original. Y así comprendemos, como lo enseñó San Agustín, que la historia es la misteriosa tensión interior entre bien y mal, única ley de la historia y, a la vez, única herida de la libertad humana. Tales son las dos ciudades cuya tensión es la historia. El tiempo alcanzó su plenitud en el Instante del de María a la Encarnación del Verbo. El fin absoluto de esta historia se encuentra allende la historia. No habrá más historia. Sólo la libertad absoluta en Dios.


Magisterio de la Iglesia

Pío XII, Vous avez voulu, nº 6: "La Iglesia Católica sabe que todos los acontecimientos se desarrollan según la voluntad o la permisión de la divina Providencia y que Dios persigue en la historia sus propios objetivos (...) Dios es realmente el Señor de la historia".


Esta GUÍA-RESUMEN Nº 18 fue publicada en el 
Boletín Semanal AICA Nº 2335 del 19 de setiembre de 2001

 


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