Ciclos de Cultura Católica y Ética Social-2001
El hombre y la libertad - ¿Fatalidad? ¿Destino? ¿Azar?


CIES - Centro de Investigaciones de Ética Social
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la LIBERTAD de las criaturas

Expositor: Pbro. Dr. Ricardo Irigaray



Nuestra época se caracteriza por el énfasis que pone en sus demandas de libertad. Desde el lema de la Revolución Francesa que marca el inicio de nuestra Edad Contemporánea (libertad, igualdad, fraternidad) hasta los «slogans» a los que apela la publicidad actual (hacé lo que te gusta), pasando por nuestro propio himno patrio (oíd el grito sagrado: libertad, libertad, libertad), la afirmación de la libertad por encima de todo es una constante de nuestro tiempo. ¿Podemos nosotros, como cristianos, compartir esa exaltación de la libertad? A primera vista parecería que sí, ya que la libertad es un don de Dios a sus criaturas racionales. Sin embargo la palabra libertad se utiliza muchas veces para designar no lo que la Biblia y la tradición cristiana aluden con dicha palabra, sino algo completamente diferente.


La libertad hoy

Se la entiende como el hacer lo que a uno le da la gana, carecer de límites. Por eso esta noción de libertad entra continuamente en conflicto con la moral y las leyes. Este es el sentido de la inscripción de los rebeldes de mayo de 1968 en París: «Prohibido prohibir». Esta noción vulgar no es más que la popularización de la noción de libertad de ciertos filósofos modernos, tales como Schopenhauer y Sartre, para los cuales la libertad, para ser verdaderamente tal, debe ser absoluta y carecer de todo límite. A su vez, este planteo es el punto de llegada del viraje antropocentrista y subjetivista que realizó la cultura moderna a partir del nominalismo, Descartes y Lutero. Una noción tal de la libertad sólo puede ser esgrimida como una bandera y defendida por razones emotivas, pero no resiste el menor análisis lógico. Por empezar esta noción de la libertad, al ser absoluta y carecer de toda determinación es imposible de articular con las libertades de los demás y choca con ellas necesariamente. Hace imposible toda moral objetiva, ya que la norma moral representaría una restricción a la pura espontaneidad. Finalmente es una noción filosófica contradictoria en sí misma, ya que una libertad que fuera pura indeterminación se identificaría con el ciego azar. En estricto rigor, una libertad así concebida, es decir, absoluta, sólo es posible en Dios, ya que sólo Él es Absoluto y no está limitado por nada más que por sí mismo. Aspirando a una libertad así el hombre moderno repite la rebelión prometeica de querer arrebatar lo divino, o dicho de otro modo, vuelve a caer en la tentación del pecado original: Serán como dioses, conocedores del bien y del mal.


Noción cristiana (y clásica) de libertad

Es mucho más realista. La libertad no es sino una de las características de los actos humanos, y es limitada en todos sus niveles. Es decir, está limitada y orientada por la misma naturaleza del hombre. Por eso Sartre, para afirmar su noción absoluta de la libertad, tuvo que negar también que el hombre tuviera una naturaleza dada. Para él, el hombre es un proyecto que se hace a sí mismo. En el planteo cristiano, por el contrario, la libertad existe porque el hombre tiene una naturaleza dada, que es racional, espiritual. Esa naturaleza lo orienta necesariamente hacia el Bien Infinito, que es el único que le puede dar la felicidad infinita. Esta aspiración no cae bajo la libre determinación del hombre, sino que es querida necesariamente. Pero precisamente porque el hombre quiere necesariamente el Bien Infinito, queda indiferente o libre frente a todos los demás bienes finitos: ya que ninguno de ellos lo atrae irresistiblemente, queda en libertad de elección frente a todos ellos. No sin embargo en una libertad de completa indeterminación, ya que todos los bienes que se presentan a su elección se articulan en orden al Bien Supremo y de esa articulaciónn surge una jerarquía que determina cuáles han de ser preferidos a los otros. La noción cristiana y clásica de libertad se podría resumir entonces diciendo que libertad es la capacidad de tender sin trabas al propio fin último. Por eso dice N. S. Jesucristo: «Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres (...); todo el que peca es esclavo del pecado (...). Si el Hijo los libera, ustedes serán realmente libres (Jn 8, 32-36). Por eso la verdadera noción de libertad implica en un primer nivel lo que podríamos llamar la libertad exterior, que incluye la libertad de circular, la libertad religiosa, el derecho a a conocer la verdad, a acceder a la cultura, etc. Pero no se agota en ello, sino que en un nivel más profundo implica estar libre de vicios que nos desvíen de nuestro fin último. En este sentido, nuestra época, tan celosa defensora de las libertades externas, ha engendrado o dejado crecer monstruosas esclavitudes interiores, tales como el tabaquismo, el alcoholismo, la drogadicción, la codicia material o consumismo, la adicción al juego por dinero, la lujuria (p.ej. pornografía, promiscuidad sexual), etc.


Predestinación y reprobación eterna

Leemos en la Lumen Gentium, nº 2: «El Padre eterno creó el mundo por una decisión totalmente libre y misteriosa de su sabiduría y bondad. Decidió elevar a los hombres a la participación de la vida divina (...) A todos los elegidos, el Padre, desde la eternidad, los conoció y los predestinó a ser conformes a la imagen de su Hijo para que ése sea el primogénito de muchos hermanos (Rom 8, 29). Dispuso convocar a los creyentes en Cristo en la Santa Iglesia». La interpretaciónn de Calvino sobre este particular parte de la concepción de la corrupción intrínseca de la naturaleza humana -producto del pecado original- que elimina el libre albedrío. Por tanto, la suerte final del hombre ya está sellada por Dios, desde siempre. Hay hombres predestinados al cielo y réprobos, condenados a la muerte eterna, antes de nacer. Señal de la predestinación al cielo, es la abundancia de bienes terrenos que la Providencia otorga a los elegidos; negada la eficacia de las buenas acciones, la voluntad humana y las abnegaciones y considerando inútil la doctrina y tradición de la Santa Pobreza, Calvino abre las puertas del espíritu al dinero (cfr. H. Belloc, La Crisis de nuestra civilización, Sudamericana, pág. 111). En cambio Santo Tomás, observa en De Veritate, q. 20, art. 7 ad. 4: «A lo cuarto contesto que el mérito de Cristo en cuanto a la suficiencia es igual para todos, no empero en cuanto a la eficacia: lo cual sucede en parte por el libre albedrío, en parte por la divina elección, por la cual a algunos se les confiere, misericordiosamente, los efectos de los méritos de Cristo y a otros, por justo juicio, se les sustrae».


Esta GUÍA-RESUMEN Nº 1
9 fue publicada en el 
Boletín Semanal AICA Nº 2336 del 26 de setiembre de 2001

 


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