Ciclos de Cultura Católica y Ética Social-2001
El hombre y la libertad - ¿Fatalidad? ¿Destino? ¿Azar?


CIES - Centro de Investigaciones de Ética Social
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Clausura: 
LA VERDAD OS HARÁ LIBRES

Expositor: Dr. Carmelo E. Palumbo



Se ha comenzado este curso sobre «El hombre y la libertad» usando el simbolismo y significado de la estatua de Prometeo encadenado, erigida frente a la Catedral de San Patricio en el Rockefeller Center de New York (EE.UU.). En la mitología griega, Prometeo llevó a cabo el robo del fuego sagrado de Zeus para entregárselo a los hombres. Con ello buscaba liberarlos de la sumisión a Zeus y otorgarles a cambio la capacidad creadora de las diversas artes y oficios con lo cual constituir su cultura y civilización. Prometeo fue castigado por Zeus; encadenado a una roca del Cáucaso. También el hombre fue castigado; Zeus envió a Pandora, portando una caja llena de males, los que, una vez abierta, se expandieron por el mundo quedando solamente la esperanza como único bien remanente.


LIBERTAD Y ESCLAVITUD

A través del Curso que hoy clausuramos, se han considerado las falsas libertades en las que se halla inmerso el hombre contemporáneo, resultando ser, paradójicamente, fuentes de esclavitudes; como contrapartida, se ha reflexionado en torno a la verdadera libertad de la persona humana sublimada con la libertad de los hijos de Dios. Cerrando el arco de estas consideraciones lo paradójico resultó ser realidad trágica; los acontecimientos del 11 de setiembre pasado fueron un fiel reflejo de los males que acarrea la falsa y pretendida autonomía del hombre frente a Dios. SS. Juan Pablo II, en su primera encíclica, Redemptor Hominis, nos advertía: «El mundo de la nueva época, el mundo de los vuelos cósmicos, el mundo de las conquistas científicas y técnicas, jamás logradas anteriormente, ¿no es al mismo tiempo que gime y sufre y está esperando la manifestación de los hijos de Dios?» (nº 8) (...)»El hombre por tanto vive cada vez más en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte sino algunos y precisamente los que contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra él mismo; teme que puedan convertirse en medios e instrumentos de una autodestrucción inimaginable, frente a la cual todos los cataclismos y las catástrofes de la historia que concomes parecen palidecer. Debe nacer pues un interrogante: ¿por qué razón este poder, dado al hombre desde el principio - poder por medio del cual debía él dominar la tierra - se dirige contra sí mismo, provocando un comprensible estado de inquietud, de miedo consciente o inconsciente, de amenaza que de varios modos se comunica a toda la familia humana contemporánea y se manifiesta bajo diversos aspectos?» (nº 15)


Por ello, si bien nadie puede afirmar que estamos en tiempos apocalípticos -sería pecar de presunción y soberbia el hacerlo- con todo se puede aventurar que este mundo, esta cosmovisión vigente, concluirá, por implosión o explosión, sólo Dios lo sabe, y que uno nuevo deberá surgir en el que el amor a Dios y al prójimo se armonizarán con los adelantos del hombre en el dominio que va alcanzando sobre la tierra, poniéndola a su servicio. Quizás uno de los problemas que ya ha comenzado a aparecer con lo sucedido, por ejemplo, en Chernobyl, es cómo dominar el dominio que el hombre va alcanzando con la técnica. ¿Cómo dominará la competencia veloz y sangrienta de productos desatada por la comunicación instantánea vía internet? ¿Cómo dominará la delincuencia digital? ¿Cómo dominará la potencia destructora de la materia, concentrada en el armamentismo misilístico moderno? ¿Cómo dominar la PC e internet, a fin de que los niños no se escapen por las carreteras del mundo, alejados de sus maestros y padres? Tiemblan los mismos inventores ante estos y similares cuestionamientos, resultado de la aceleración tecnológica.


LA AUTÉNTICA LIBERTAD

Para responder adecuadamente es forzoso reconocer la prioridad del espíritu sobre la materia, de la ética sobre la técnica, economía y cultura. Solo la unidad superior que otorga el espíritu, puede gobernar lo múltiple e inspirar una convivencia solidaria, liberando al hombre de la esclavitud.


Habrá que añadir a esta reflexión de neto corte filosófico, la reflexión teológica cuya fuente la hallamos en San Pablo, que dice: «No hay distinción de judío ni griego; ni de siervo ni libre; ni tampoco de varón ni mujer. Porque todos vosotros sois una misma cosa en Jesucristo» (Epístola a los Gálatas, III-28). Siguiendo esta línea de fe, con fundamento filosófico y bíblico, la fe en Jesucristo y el participar de su misma vida, elimina la dialéctica instalada en las sociedades humanas. No es que deba desaparecer la jerarquía y desigualdad de talentos, naturalezas y funciones, sino que se dignifican, se coordinan y orientan a su verdadera finalidad; esta fe y vida de los cristianos es la que «mueve montañas», así como podríamos decir que la mala fe de los humanos, destruye «torres», es decir, se autodestruye con las obras de sus manos. La libertad, de los hijos de Dios, cimentada en la vida superior del espíritu, es la auténtica libertad que nos trazó Cristo con su redención.


Esta GUÍA-RESUMEN Nº
21 fue publicada en el 
Boletín Semanal AICA Nº 2338 del 10 de OCTUBRE de 2001

 


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