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LA VERDAD Y EL ERROR SOBRE
LA MORAL Y LA ÉTICA
Guía resumen
Nº
7 de los Ciclos de Cultura y Ética Social 2002
Expositor:
P. Dr. Domingo P. Basso O.P. -
21 de mayo
La verdad y el error en moral
Cuando se habla de
error (falsedad) y verdad en moral, debemos utilizar con cautela los
términos. El concepto de verdad tiene dos vertientes: una
especulativa por la que, según la clásica y conocida definición
aristotélica, verdad es la adecuación entre el entendimiento y la
realidad. Muchas corrientes modernas de pensamiento han rechazado
esta definición, con las fatales consecuencias que eran de prever.
La más nefasta de todas estas corrientes es la que antepone a la
verdad la libertad del sujeto. La Encíclica Veritatis Splendor,
abunda en la refutación de tales corrientes. Además existe el
aspecto práctico o moral de la verdad. Ciertamente, la verdad juega
otro papel importantísimo en relación no ya con el entendimiento,
sino con la afectividad. Es la llamada verdad moral, considerada
como la adecuación entre el entendimiento y la afectividad,
denominada por la Escolástica «apetito recto», fórmula
equivalente a «recta intención». En virtud de esta
adecuación, puede ocurrir que alguien situado en el error o en la
falsedad, actúe errónea o falsamente creyendo obrar correctamente.
Esto nos lleva a reflexionar sobre el tema de la conciencia moral.
La conciencia
La conciencia moral
es un juicio práctico valorativo de la acción. Tal juicio no puede
darse por generación espontánea sino que procede a partir de ciertos
postulados (verdad ética objetiva). Si se ambiciona disponer de un
juicio justo y atinado, cualquiera sea el nivel en el cual se lo
exprese, es preciso capacitar a quien lo emite a fin de evitarle el
error. Formar la conciencia moral significa proporcionar a quien
debe juzgar, una educación o cultura previas, es decir, una
referencia completa del objeto de juicio. Esta cultura trasciende lo
puramente científico y, asimismo, lo puramente ético.
Ética y ciencia
Se ha repetido
innumerables veces que la ciencia es amoral hasta el punto de
considerarse esta afirmación como una verdad indiscutible. En base a
ella se procede en el campo de la investigación bajo la consigna de
que a nada puede estar subordinado el interés de la ciencia. En
realidad esta hipótesis es sólo parcialmente verdadera, es decir, lo
es únicamente cuando quiere expresar que cada una de las ciencias
posee una debida autonomía en la consideración de su propio objeto.
Pero es falsa si pretende negar todo tipo de vinculación entre las
distintas ciencias y la ética. Numerosos pensadores actuales y,
particularmente el Magisterio Auténtico de la Iglesia, han refutado
con vigor esta concepción aberrante, que no por eso ha dejado de
convertirse, en nuestros días, en una convicción generalizada. La
subordinación de las ciencias a la Ética, exige la formación de la
conciencia, a fin de evitar que, despojándola de toda valoración
ética, se pretenda hacer avanzar la ciencia y la técnica mediante el
holocausto de toda norma moral (especialmente las que salvaguardan y
protegen la orientación humana acerca del auténtico progreso).
Estamos ante un riesgo inmenso en el cual se puede caer: convertir
el desarrollo científico en un dios o ídolo al cual todo se pueda y
deba sacrificar. La sociedad actual no parece mostrarse ni inmune ni
lejana de ser arrastrada por esa nueva idolatría.
En el campo de la
Bioética, existe una norma fundamental insoslayable: el respeto de
la dignidad del hombre y su vida. O esa norma se admite, o, la
medicina misma habrá perdido su sentido. Muchas cosas podrán traerse
a colación sobre el sentido y el valor de la vida humana y sobre los
motivos por los cuales merece el mayor de los cuidados. Como lo ha
señalado la Instrucción Donum Vitae, la vida humana tiene sin
lugar a dudas una dimensión sagrada que es ilícito desconocer. En
este campo de tanta vigencia actual, el error sobre la relación
entre la ética y la ciencia, pueden traer consecuencias nefastas.
Magisterio de la Iglesia
Juan Pablo II,
Veritatis Splendor, nº 36:
«Olvidando que la
razón humana depende de la Sabiduría divina - y en el estado actual
de naturaleza caída también de la necesidad - así como la realidad
activa e innegable de la divina Revelación para el conocimiento de
verdades morales incluso de orden natural, algunos han llegado a
teorizar una completa autonomía de la razón en el ámbito de las
normas morales relativas al recto ordenamiento de la vida en este
mundo. Tales normas constituirían el ámbito de una moral solamente
humana, es decir, serían la expresión de una ley que el hombre se da
autónomamente a sí mismo y que tiene su origen exclusivamente en la
razón humana»
Esta guía resumen fue publicada en el
Boletín Semanal AICA Nº 2370 del 22 de mayo de 2002
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