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LA VERDAD Y EL ERROR SOBRE "EL ORDEN MUNDIAL"
Guía resumen
Nº
8 de los Ciclos de Cultura y Ética Social 2002
Expositor:
Dr. Marcelo Ramón Lascano
-
28 de mayo
Desde el punto de
vista político, el orden mundial suele tener algún punto de
referencia, alguna conexión, al menos, con dos ideas. Éstas son
tributarias de la civilización o universo cultural que le sirve de
escenario concreto en tiempo y lugar, por ejemplo, la civilización
cristiana en occidente, y a la vez con líneas establecidas por algún
poder hegemónico, o liderazgo, encarnado en lo que modernamente se
denomina alguna potencia, esto es, una nación encumbrada por sus
logros y que actúa como árbitro frente a conflictos.
En esa inteligencia,
y teniendo en cuenta las etapas históricas, siempre existió alguna
suerte de orden mundial, donde las religiones, las instituciones
jurídicas, los grandes edificios filosóficos, fueron los que
generaron los contextos de discusión, las jerarquías de valores, los
progresos sociales, las leyes de la guerra, la legitimidad de la
acumulación de riqueza y sus modos, en fin lo que se denomina la
evolución del género humano, según algunos ejemplos o testimonios
referenciales.
Nosotros
pertenecemos a un orden cuyas raíces se hunden en cuatro culturas
extraordinariamente enriquecedoras: en lo religioso respondemos al
orden judío y cristiano y en lo filosófico, jurídico y político
heredamos la tradición de Grecia y Roma. En estos últimos
veinticinco siglos el orden ecuménico ha estado virtualmente
influenciado por esas cuatro manifestaciones, determinantes de esa
unidad con diversidades que es occidente.
Sería ocioso
puntualizar en el particular enfoque que nos congrega, si deberíamos
o no hablar de civilizaciones, al estilo Huntington, porque nos
enredaríamos como él y Fukuyama; ello dicho sin menoscabo de la
erudición que denuncian sus trabajos y del reconocimiento explícito
del esfuerzo que denuncian sus respectivas interpretaciones de las
realidades humanas pretéritas y actuales.
Dado que
globalización y orden mundial son conceptos que están expuestos
a confusión y aunque puedan vivir en simbiosis no significan lo
mismo, es necesario subrayar la distinción. La globalización
es un fenómeno antiguo, reiteradamente registrado en la experiencia
humana, que para unos como Aldo Ferrer, se remonta a la conquista de
América como hecho significativo. Por mi parte, me da la impresión
de que las Cruzadas podrían anotarse el hito inicial, habida cuenta
de su proyección mas allá de lo religioso, si se recuerda que la
movilización de recursos que supuso la gesta desde el siglo XI se
extendió al orden económico y financiero con las innovaciones que
irrumpen, precisamente entonces (y Amintore Fanfani identifica) como
instituciones precapitalistas, sobre todo en las repúblicas
italianas durante los siglos XII y XIII.
El orden mundial
actual, por no situar la cuestión sino en nuestro tiempo, ocurre en
el amplio marco de una nueva globalización, esto es, en la
que irrumpen revolucionarios acontecimientos como las comunicaciones
de nuevo cuño, la computación y su variedad de aplicaciones a todo
género de actividades humanas, la tecnología de la información y su
virtual disponibilidad en todo el planeta y en tiempo real, todo en
un contexto de crecimiento de los medios de transporte y del
intercambio comercial y financiero de singulares características y
gran provecho para quienes se hayan inscripto en sus términos con
sentido de la oportunidad.
Quiere decir que el
orden mundial ahora reviste alguna singularidad que se
integra en el nuevo marco de la globalización. El nuevo orden
responde, a mi juicio, a los lineamientos impuestos por los
vencedores de la segunda guerra mundial con el indisimulado
predominio de los Estados Unidos, sobre todo desde la desintegración
del imperio soviético, hace poco más de una década. La
super-potencia ejerce su influencia en un vasto campo de
realizaciones humanas como las económicas, financieras, culturales,
científicas y aún militares. Los Organismos internacionales sirven,
indisimuladamente, a sus objetivos, aunque no siempre según sus
apetitos.
Ahora bien, es en
el ámbito cultural y de los valores donde el orden mundial en esta
globalización deja lagunas y testimonios perversos y
subalternizantes.
No se subraya suficientemente que el hombre debe responder a tres
tipos de deberes: individuales, familiares y sociales.
Se niegan o desconocen desde la política y desde la economía los
principios de subordinación de la primera al bien común del
consorcio político y la relevancia del principio de
subsidiariedad como expresión sensata para distribuir las
competencias en la organización social. La segunda y las actividades
que le conciernen realzan las definiciones y conveniencias
emergentes de los mercados por encima del principio de
reciprocidad en los cambios cuya función esencial es,
precisamente, la de moderar los apetitos desordenados de ganancia y
erradicar la explotación salvaje de hombres por hombres y de países
por países o pueblos, so pretexto de supuestas ventajas cuya
constatación empírica rara vez se comprueba.
La verdad es que
existe un orden mundial, nos guste o no. El error, a mi juicio, es
que sociedades maduras y con personalidad no puedan independizarse
de la idiotez que proyectan desde diferentes esferas quienes ejercen
influencia cultural, científica y tecnológica, por dejar la cuestión
en el plano de las ideas y de los modelos de comportamiento.
La globalización
está para quedarse y en su contexto un orden mundial seguirá
rigiendo muchos aspectos de nuestras vidas, pero yace en nosotros la
posibilidad de elegir y liberarnos de todo aquello que contravenga
los principios rectores que traen nuestras tradiciones, nuestras
instituciones cívicas y religiosas, nuestras definiciones
familiares, y la fidelidad a nuestros valores, siempre sin perder
la identidad nacional que ayuda a comprendernos para hilvanar un
destino común hecho a nuestra medida.
Esta guía resumen fue publicada en el
Boletín Semanal AICA Nº 2371 del 28 de mayo de 2002
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