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LA VERDAD Y EL ERROR SOBRE EL AMOR HUMANO


Guía resumen  Nº 14 de los Ciclos de Cultura y Ética Social 2002
Expositor:
Dr. Vytautas J. Mikalonis - 13 de agosto


Se puede decir, sin temor a equivocarnos, que de algún modo toda la vida del hombre y en todos sus aspectos depende del amor. No es exagerado afirmarlo, aunque pueda parecerlo, si tenemos en cuenta lo que el amor es y significa para el hombre. Entender en su cabal dimensión esto último es lo que nos permite afirmar lo primero. En efecto, todo lo que hace el hombre lo hace por algún amor, porque: «Debe decirse que todo agente obra por un fin. El fin es el bien deseado y amado por cada uno. Por lo cual es manifiesto que todo agente, cualquiera que sea, ejecuta cualquier acción por algún amor» (S.Th. I-II, q.28, a.6)

¿Qué es el amor humano? ¿Cuál su naturaleza? ¿Porqué compromete de tal modo la vida del hombre? La respuesta no es fácil por dos razones principales. La primera, porque la verdad sobre el amor humano se sigue de la verdad sobre la naturaleza humana y en la misma medida participa de su misterio. La segunda, porque el común del hombre contemporáneo perdió el hábito intelectual del recurso a los primeros principios del ser y se muestra con frecuencia incapaz de trascender los datos empíricos para llegar, en la búsqueda de la verdad, a algo absoluto, último y fundamental. Se podría mencionar también una tercera y es que es difícil desligar la subjetividad que impone la carga afectiva que suscita el amor de la necesaria objetividad que se requiere para considerar la verdad o el error sobre él. Por lo tanto, para poder decir algo sobre la verdad del amor humano debemos primero reconocer que el hombre posee una determinada naturaleza ordenada por un fin, naturaleza que le es dada y no depende de su voluntad. O dicho de otro modo, el hombre, libre por naturaleza, no es libre para decidir lo que es. Debemos reconocer también que el hombre es un ser compuesto por un cuerpo y un alma unidos sustancialmente como la materia a su forma y que por lo mismo en todo lo humano, y en el amor también, cuerpo y alma se implican, cada uno a su modo y en su medida. Por eso también hay que afirmar que cualquier intento de reducir el amor a su sola dimensión corpórea o, por el contrario, sólo a su dimensión espiritual nos aleja de la verdad sobre el amor humano. También es importante señalar que el amor humano debe someterse en cuanto a su conveniencia al juicio de la recta razón. Sólo desde esta perspectiva realista se puede intuir la importancia capital que reviste el amor para la vida del hombre. En efecto, el hombre apetece todo aquello que su naturaleza demanda para su perfección, y lo que todo hombre apetece es lo que llamamos bien. El bien es el objeto de nuestras apetencias y es por lo mismo el que suscita nuestro amor. «Por lo tanto, la primera inmutación del apetito por el objeto apetecible se llama amor, que no es otra cosa sino la complacencia en lo apetecible; y de esta complacencia se sigue el movimiento hacia lo apetecible, que es el deseo, y, por último, la quietud, que es el gozo» (S, Th. I-II, q. 26, a. 6) Ahora bien, el bien que inmuta nuestro apetito puede ser conveniente o no, en un momento determinado y en determinadas circunstancias, para la perfección de nuestra naturaleza, y en la misma medida podremos decir de él que es un bien real o aparente. En esto último, en el bien que amamos, radica el que un amor pueda ser un buen o mal amor en cuanto nos acerque o nos aleje del fin debido. Pero, ¿porqué el hombre puede amar algo que no le conviene, que puede inclusive causar su ruina? La respuesta hay que buscarla en el evidente desorden que signa la naturaleza humana y por lo tanto también sus inclinaciones, hecho tan obvio que ninguna ideología puede negar. La Fe católica nos permite afirmar sin margen de error que es el fruto de la inclinación al mal producida por el pecado original y que sólo se puede remediar por la acción de la gracia y no sin grandes esfuerzos. Lamentablemente hoy en día, dada la cultura hedonista y materialista en la que estamos inmersos, todo, o casi todo, parece conspirar contra el buen amor. En efecto, se pretende identificar el significado del amor humano exclusivamente con las demandas de la libido. Satisfacer sin más las demandas de nuestro apetito sensible es la consigna del «amor  mediático» en el que todo vale. Amor que es pura cáscara, pura apariencia de amor que comparte sólo la epidermis, eso es lo que se quiere imponer como verdadero amor. Amor sin sustancia, sin pulpa, sin jugo, sin apegos durables ni uniones estables, sin compromisos firmes, flor de un día que no termina por colmar plenamente ni siquiera lo que pretende satisfacer. También conviene aclarar que cuando se habla del amor humano no debe confundírselo sin más con el amor de caridad, el amor a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo por amor a Dios. El primero es tan propio de la naturaleza humana como el respirar o pensar y es tan finito y falible como la misma condición humana; el segundo es un don que Dios concede al alma en gracia, es algo que Dios crea en nosotros cuando vivimos en amistad con El. Es por lo tanto un don sobrenatural que no niega ni destruye la naturaleza del amor humano sino que lo eleva y perfecciona proyectándolo a dimensiones inconmensurables. En definitiva, aunque considerar la verdad sobre el amor humano no sea remedio en sí mismo, nos ayuda a ser fieles con nosotros mismos y con aquellos que decimos amar. Nos ayuda a optar con más claridad por aquellos bienes que más convienen a la naturaleza humana para su perfección. Nos ayuda también a anteponer los bienes de la amistad, del matrimonio, de la sexualidad, al egoísmo mezquino de nuestros apetitos sensibles ubicándolos en sus justos términos sin desestimarlos ni sobrestimarlos. Nos ayuda a vivir el amor libremente, que es la única forma bella de amar, sin temores ni cargas de conciencia.


Esta guía resumen fue publicada en el 
Boletín Semanal AICA Nº 2382 del 14 de agosto de 2002


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