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LA VERDAD Y EL ERROR SOBRE CRISTO
Guía resumen
Nº
20 de los Ciclos de Cultura y Ética Social 2002
Expositor:
Pbro. Dr. Ricardo Irrigaría -
24 de setiembre
Las expresiones con que el mismo Jesús se refería a su persona:
"Hijo del hombre", "Hijo del Padre", "Cristo", más allá de poner de
relieve la plena conciencia de su divinidad, incitaba a los oyentes
a preguntarse por su identidad. Lo que afirmaba de sí, movía a
escándalo a muchos de sus oyentes y confundía a los "doctores de la
ley". "¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del hombre?" [Mt.
16-13]. Hoy, a dos mil años de formulada esta pregunta, parece
volver a resonar con todo vigor, pues, como señala SS. Juan Pablo
II, las modernas relecturas del Evangelio fundadas en ciertas
especulaciones teóricas más que en la meditación de la Palabra de
Cristo, crean un marco de confusión que apartan al creyente de los
criterios centrales de la fe de la Iglesia [Cf. Discurso a la
Tercera Asamblea General del CELAM]. Hoy, como antes nos pregunta
Nuestro Señor: "¿Y según vosotros, quién soy yo? [Mt. 15-15]
Los falsos cristos
Cuando los hombres
abandonan a Dios: quedan a merced de "las concupiscencias de su
corazón" (San Pablo, Carta a los Romanos, I, 24) y se entregan a
la veneración e idolatría de los "falsos Cristos" [San Mateo XXIV;
San Lucas, XVII]
Los símbolos de la fe
más antiguos nos hablan de los hechos de la vida terrenal y humana
de Cristo, su concepción, nacimiento, pasión muerte y resurrección;
también nos testimonian su naturaleza divina; los santos padres
citan los símbolos de la fe católica en los que se dice de
Jesucristo que es Hijo de Dios y que ha nacido de María Virgen. Los
símbolos orientales recalcan la unidad de Cristo. Siempre ha sido y
es enseñanza de la Iglesia que la naturaleza divina y humana se
hallan unidas en Cristo hipostáticamente, es decir, en unidad de
persona. Así lo expresa el Símbolo del Concilio de Calcedonia (año
451) del que dependen todos los símbolos posteriores sobre el
particular: "Dios verdadero y hombre verdadero" [Cf. Dz. 148]
Contra esta verdad de
fe, se levantan dos herejías opuestas entre sí: la que resalta la
naturaleza divina con detrimento de su naturaleza humana, y la que
resalta la naturaleza humana, con detrimento o negación de su
naturaleza divina. Hoy día, asistimos a una reedición de esta última
herejía. Se silencia la divinidad de Cristo: sería solamente un
profeta, un anunciador del Reino y del amor de Dios pero no el
verdadero Hijo de Dios, centro y objeto mismo del mensaje
evangélico. Semejantemente, hay quienes pretenden mostrar a Jesús
como una figura políticamente comprometida, como luchador contra la
dominación romana y contra los poderes; un "subversivo" de Nazaret,
un Cristo revolucionario que no se corresponde con la verdadera
identidad de Nuestro Señor y su misión redentora. Uno de los errores
fundamentales de las corrientes enroladas en la "teología de la
liberación", viciadas de una lectura marxista del hombre y la
sociedad, consiste en interpretar el cristianismo como un medio para
la transformación política del mundo. También reedita, a su manera,
el error del pueblo judío que esperaba en Cristo al liberador de la
opresión política que sufría a manos de Roma. En concepto de la
teología de la liberación, la religión es instrumento para conseguir
la libertad y la paz de los pueblos que soportan las presiones
económicas de los países industrializados; el fin de la religión
debe expresarse en resultados políticos concretos. En sus versiones
más extremas, la teología de la liberación ha justificado incluso el
uso de la violencia (terrorismo).
La verdadera
salvación para el hombre está en conocer al Padre; pero nadie llega
al Padre si no es por medio de su Hijo, Jesucristo; Cristo
constituye el camino, la verdad y la vida; en los últimos años,
asistimos al desarrollo y difusión de una falsa teología sobre la
verdad de Cristo, a la que sigue una falsa eclesiología y una falsa
pastoral que exagera la promoción humana, dejando de lado la
espiritualidad de la gracia y de los sacramentos; se prefiere
atender a aquello que se dará por añadidura, más que a la verdadera
búsqueda del Reino de Dios; pero "no solo de pan vive el hombre". De
esta manera, la misión santificadora y evangelizadora de la Iglesia,
corre el riesgo de ser reducida a un simple asistencialismo.
La generación
posmoderna, por su parte, ha dado lugar a un marcado
rejuvenecimiento de la experiencia religiosa, pero vista como un
"sentimentalismo" religioso sincrético y ecléctico. En este sentido,
a nuestras sociedades contemporáneas "democráticas" y "tolerantes",
proponen una relativización de lo religioso, producto de su
reducción al plano exclusivo del hombre; ya no es Dios quien
misericordiosamente sale al encuentro del hombre, sino que es el
hombre quien por sus solas fuerzas transita los senderos hacia Dios
(elemento natural, humano) Por ello, cualquier forma en que el
hombre (y, aún, cada hombre particular) elija para concebir a Dios y
para comunicarse con El, es tenida por igual a otra e igualmente
verdadera y eficaz. Bajo esta perspectiva, Cristo es visto como una
verdadera y extraordinaria figura, incluso como manifestación de
Dios, pero lo que se ha manifestado en El, también se habría
manifestado en otros (Mahoma, Buda, Krishnamurti, etc.); da lo mismo
adorar la cruz de Cristo, que a un tótem o a un amuleto. En este
contexto, La Iglesia Católica Apostólica Romana debe renunciar a su
pretensión de auténtico camino y verdad; los dogmas deben ser
reinterpretados de una manera más "abierta" y "tolerante",
privándolos de su realidad sobrenatural. Para que el hombre alcance
la salvación no requiere de la gracia, sino de una confianza en sus
propias "fuerzas" espirituales; asimismo, no es imperativo seguir
las enseñanzas de una ética y una teología moral objetiva y única,
sino que cualquier ascetismo individualista es válido.
"Yo soy el camino, la verdad y la vida"
Sólo en la medida en
que volvamos a una auténtica Teología acerca de Cristo y su misión
redentora, tendremos una eclesiología equilibrada y una auténtica
pastoral cristiana. Solo desde la verdadera fe en Cristo y desde el
seno de su Iglesia, seremos capaces de servir al hombre, a nuestros
pueblos, y de penetrar con el Evangelio la cultura, transformando
los corazones, humanizando, en consecuencia, las sociedades y sus
estructuras.
Esta
guía resumen fue
publicada en el
Boletín Semanal AICA Nº 2388 del 25 de setiembre de 2002
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