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CORRUPCIÓN RELIGIOSA
Guía-resumen
Nº 4 de los Ciclos de Cultura y
Ética Social 2003
Expositor:
Dr. Marcelo L. Imperiale
-
14 de mayo
El
fenómeno religioso
La religión supone una relación de unión íntima con Dios respecto de
la cual el hombre está exigido en virtud de los bienes que ha
recibido y recibe de parte de Dios, como creatura suya. Esta
exigencia constituye para el hombre un deber estrictísimo que
consiste en tributar a Dios la debida honra, es decir, adoración y
sometimiento; por parte de Dios es una amorosa complacencia en el
reconocimiento y gratitud que el hombre le ofrece.
Religión, virtud y revelación
Siguiendo una tradición que se remonta hasta autores romanos como
Cicerón, Santo Tomás concibe a la religión como una virtud anexa a
la virtud de la justicia. Las virtudes anexas a la justicia, reúnen
características propias de la justicia pero de manera deficiente o
imperfecta porque, o bien se da algo debido, pero no se guarda
proporción entre quien debe y aquel a quien se debe, o no se da algo
legalmente debido a otro. En el caso de la religión, se da lo
debido: la honra que ha de tributarse a Dios en cuanto creador y
soberano de todas las cosas, pero no se da la proporción, pues Dios
excede infinitamente al hombre. El objeto de la virtud de la
religión es la honra a Dios y se sustenta en el reconocimiento de
Dios como creador y soberano de todo el universo. El fenómeno
religioso no es algo exclusivamente humano, sometido a la diversidad
de interpretación y expresión del hombre y de su cultura: las
maneras con que rendimos culto a la divinidad. De ser este el caso,
cualquier forma religiosa sería igualmente equivalente y válida.
Pero, de momento que Dios se ha revelado dándonos a conocer su
intimidad (Dios Uno y Trino) y ha manifestado su plan de redención
que se realiza plenamente en Cristo, no toda religión es equivalente
e igual, sino que solamente en Jesucristo se encuentra la plenitud
de la vida religiosa.
La corrupción religiosa
Se corrompe la religión cuando no adoramos al verdadero Dios sino a
ficciones deformadas del mismo, o cuando le rendimos culto
inoportunamente o inadecuadamente.
No se
adora al verdadero Dios:
cuando se lo reemplaza por distintas cosas de este mundo (dinero,
fama, placeres) o cuando se cae en idolatrías o en prácticas
supersticiosas. También cuando se considera incompleta la revelación
obrada por Jesucristo, o no se lo reconoce como auténtico Dios; en
este contexto, se considera que la Iglesia Católica es igual a
cualquier otra religión, reduciendo o anulando la diferencia entre
éstas y el cristianismo, muchas veces en aras de un falso
ecumenismo; del mismo modo no se adora al verdadero Dios cuando se
consideran soberbias y pretenciosas las afirmaciones dogmáticas de
la Iglesia o su infalibilidad. Asimismo, cuando se niega el valor
inspirado de los textos sagrados, o, por el contrario, se reconoce
también idéntico valor inspirado a los textos sagrados de otras
religiones, etc.
Se
adora inoportunamente a Dios:
cuando malinterpretando el verdadero sentido de la liberación obrada
por Cristo con respecto al pecado, se confunde su mesianismo
auténtico con falsos mesianismos temporales; de esta suerte ha sido
la teología de la liberación la que, aplicando conceptos del
materialismo histórico marxista, pretendió llevar la dimensión de lo
religioso al plano de la praxis revolucionaria. Asimismo, cuando se
reduce la religión a una dimensión exclusivamente ética, conjunto de
principios para la convivencia. La religión si es auténtica incluye
una ética, pero sin perjuicio de ello, hay una primacía de la
subordinación ontológica a Dios creador.
Se
adora inadecuadamente a Dios:
cuando se abrazan cultos extraños o aberrantes (Ej.: los “niños de
dios”) o se justifica la violencia como medio para agradar a Dios.
También cuando se alaba a Dios mediante ciertas músicas no
apropiadas o expresiones corporales o verbales referidas a la figura
de Cristo que lejos de favorecer la devoción interior, mueven a la
dispersión o “desacra-lizan” lo relativo al culto, privándole de una
verdadera dimensión de recogimiento y honra a Dios. También cuando
se reduce lo religioso a mero sentimiento o experiencia personal
sensible.
El ateísmo práctico
Responde a un proceso histórico de secularización que tuvo su apogeo
principalmente en las filosofías racionalista, idealista y
romántica, que redujo la fe a la razón, terminando por anular toda
fe. El proceso de secularización comprende tanto el plano de lo
teórico como también el plano de lo teórico práctico y el
ético-político. En ambos casos responde a una consigna común: la
razón como medida de la realidad y norma de toda moral. En
consecuencia, el hombre y la sociedad contemporánea, en gran parte,
se han edificado al margen de Dios. Así alejado del supremo gobierno
del Creador, el hombre pretende imponer un nuevo orden en todas las
cosas, pero un orden meramente humano sin recordar que el hombre,
sin el Creador, desaparece (Cf. Gaudium et Spes, nº 36)
En el orden público, se ha rechazado el origen de la autoridad en
Dios para ponerla o en la razón de Estado (y de quien detenta el
poder de hecho) o en la tiranía de masas. En tal sentido, la medida
de la verdad y el bien, dependen de los intereses del Estado o de
las “mayorías”. El principio de la utilidad y del bienestar
gobiernan las decisiones y las estructuras sociales, convalidando
como debido, todo aquello que satisface el interés material y
hedonista del hombre. La ley del hombre, ya no busca configurar a
éste según su propia naturaleza y su bien debido, sino el bien
“consensuado” por las mayorías o por el poder del Estado (ejemplo de
ello son las leyes de aborto, de matrimonio entre homosexuales, o la
reglamentación de costumbres degradantes: “zonas rojas”,
drogadicción, etc.). En este contexto, no hay lugar para Dios ni
para la religión, la cual, o es extirpada por contrariar los pilares
de ideologías totalitarias, o bien es recluida al ámbito de lo
privado e individual. En el orden particular, el secularismo da
lugar a marcadas ambigüedades: se vive como si Dios no existiera,
incluso aunque se lo admita; la relación del hombre con Dios es
meramente formal y, aún, farisaica: se afirma y predica una fe que
no se vive, de momento que se cae en un permisivismo de conducta que
convalida en la práctica lo que se rechaza en la teoría. Por último,
no faltan posiciones “intermedias” que distinguen en el hombre una
dimensión personal, reducida a lo privado y una dimensión social,
exenta de los mismos principios y fines. En este contexto, el fin de
la sociedad, no tiene porqué condecir con el fin del hombre en
cuanto a su ser personal; pero, en la práctica, una dicotomía entre
lo público y lo privado en el hombre, una “moral consensuada arreligiosa”
pública y una moral personal donde puede tener cabida Dios,
terminará por hacer prevalecer las costumbres públicas sobre las
privadas.
Frente a estas y otras tantas formas de corrupción de lo religioso,
todo cristiano debe reconocer que la certeza de la voluntad
salvífica universal de Dios no disminuye sino que aumenta el deber y
la urgencia de proclamar el anuncio de salvación y la conversión a
Jesucristo. (cf. Dominus Iesus, nº 22)
Esta guía resumen fue publicada en el
Boletín Semanal AICA Nº 2421 del 14 de mayo de 2003
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